EL SENTIMIENTO
RELIGIOSO
Se ha pensado desde siempre que hay una facultad del
espíritu que se dirime entre dos opciones: la que se atiene a la fe, por un
lado, y la que, por otro, sea como enfrentamiento o por simple evitación, prefiere
su ausencia, la actitud agnóstica que suele basarse en razones científicas. Se
ha pensado que está en la potestad de la persona tomar por un camino u otro y
que se es libre de elegir el que sea. Y, para rematar el asunto, se ha creído que
el camino de la fe implica la religión y, el de la incredulidad, el camino
opuesto, el de la negación. No quedándose en esto, el problema sobre la religión
va más allá, puesto que se dirime en el plano institucional. Se piensa que el
Estado debe exonerarse de ella y remitirla al dominio privado, el que
corresponde no a los intereses generales sino a los intereses particulares,
como muchos otros inherentes a buena parte de la actividad económica, cultural,
deportiva.
De este pensamiento nace el concepto de laicidad y se
estipula en la misma Constitución, que preserva fundamentalmente los planos de la
educación y de otras actividades en la esfera pública, aunque respetando lo que
ocurra o se piense fuera de ella. Chocan en esto y una vez más las diferencias
entre el Estado y la Iglesia, entre la Iglesia Católica y el Estado
democrático, puesto que se trata de una prescripción de la ley máxima. Se
podría decir que antes de esta prescripción la Iglesia competía con el Estado
en un amplio frente social que tuvo sus raíces en la colonización, durante y
después de la cual mantuvo su papel prevaleciente en la evolución de la vida en
general, la educación, las creencias y las costumbres. Pero, ¿qué asunto venía
envuelto en esta disputa, cuyas importantes derivaciones llegan hasta hoy empastadas
en una confusión indescifrable?
Algunas instituciones se han arrogado el gobierno de ciertas
facultades del espíritu. Por ejemplo, entre las instituciones públicas, la
Universidad conserva para sí la potestad que acredita un conocimiento y la
correspondiente aplicación de un saber fundamental, el de los médicos,
abogados, ingenieros, etcétera. El Poder Ejecutivo posee un Ministerio que
abarca todo lo relacionado con la cultura y la educación del pueblo. Entre las
instituciones privadas, la Iglesia se ha reservado, como decíamos, el dominio
correspondiente a la fe y a los dogmas. Finalmente, existen múltiples empresas,
organizaciones sociales, económicas, culturales, que intervienen directa o
indirectamente en muchas actividades cuyo objetivo gira en torno a los
sentimientos, las emociones, incluso las pasiones, y hasta obran de manera tal
que ponen a su servicio las preferencias del público con respecto a los
valores, el arte, el gusto, la moda.
En la mayoría de los casos, si no en todos, esto ha sido un
efecto del ordenamiento de todas las relaciones interpersonales, de su
organización sujeta a Derecho, por la cual se ha consolidado la convivencia y
cuyo desarrollo ha llevado siglos. Es una gran conquista del hombre, como el
dominio de la naturaleza, los descubrimientos, las ideas y las realizaciones
materiales. De todas maneras, ha tenido un efecto indeseado, apenas importante
si lo comparamos con el efecto deseado, y consiste, en definitiva, en la
apropiación lisa y llana del principal medio para influir sobre la subjetividad
y la conciencia íntima. Ahora bien, este mal menor no aparejaría ningún
inconveniente si no fuera porque no se ha llegado a distinguir una diferencia
fundamental que ha conducido a error.
Consiste en confundir la cantidad con la cualidad, es decir,
aquello que pertenece a la administración y a la organización con aquello que éstas
ven en el horizonte y que encuentran necesitado de administración y
organización. Y a poco que se piensa en ello se concluye que se trata del espíritu, porque, ¿cómo vamos a llamar a
lo que no es cuantificable mediante aritmética ni observable por los controles
y las disposiciones reglamentarias y legales, o por los instrumentos anónimos que
orientan el mercado? Se ha confundido lo que es necesario institucionalizar con
lo que no es necesario institucionalizar, porque institucionalizarlo es
destruirlo.
Y aquí vamos al grano, porque esta confusión no es una
confusión cualquiera, como las que cometemos involuntariamente. Es una
confusión planificada con tanto esmero y tiempo como el que hubo de
corresponder al esfuerzo por afirmar el orden político, jurídico, social y
económico. La verdad es que ciertas instituciones se hicieron dueñas del
espíritu, si se puede decir así, o asumieron privativamente la potestad de
fijar cómo encaminarlo, educarlo y desarrollarlo, marcar el sendero para ajustarlo
a cierta dirección y a ciertas normas, valiéndose de un conjunto de objetivos
que se han convertido en destinos únicos, programados, fijos, consolidados y hasta
cierto punto encerrados en sí mismos. En algunos aspectos, por cierto, era
necesario.
Pero, he aquí uno en que no era necesario: la religión. Se
supuso que era un objetivo que había que alcanzar, una teleología con la que había
que familiarizarse, consustanciarse, olvidando que es algo que ya está en el
espíritu, como cualquier sentimiento. ¿Es necesario crear la institución de la
alegría, la facultad o la iglesia de la ternura o el cariño, el ministerio de
la congoja? Pues, se crearon, de todas maneras, algunas verdaderas
instituciones de los sentimientos y de las emociones, de la esperanza, y entre
ellos el sentimiento religioso, el mito y la leyenda. Sus objetos, la alegría,
la tristeza, el amor, la esperanza, el afán de superación, el temor a lo
desconocido, se tomaron como títulos a obtener. Así, especialmente, el
sentimiento religioso, que reúne algo más de lo que hay en un fenómeno psíquico,
esto es, una dinámica espiritual que responde a complejas pulsiones, tensiones
y actividades inherentes a lo más humano de la humanidad. Mientras la Iglesia
se encargó de acapararlo, el Estado se encargó de confiscarlo.
