domingo

LOS DEMONIOS DE LA ESCRITURA EN LOS DIARIOS DE ALEJANDRA PIZARNIK Y SYLVIA PLATH



por Mar Rayó González

Breve comparativa entre los diarios personales de Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath, en la que se establece una relación entre las principales obsesiones y demonios internos de ambas poetas.

A pesar de ser dos mujeres muy diferentes, Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath compartieron un mismo final. Ambas acabaron demasiado pronto con sus vidas y pasaron a engrosar el conocido como club de las poetas suicidas —entre las que se encuentran también escritoras como Anne Sexton, Alfonsina Storni, Virginia Woolf o Marina Tsvietáieva—. Eran, las dos, mujeres de gran inteligencia, y tuvieron la desgracia de nacer en una época en que esa característica de su personalidad, sumada al deseo de desarrollar y consolidar una carrera como escritoras, distaba mucho de lo que la sociedad esperaba y pretendía de ellas.

Pizarnik y Plath escribieron, casi diariamente y a lo largo de toda su vida, un diario. En él relataron lo que con seguridad no se atrevieron a compartir con nadie más. El diario era su principal confesor y el refugio en el que podían ordenarse internamente. Fue también el principal campo de pruebas de su obra literaria y entre sus páginas plasmaron relatos, argumentos, personajes, versos y poemas en su estado más embrionario. Textos que después trabajarían y corregirían hasta dotarlos de su estructura final. Es por ese motivo que en ambos documentos biográficos es posible encontrar incluso más verdad poética que en las obras literarias que publicaron posteriormente.
Ambas poetas mantuvieron con su cuaderno íntimo una clara relación de amor/odio. Arañaban el papel con sus angustias y obsesiones y, aunque en más de una ocasión sospecharon que esto no les hacía bien —al releer sus propias sombras tomaban consciencia de su neurosis, sintiéndose prisioneras de sí mismas—, ninguna de ellas quiso (o pudo) renunciar a él. El viaje a la intimidad de su psicología se revela de tal profundidad que la lectura atenta de estas dos historias de vida (a las que tenemos acceso gracias a las editoriales Lumen, en el caso de Pizarnik, y Alba, en el caso de Plath) puede llegar a resultar angustiosa: por la densidad de lo que exponen, por la complejidad de sus personalidades, porque sabemos del triste final al que las conducirán sus palabras. El lugar, en definitiva, al que las llevaran los demonios de su escritura. Demonios, en algunos casos, compartidos y de los que queremos dejar constancia aquí.
Así, en la lectura de sus cuadernos íntimos observamos que una de las principales obsesiones de ambas poetas es la lectura o, más bien, el estudio de la literatura. Sylvia Plath y Alejandra Pizarnik saben que no podrán escribir al mismo nivel que los autores y las autoras que admiran si no analizan a fondo sus obras. Por eso se sumergen en infinidad de obras y leen a Herny James, a Virginia Woolf, a James Joyce, a Marianne Moore, a Kafka, a Katherine Mansfield, a D.H. Lawrence, a Arthur Miller, a Vladimir Nabokov, a Cervantes, a Bertolt Brech, a Adrienne Rich, a Dylan Thomas, a Shakespeare… en el intento de descifrar qué hizo que la obra de estos les llevara a permanecer en el tiempo y a ser considerados escritores y escritoras en mayúsculas.

Trazan planes de lectura y se animan (más bien se obligan) a leer. Se dirigen recordatorios constantes de que su deber es leer más y mejor, con especial atención a los detalles, a la esencia de las obras, y a su estilo. No se perdonan la incapacidad de llevar un ritmo de lectura que a nosotras, seguramente, nos parecería difícil de seguir. Saltan de un libro a otro con hambre voraz y se regañan a sí mismas por la imposibilidad de leer un solo libro cada vez y de un solo tirón. Plath y Pizarnik son lectoras infieles que pasan de un autor a otro, incapaces de centrarse en un único título: el hambre por conocer, por aprehender toda la literatura, las hace desordenadas en sus lecturas. Como si tuvieran que apagar varios apetitos a la vez.

