LA ENTRADA EN EL MUNDO
(2 / 13)
Cuando Eugenio volvió a
la posada, encontró a papá Goriot esperándolo.
-Tenga usted -le dijo el
buen hombre-, una carta de ella. ¿Eh, qué bonita letra, verdad?
Eugenio abrió el sobre y
leyó:
“Caballero, mi padre me ha dicho que usted ama la música italiana, y me
consideraría muy feliz si se dignase aceptar un asiento en mi palco. El sábado
tendremos a la Fodor y a Pellegrini, y estoy segura de que no rehusará usted.
El señor de Nucingen se une a mí para rogarle que venga a comer con nosotros
sin ceremonia. Si acepta usted, le hará un favor librándolo de su obligación de
hacerme compañía. No me responda, venga, y reciba mis saludos.”
D.
de N.
-¡Enséñemela usted! -dijo
Goriot a Eugenio después que este hubo leído la carta-. Urá usted, ¿verdad?
-añadió después de haber olfateado el papel-. ¡Qué aroma despide! ¡Cómo se
conoce que lo ha tocado ella con sus dedos!
“Una mujer no se arroja
así en brazos de un hombre”, se decía el estudiante. “Quiere servirse de mí
para atraer a de Marsay. Sólo el despecho puede mover a hacer estas cosas.”
-¿En qué piensa usted?
-le preguntó papá Goriot.
Eugenio no conocía el
delirio de vanidad que sentían ciertas mujeres en aquella época, y no sabía que
por abrirse una puerta en el barrio de Saint-Germain la mujer de un banquero
era capaz de todos los sacrificios. En aquellos momentos la moda empezaba a
colocar sobre todas las mujeres a las que eran admitidas en el barrio
Saint-Germain, llamadas las damas del Petit-Château, (1) entre las cuales
figuraban en primera línea la señora de Beauséant, su amiga la duquesa de
Langeais y la duquesa de Maufrigneuse. Rastignac era el único que ignoraba el
furor que sentían las mujeres de la calzada de Antin por entrar en el círculo
superior donde brillaban las constelaciones de su sexo. Pero su desconfianza le
sirvió y le comunicó frialdad y el triste poder de imponer las condiciones en
lugar de recibirlas.
-Sí, iré -respondió.
Así, la curiosidad era la
que lo llevaba a casa de la señora de Nucingen; si esta mujer lo hubiera
despreciado, tal vez hubiera ido hacia ella conducido por la pasión. Sin
embargo no esperó sin impaciencia la hora de partir al día siguiente. Para un
joven tiene su primera intriga tanto encanto como su primer amor. La seguridad
de salir airoso engendra mil felicidades que los hombres no confiesan, y que
constituyen todo el encanto de ciertas mujeres. El deseo nace tanto de la dificultad
como de la facilidad de los triunfos. Seguramente todas las pasiones de los
hombres son excitadas o mantenidas por algunas de estas dos causas que dividen
el imperio amoroso; división que es tal vez una consecuencia de la gran
cuestión de los temperamentos que, dígase lo que se quiera, impera en la
sociedad. Si los melancólicos necesitan el tónico de las coqueterías, los
sanguíneos y nerviosos abandonan el campo si la resistencia dura demasiado. En
otros términos, la elegía es tan esencialmente linfática, como bilioso el
ditirambo. Mientras se vestía, Eugenio saboreó todos esos pequeños goces de los
que no se atreven a hablar los hombres por temor a que se burlen de ellos, pero
que halagan el amor propio. Se peinaba pensando que la mirada de una mujer
bonita penetraría entre sus rizos negros. Se permitió tantas monerías infantiles
como hubiera hecho una joven vistiéndose para ir a un baile. Miró
complacientemente su talle esbelto, desplegando su traje. “En verdad”, se dijo,
“hay muchos hombres peor formados que yo”. Una vez arreglado, bajó cuando todos
los huéspedes estaban sentados a la mesa, y recibió alegremente el sinfín de
estupideces que hizo decir su elegante porte. Es rasgo propio de las costumbres
de los pensionistas de casas modestas asombrarse al ver a un hombre elegantemente
vestido, y nadie se pone un traje nuevo sin que todo el mundo le diga algo
acerca de él.
-Kt. Kt, kt, kt -hizo Bianchon
haciendo sonar la lengua contra el paladar como para excitar a un caballo.
-Parte de duque y de par
-dijo la señora Vauquer.
-¿Va el señor de
conquista? -le preguntó la señorita Michonneau.
-¡Quiquiriquí! -gritó el
pintor.
-Mis recuerdos a su
señora esposa -dijo el empleado del Museo.
-¿Tiene el señor esposa
acaso? Preguntó Poiret.
-Una esposa con
compartimientos, que flota en el agua y garantiza el cutis, de veinticinco a
cuarenta de precio, dibujo a cuadros, susceptible de lavarse, mitad hilo, mitad
algodón y mitad lana y que cura el dolor de muelas y otras enfermedades aprobadas
por la Academia de medicina, excelente, por lo demás, para los niños, y mejor
aun contra el dolor de cabeza, los empachos y otras enfermedades de los ojos,
el esófago y de los oídos -gritó Vautrin con la volubilidad cómica y el acento
de un sacamuelas-. Señores, ustedes me preguntarán que cuánto cuesta esta
maravilla; ¿diez céntimos? No, nada; es
un resto de las provisiones hechas en el Gran Mogol, resto que han querido ver
todos los soberanos de Europa, incluso el grrrrran duque de Bade. Conque,
¡adelante, señores! ¡Venga música! ¡Bum! ¡La! ¡Trin! ¡La, la! ¡Bum! El señor
del clarinete, veo que toca mal y lo voy a arreglar yo -repuso con voz ronca.
-¡Dios mío! ¡Qué gracioso
es este hombre! -dijo la señora Vauquer a la señora Couture-. Nunca me
aburriría con él.
En medio de las risas a
que dio lugar este discurso cómicamente pronunciado, Eugenio pudo ver la mirada
furtiva de la señorita Taillefer, que se aproximó a la señora Couture para
decirle algunas palabras al oído.
-Ahí está el cabriolé
-entró a decir Silvia.
-Pero ¿dónde come?
-preguntó Bianchon.
-En casa de la señora
baronesa de Nucingen.
-Hija del señor Goriot
-añadió el estudiante.
Al oír este nombre, todas
las miradas se fijaron en el antiguo fabricante de pastas, que contemplaba a
Eugenio con una especie de envidia.
Notas
(1) El Petit-Château designaba
a los familiares del rey.

























No hay comentarios:
Publicar un comentario