domingo

HONORÉ DE BALZAC - PAPÁ GORIOT (48)


LA ENTRADA EN EL MUNDO (2 / 13)


Cuando Eugenio volvió a la posada, encontró a papá Goriot esperándolo.

-Tenga usted -le dijo el buen hombre-, una carta de ella. ¿Eh, qué bonita letra, verdad?

Eugenio abrió el sobre y leyó:

Caballero, mi padre me ha dicho que usted ama la música italiana, y me consideraría muy feliz si se dignase aceptar un asiento en mi palco. El sábado tendremos a la Fodor y a Pellegrini, y estoy segura de que no rehusará usted. El señor de Nucingen se une a mí para rogarle que venga a comer con nosotros sin ceremonia. Si acepta usted, le hará un favor librándolo de su obligación de hacerme compañía. No me responda, venga, y reciba mis saludos.”
D. de N.

-¡Enséñemela usted! -dijo Goriot a Eugenio después que este hubo leído la carta-. Urá usted, ¿verdad? -añadió después de haber olfateado el papel-. ¡Qué aroma despide! ¡Cómo se conoce que lo ha tocado ella con sus dedos!

“Una mujer no se arroja así en brazos de un hombre”, se decía el estudiante. “Quiere servirse de mí para atraer a de Marsay. Sólo el despecho puede mover a hacer estas cosas.”

-¿En qué piensa usted? -le preguntó papá Goriot.

Eugenio no conocía el delirio de vanidad que sentían ciertas mujeres en aquella época, y no sabía que por abrirse una puerta en el barrio de Saint-Germain la mujer de un banquero era capaz de todos los sacrificios. En aquellos momentos la moda empezaba a colocar sobre todas las mujeres a las que eran admitidas en el barrio Saint-Germain, llamadas las damas del Petit-Château, (1) entre las cuales figuraban en primera línea la señora de Beauséant, su amiga la duquesa de Langeais y la duquesa de Maufrigneuse. Rastignac era el único que ignoraba el furor que sentían las mujeres de la calzada de Antin por entrar en el círculo superior donde brillaban las constelaciones de su sexo. Pero su desconfianza le sirvió y le comunicó frialdad y el triste poder de imponer las condiciones en lugar de recibirlas.

-Sí, iré -respondió.

Así, la curiosidad era la que lo llevaba a casa de la señora de Nucingen; si esta mujer lo hubiera despreciado, tal vez hubiera ido hacia ella conducido por la pasión. Sin embargo no esperó sin impaciencia la hora de partir al día siguiente. Para un joven tiene su primera intriga tanto encanto como su primer amor. La seguridad de salir airoso engendra mil felicidades que los hombres no confiesan, y que constituyen todo el encanto de ciertas mujeres. El deseo nace tanto de la dificultad como de la facilidad de los triunfos. Seguramente todas las pasiones de los hombres son excitadas o mantenidas por algunas de estas dos causas que dividen el imperio amoroso; división que es tal vez una consecuencia de la gran cuestión de los temperamentos que, dígase lo que se quiera, impera en la sociedad. Si los melancólicos necesitan el tónico de las coqueterías, los sanguíneos y nerviosos abandonan el campo si la resistencia dura demasiado. En otros términos, la elegía es tan esencialmente linfática, como bilioso el ditirambo. Mientras se vestía, Eugenio saboreó todos esos pequeños goces de los que no se atreven a hablar los hombres por temor a que se burlen de ellos, pero que halagan el amor propio. Se peinaba pensando que la mirada de una mujer bonita penetraría entre sus rizos negros. Se permitió tantas monerías infantiles como hubiera hecho una joven vistiéndose para ir a un baile. Miró complacientemente su talle esbelto, desplegando su traje. “En verdad”, se dijo, “hay muchos hombres peor formados que yo”. Una vez arreglado, bajó cuando todos los huéspedes estaban sentados a la mesa, y recibió alegremente el sinfín de estupideces que hizo decir su elegante porte. Es rasgo propio de las costumbres de los pensionistas de casas modestas asombrarse al ver a un hombre elegantemente vestido, y nadie se pone un traje nuevo sin que todo el mundo le diga algo acerca de él.

-Kt. Kt, kt, kt -hizo Bianchon haciendo sonar la lengua contra el paladar como para excitar a un caballo.

-Parte de duque y de par -dijo la señora Vauquer.

-¿Va el señor de conquista? -le preguntó la señorita Michonneau.

-¡Quiquiriquí! -gritó el pintor.

-Mis recuerdos a su señora esposa -dijo el empleado del Museo.

-¿Tiene el señor esposa acaso? Preguntó Poiret.

-Una esposa con compartimientos, que flota en el agua y garantiza el cutis, de veinticinco a cuarenta de precio, dibujo a cuadros, susceptible de lavarse, mitad hilo, mitad algodón y mitad lana y que cura el dolor de muelas y otras enfermedades aprobadas por la Academia de medicina, excelente, por lo demás, para los niños, y mejor aun contra el dolor de cabeza, los empachos y otras enfermedades de los ojos, el esófago y de los oídos -gritó Vautrin con la volubilidad cómica y el acento de un sacamuelas-. Señores, ustedes me preguntarán que cuánto cuesta esta maravilla; ¿diez céntimos?  No, nada; es un resto de las provisiones hechas en el Gran Mogol, resto que han querido ver todos los soberanos de Europa, incluso el grrrrran duque de Bade. Conque, ¡adelante, señores! ¡Venga música! ¡Bum! ¡La! ¡Trin! ¡La, la! ¡Bum! El señor del clarinete, veo que toca mal y lo voy a arreglar yo -repuso con voz ronca.

-¡Dios mío! ¡Qué gracioso es este hombre! -dijo la señora Vauquer a la señora Couture-. Nunca me aburriría con él.

En medio de las risas a que dio lugar este discurso cómicamente pronunciado, Eugenio pudo ver la mirada furtiva de la señorita Taillefer, que se aproximó a la señora Couture para decirle algunas palabras al oído.

-Ahí está el cabriolé -entró a decir Silvia.

-Pero ¿dónde come? -preguntó Bianchon.

-En casa de la señora baronesa de Nucingen.

-Hija del señor Goriot -añadió el estudiante.

Al oír este nombre, todas las miradas se fijaron en el antiguo fabricante de pastas, que contemplaba a Eugenio con una especie de envidia.


Notas


(1) El Petit-Château designaba a los familiares del rey.

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