Pizarnik se obliga a anotar las impresiones literarias que le vayan surgiendo durante la lectura: «aun las más obvias, aun aquellas que me avergüencen. Es la única manera de aprender y tomar conciencia de lo que leo y de mí misma». Por su parte, Plath se identifica y resuena a través de diferentes autores. De Virginia Woolf, por ejemplo, afirmará que gracias a sus novelas son posibles sus relatos. En los diarios de ambas poetas se ve como la lectura, que debería ser una actividad de ocio, se convierte en una obsesión, en una herramienta cuya finalidad es el aprendizaje de la receta mágica de la escritura; en un método para apropiarse de parte de ese genio y traspasarlo a poemas y relatos propios, para dotarlos de la misma fuerza, de la misma calidad literaria.

Sylvia Plath y Alejandra Pizarnik fueron, sobre todo, poetas. Pero uno de los demonios personales más presente en sus diarios —y, por tanto, en sus vidas— gira en torno al deseo de escribir la novela. En este sentido, Plath consigue hacer realidad su obsesión escribiendo La campana de cristal, pero Pizarnik no llega a lograrlo: «en el fondo quiero escribir la novela. No la escribo porque antes quiero leer mucho. ¿Qué he leído ayer? Dos poemas de Neruda y una fábula de La Fontaine. A este paso la escribiré a los ochenta años.»

De este modo, escribir la novela es uno de los objetivos que más angustia y frustración les provocará. Ambas se reprochan a sí mismas su incapacidad de ponerse manos a la obra. Pizarnik se acusa de no ser capaz de dar continuidad a sus escritos: «Lo esencial en mi caso, es un tema que me inspire una continuidad. ¿Vendrá solo? ¿He de buscarlo? ¿Cómo lo crearé? Me paraliza. Algo me paraliza». Plath, por su parte —antes de terminar La campana de cristal, y a pesar de tener más experiencia en la prosa gracias a los relatos que habrá escrito y publicado durante su adolescencia y juventud—, tendrá también dificultades, sobre todo una vez casada, para verter su voz sobre el papel y tejer un argumento sólido: «La Novela —escribe en mayúscula— se ha convertido en una idea tan grande que me da pánico.»

Las dos sienten en su interior una novela que pugna por salir a la luz y cuya publicación las introducirá, por fin, en los principales círculos literarios; que les abrirá las puertas, si no a cierta fama literaria, sí a la consideración por parte de los colegas de profesión. Sin que ninguna de ellas lo manifieste explícitamente, se intuye el miedo a que el hecho de dedicarse a artes narrativas consideradas, demasiado a menudo y de manera injusta, como menores (la poesía, el relato, el teatro), pueda impedir que las consideren con gravedad. Por el contrario y al mismo tiempo, los sacrificios que implica la escritura de un texto de mayor extensión que la poesía o el relato breve, las preocupa sobremanera y, a la vez, las bloquea para iniciar la tarea. Escribe Pizarnik: «Excitación enorme en cuanto imagino el ritmo de la novela que quisiera escribir. Que quisiera escribir en un día. Y no obstante, tiene que ser escrita hoja por hoja, palabra por palabra.», mientras Plath anota: «resulta tan irónico pensar en escribir una novela de un modo noble y escribir esta novela, sacrificar amigos, placeres, para terminar escribiendo una novela malísima.». Resulta curioso observar cómo la argentina y la norteamericana creen que si pudieran escribir prosa conseguirían poner más orden en su vida.
Alejandra y Sylvia son dos mujeres atormentadas y sufren un agudo desequilibrio psicológico. La tristeza es el estado emocional natural en Pizarnik, que vive con un miedo y una angustia permanentes, bajo un estado depresivo que la lleva a la consciencia de que su muerte está próxima. De ahí, por tanto, que este sea uno de los grandes temas recurrentes en su literatura. Es tan grande el deseo de que el fin le llegue cuanto antes, que con este propósito planifica su suicidio más de una vez. Establece fechas, las aplaza, se regaña a sí misma cuando no cumple los plazos establecidos: «El horizonte es siempre mi suicidio. Cada año prolongo la fecha. Hoy la prolongué muchísimo: me mataré cuanto tenga treinta años.»

