domingo

LECCIONES DE VIDA (104) - ELISABETH KÜBLER-ROSS Y DAVID KESSLER


13 / LA LECCIÓN DEL PERDÓN (3)


La falta de perdón nos mantiene estancados. Esta situación nos resulta tan familiar, y hasta podemos sentirnos tan cómodos en ella, que perdonar nos parece aventurarnos en lo desconocido. A menudo resulta más fácil culpar al otro que reanudar la relación. Además, si nos fijamos en los errores de la otra persona no tenemos que observarnos a nosotros mismos y nuestros defectos. Cuando perdonamos recuperamos nuestro poder para vivir y desarrollarnos más allá del incidente que nos ofendió. Vivir en el dolor nos hace víctimas perpetuas, mientras que, si perdonamos, trascendemos el dolor. No tenemos por qué sentirnos heridos por algo o alguien de forma permanente. Y en este conocimiento reside un gran poder.

Explicar cómo podemos perdonar en cuatro fáciles lecciones es como explicar de qué forma podemos salvar al mundo, o sea, igual de difícil. A veces, perdonar es como si nos arrancaran las entrañas, por eso parece tan duro como salvar al mundo. Por cierto, mediante el perdón es como salvamos al mundo.


Cuando éramos pequeños y nos herían o heríamos a alguien, normalmente alguien pedía perdón. Sin embargo, ahora que somos adultos las disculpas no se oyen con tanta frecuencia, y aunque las oigamos, decidimos a veces que no son suficientes. Si un niño hace algo mal, percibimos su miedo, confusión y falta de conocimiento. En él vemos a un ser humano. Pero cuando es un adulto el que nos hiere, tendemos a ver sólo lo que nos ha hecho. Ese adulto se convierte, para nosotros, en una personalidad unidimensional caracterizada, sólo, por el dolor que nos ha causado. El primer paso para perdonar es ver otra vez en esa persona a un ser humano. Los demás cometen errores, y a veces son débiles, insensibles, imperfectos; están confusos y dolidos; se sienten solos, emocionalmente inmaduros y frágiles, y tienen necesidades. En otras palabras, son como nosotros, almas que realizan un viaje lleno de altibajos.

Una vez que reconocemos que son humanos, podemos empezar a perdonarlos haciéndonos conscientes de nuestro enfado. Debemos deshacernos de esa energía estancada golpeando y chillando a una almohada, diciéndole a un amigo lo enfadados que estamos, gritando o haciendo cualquier otra cosa que nos ayude a sacarlo fuera. En muchas ocasiones, después de esta reacción sentiremos la tristeza, el dolor, el odio y el sufrimiento que había detrás del enfado. Cuando esto ocurra, debemos permitirnos experimentar estos sentimientos para, acto seguido, desprendernos de ellos, que es la parte más dura. El perdón no tiene que ver con las personas que nos han herido; no tenemos que preocuparnos por ellas. Hicieran lo que hicieran, lo más probable es que estuviera más relacionado con ellas, con su mundo, y sus problemas, que con nosotros. Cuando soltemos ese gancho que nos unía a ellos, nos sentiremos libres. Todo el mundo tiene cuestiones que resolver y ninguna de esas cuestiones es asunto nuestro. Lo que sí es asunto nuestro es nuestra paz espiritual y nuestra felicidad.

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