Se puso en una misma bolsa el sentimiento religioso,
personal y privativo de cada uno, como el amor o la esperanza, la forma de sentir
y expresar estos fenómenos íntimos, y lo que se experimenta por el
funcionamiento de un artefacto, un producto del mercado, un juego o una novedad
del entretenimiento. Con lo que era una entidad espiritual, privativa del
valor, la estimación, la proporción, el carácter, los dones personales y la
sensibilidad en todos diferente, se hizo una cosa. Se transformó falsamente lo
indefinible e inconmensurable en una entidad material y medible: es decir, se
hipostasió el espíritu. Se confundió lo de adentro con lo de afuera.
Hoy aún se cree, en un marco de supuestos más elaborados,
que lo de adentro y lo de afuera componen un solo ámbito, la verdadera
dimensión de las cosas y los seres. Porque aún se tiene en aprecio la teoría
que reduce el sentir al sólo toque de los cuerpos, al mutuo reaccionar físico al
chocar o químico al mezclarse. Con lo que se desatiende la refutación
palpitante que viene justo del lugar más sagrado para los aficionados a esta
teoría, el lugar al cual remiten la raíz de todas las verdades: el pueblo. Todavía
hoy se hace creer, cuando el Estado interfiere en la comunicación cultural, que
se está haciendo una clase de política que promete la felicidad.
¿Qué necesita un sentimiento para ser religioso? Algo que no
tienen en abundancia los demás sentimientos: el afán de trascendencia. Es el
querer salirse de sí mismo, pero no para embelesarse ni para emborracharse ni
para creerse superior a los demás ni para influir sobre nadie. Ni siquiera para
invocar lo que invoca el arte, que pertenece a otra dimensión del espíritu,
aunque no muy diferente. El sentimiento religioso contiene el deseo, íntimo y universal
a la vez, de responder las grandes dudas con respecto al mundo y la vida, que
bien pueden generarse en las circunstancias más humildes de cualquier persona.
Con ello se quiere ahuyentar la angustia, señalar algún camino, encontrar un
último sentido que dé fuerza para continuar por parte de quien fuere, creyente
o no. Entra así la caracterización más importante de este sentimiento: Dios. Y,
contrariamente a lo que puedan suponer los escépticos, es la respuesta más
contundente ante las dudas que mencionábamos, ante la angustia y ante la
enormidad de aquello que las preguntas invocan inconscientemente.
A pesar de que no es una opción racional, es una opción
natural, y lo natural es más amplio que lo racional, pues, como sostuvo el
filósofo uruguayo Arturo Ardao, la inteligencia contiene a la razón y no ésta a
la inteligencia. El sentimiento religioso puede no responder a lo racional,
pero responde a la inteligencia. Es lo intuitivo, aquello que nace del quehacer
original y desamparado, del esfuerzo esperanzado más auténtico, abierto a la
completa constelación de las percepciones, sin el filtro de la formalidades,
limitaciones y normativas. ¿Cómo no va a renunciar a la explicación racional y
al sentido común el sentir de la religión? Su ambición es completamente humana.
Pero ha tenido que desempeñarse en medio de una situación infeliz:
el sentimiento religioso ha sido confundido con lo que vienen a proclamar las
religiones institucionalizadas, como si su expresa manifestación y su cuidadoso
cultivo no estuviera en cada uno desde siempre, aunque no lo sepa. Sin que
nadie le asista ni le enseñe a procurarlo, el sentimiento está en el corazón
del hombre, que sabe mejor que nadie cómo darle forma. Se ha confundido lo
propio con lo que se debe apropiar, lo que ya se tiene con lo que no se tiene,
lo intrínseco con lo extrínseco. Aunque parezca un juego de palabras mal
entrazado, puede decirse que el sentimiento religioso es un querer sentir más
allá de la propia experiencia y, más enjundiosamente, el consistir en su auto-consagración.
Efectivamente, un sentir más allá de sí y aun logrado. Por lo que se puede formular
una pregunta más, aparentemente difícil en sus connotaciones conceptuales, pero
sencilla en lo profundo: este sentir en sí y su realización fuera de sí, ¿es
irracional? ¿Es ajena a la inteligencia esta formidable superación del
espíritu?
Se vuelve transparente si se contempla como expansión del
modo de comprender, no del conocimiento; como gran modificación para ampliar la
comprensión, no para sustituirla; y, por lo demás, para profundizar y madurar
la moralidad, no para cambiarla; para afinar la sensibilidad y las pasiones y generar
el acrecentamiento espiritual. Para hacer del tiempo añorado aquello que ya
tenemos en las manos:
Pues
si vemos lo presente
como
en un punto se es ido
y
acabado
si
juzgamos sabiamente,
daremos
lo no venido
por
pasado.
(Jorge Manrique)

























No hay comentarios:
Publicar un comentario