Por su parte Plath, recordemos, intentará también el suicidio, pero su estructura psicológica responde a características diferentes. Su humor pasa de un extremo a otro de forma exagerada: «Es como si mi vida la dirigieran mágicamente dos corrientes eléctricas: la positiva, alegre, y la negativa, desesperada; y la que se activa en determinado momento domina toda mi vida, la invade.» De ahí que no sean pocos los estudiosos que hablen de la posibilidad de que Sylvia padeciera de trastorno bipolar o de un caso agudo de SPM o síndrome premenstrual (que en los casos más extremos puede generar graves alteraciones en el estado de ánimo).
Sea como sea, ambas poetas son conscientes de que algo va mal en su interior; como si dentro de ellas viviera un demonio que las imposibilitara para llevar una existencia tranquila. Se sospechan locas y, si no lo son, les aterra la posibilidad de caer en las zarpas de la locura de manera irresoluble. Pizarnik se pregunta una y otra vez sobre el origen de la tristeza que la consume. Plath convive a diario con un sentimiento de culpa excesivo. Demasiado a menudo se sienten profundamente fatigadas y padecen de insomnio. La angustia las paraliza en muchos aspectos de su vida, incluyendo la escritura.
Por eso mismo, Alejandra y Sylvia recurren a ayuda psicológica en diversos momentos de sus vidas y con diferentes profesionales. Estos les harán de espejo y las situarán frente a sus miedos más profundos. Pizarnik quiere huir de la terapia, después de años de psicoanálisis, por la consciencia de que esta la ha dotado de una lucidez que en realidad no la ayuda, sino que la hunde aún más. Plath, por su parte, anotará en su diario algunas de sus sesiones de terapia con el fin de ordenar su neurosis, de afrontar sus obsesiones, sus celos, su rabia. Las dos se exigen serenidad, madurez, equilibrio, mayor habilidad para afrontar los problemas de la vida diaria, mayor capacidad para vivir el presente y no quedarse colgadas del pasado, o embobadas en los proyectos inalcanzables del futuro («Basta de cháchara. Al presente. Observar y ocuparse del presente», escribirá Plath). Se piden a sí mismas ser capaces de encontrar las fuerzas suficientes para hacer frente sus demonios internos.
Su condición de mujer también afectará a sus vidas como escritoras y así se constata en sus diarios. Las obligaciones y los obstáculos asociados al sexo femenino de la época que les tocó vivir, ocupan parte de su discurso interno. Pizarnik desea ser un hombre porque «la ropa femenina me molesta. ¡Tan ceñida e incómoda! No hay libertad para moverse, para correr, para nada. (…) Si yo camino lentamente, mirando las esculturas de las viejas casas (…) siento que atento contra algo. Me siguen, me hablan o me miran con asombro o reproche. Sí. La mujer tiene que caminar apurada indicando que su caminar tiene un fin. De lo contrario es una prostituta (…) o una loca o una extravagante.». La argentina encuentra absurda la vida de casi todas las mujeres de su edad (amar o esperar el amor y que este cristalice en un hogar, en unos hijos) aunque, al mismo tiempo, se siente culpable «de andar con mi ropa vieja, toda yo desarreglada, despeinada, triste, asexuada, cargada de libros, con mi expresión tensa, dolorida, neurótica, obscura, y mi ropa ambigua, mis zapatos polvorientos, en medio de mujeres como flores, como luces, como ángeles.» Sabe de la exigencia que le impone la sociedad en la que vive: «Está dicho: una mujer tiene que ser hermosa. Y no hay excepciones válidas: aunque escriba como Tolstoi, Joyce y Homero juntos.»

Como mujer educada en el marco del sueño americano de mediados del siglo XX, Plath no sólo quiere ser escritora, sino que también debe ser la perfecta ama de casa, ocuparse de su marido y del hogar; ser una buena anfitriona, mostrar una buena apariencia. Se debate continuamente entre estas obligaciones y sus anhelos creativos. Por eso mismo, en su diario manifiesta a menudo el miedo a quedarse recluida en el espacio doméstico, a quedar presa de ambiciones puramente hogareñas que la hagan perder sus capacidades intelectuales, con tanto esfuerzo y sacrificio adquiridas y desarrolladas: «Estoy de mal humor porque son las diez y media y tendré que lavar la ropa esta tarde mientras me debato entre las llamadas de al menos cinco cuentos que me reclaman.» Además, el deseo de encajar en el modelo de mujer de su tiempo hace que viva la maternidad de forma contradictoria. En los inicios de su matrimonio con el poeta Ted Hughes, manifiesta un miedo atroz a quedarse embarazada antes de haber podido establecerse como escritora: «Nunca, si dejamos aparte el fatal verano y otoño de 1953, había pasado dos semanas tan funestas y lúgubres. (…) el pánico, que cada día se iba agudizando, de estar embarazada (…) plas plas oía con pavor el ruido amenazador de todas las puertas golpeando al cerrarse y anunciando, ahora me doy cuenta, mi final y probablemente el de Ted, el final de nuestra vida de escritores y de la posibilidad de que nuestra unión fuera inexpugnable.» Es tal el miedo, que incluso siente odio hacia el posible intruso: «que llegara una criatura (…) me parecía la peor de las desgracias, solo superable por las mutilaciones físicas, las enfermedades, la muerte y el desamor.» El miedo a tener hijos antes «de haberlo conseguido», se convertirá después, y de forma igualmente obsesiva, en el miedo a no poderlos tener.
Otro de los aspectos en los que advertimos similitudes en los diarios de ambas poetas será en cómo experimentan el amor. Ambas lo hacen de forma irreal, inmadura e insana: una por exceso, la otra por defecto. Plath siente muy pronto, como la mayoría de mujeres de su país y época, que para que su vida sea completa debe casarse. Así, encontrar marido es uno de los principales objetivos de su adolescencia y juventud. Tras algunas experiencias, finalmente conoce al que será su esposo: un poeta inglés al que define a menudo en términos casi divinos, que idolatra casi con obsesión. La relación entre Plath y Hughes ha sido ampliamente estudiada y debatida por expertos y seguidores de ambos poetas, y son muchas las voces que hacen a este último, a su personalidad y a sus infidelidades maritales, las responsables directas del suicidio de la poeta.

Con todo, realizar esta afirmación hoy en día implica tener una visión sesgada y tendenciosa de la relación entre ambos poetas, e interpretar de forma poco elaborada las relaciones de pareja en general. En el diario se muestra la dependencia casi enfermiza de Plath hacia Hughes quien, en palabras de la escritora, es su más fiel confesor: alguien que la ayuda a superar sus crisis con paciencia y serenidad, que la anima a ser cada día mejor en sus textos y la exhorta a ser mejor persona. Si bien en su cuaderno íntimo recoge algunas críticas negativas hacia el poeta inglés y se mencionan los desencuentros de la pareja así como las sospechas de sus infidelidades, Sylvia se convence de que «lo único que me sostiene (…) es el amor infinito y profundo y la comprensión única y casi ilimitada de Ted.» Aún queriendo ser una mujer autónoma y válida por sí misma, llama la atención el hecho de que ella vive, quizás demasiado a menudo, a través de su relación con Ted; a través de los éxitos y los fracasos de él, de la comparación con él. Asegura que su ser está entrelazado de un modo tan completo con el de Hughes «que si algo le ocurriera a él ni siquiera sé cómo conseguiría seguir viviendo. Creo que me volvería loca o me mataría.» Y, de hecho, así fue.
En el caso de Pizarnik, la vivencia del amor es igualmente conflictiva, pero en un sentido del todo opuesto. Pizarnik anhela el amor. De hecho, lo que anhela en realidad es tener la necesidad de ser una mujer con las mismas aspiraciones que la gran mayoría de mujeres de su entorno y edad: arraigar en un hogar, casarse, tener hijos, una vida convencional y no sentirse llamada por la literatura y la creación: «Si yo despertara, haría, posiblemente, lo que hubiera hecho de no haberme vendido al demonio de mis ensueños: casarme con un comerciante judío, vivir en algún suburbio depresivo y trivial, tener un buen receptor de televisión y uno o dos hijos. Soñaría con un automóvil y me preocuparía por el funcionamiento digestivo de mis hijos. Mis diversiones serían el cine (americano y argentino) y los casamientos. Por lo menos es algo. Es mucho más real que mi vida.» Pero Alejandra pronto se da cuenta de que una vida así la aleja, la imposibilita para dedicarse a lo que realmente la llena: «Me congratulo de mi renuncia matrimonial. (…) ¡Hay tanto que leer y escribir!».
A pesar de esta certeza, sufre recaídas, enamoramientos y fascinaciones por varias personas a lo largo de su vida, pérdidas amorosas que la reconducen dolorosamente por la senda que ella misma se ha marcado: «Saber de nuevo que es preciso aprender a vivir sin amor. Cada vez que me lo hacen saber me asombro. Y es lo primero que supiste. (…) Pero cómo hacen los demás para vivir sin esta exigencia de un amor absoluto». Pizarnik se siente sola en una soledad que, por contra, ella misma ha cultivado durante años. Se enamora igualmente de hombres y mujeres, vive el sexo como algo que le es tan necesario como la escritura, se masturba en el intento de que ni siquiera su sexualidad tenga que depender de los demás.
Otro de los demonios presentes en los diarios de ambas poetas es la relación ambivalente que tienen con la figura de la madre. Pizarnik rememora obsesivamente una infancia que describe como terrible: «sufría y sabía que sufría. Debo repetir por milésima vez que mis padres se esmeraron en arruinarme. Y lo lograron. Por ignorancia, por estupidez y por falta de afecto.». En el entorno familiar, la relación más patológica la tiene con su madre: «Mi madre, celosa de mi soledad poblada (al menos en apariencia), agota todos los medios para molestarme y ofenderme. En verdad, vivir con ella es una maldición.» La siente como una carga: «un peso gravísimo, terrible, temible, que me hará perder la vida del modo más cruel. Ella sabe, ahora, del fracaso de toda su vida. (…) Ésta es mi madre, la que hizo de mi infancia un laberinto de tristezas sin nombre. Y ella y yo estamos tan vencidas que desapareció la culpable así como la víctima. La quiero mucho, pero sobrellevar su vida (en mis hombros que tanto me duelen) implica inmolarme.». Un sacrificio que, finalmente y a pesar de todo, asume con resignación y por amor: «Y claro que me inmolo. Por supuesto que me doy en holocausto.»

En su diario, también Plath describe la relación con su madre: «Dudo mucho que el tiempo logre que la quiera. Solo puedo compadecerla: ha tenido una vida horrible, ni siquiera se da cuenta de que es la encarnación del vampiro. Pero eso es solo lástima, no amor». La odia por haberse casado con un hombre mayor que ella y haberle dado un padre que morirá cuando Plath es todavía una niña. Un padre, por tanto, que la abandonará y la hará desconfiar de los hombres; que obligará a su madre a sacrificarse por sus hijos, a criarlos sola, trabajando incansable, exigiéndose un intenso ritmo vital que traspasará igualmente a sus hijos. Plath detesta a su madre porque percibe «su aprensión, su angustia, sus celos, su odio. No siento su amor, solo la idea del amor, y me doy cuenta de que ella cree que me quiere como debería.» La poeta norteamericana huye de la vida que la madre querría para su hija: «He hecho prácticamente todo lo que ella me dijo que no podía hacer si quería ser feliz, y aquí estoy, casi feliz.» De hecho, en las épocas en que Sylvia vive fuera de los Estados Unidos, con frecuencia envía cartas a su madre en las que se detecta la necesidad de la escritora de demostrarle continuamente que es feliz con la vida que ha elegido, aunque a momentos no sea realmente así. Que las renuncias que ha hecho, aunque a su madre le puedan parecer una locura, han valido la pena. Plath desea «arrancar mi vida de sus manos ansiosas. Mi vida, mi obra, mi marido, mi hijo nonato —porque, escribe— Ella lo mata todo.»
Por último, cabría señalar que quizás el peor demonio con el que conviven ambas poetas es el de un perfeccionismo y una autoexigencia extremos, motor de su vida y obra y, al mismo tiempo, el peor de sus enemigos. Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath no sólo tienen que escribir (y deben hacerlo de forma extraordinaria), sino que además deben leer y estudiar literatura, aprender idiomas, hacer reseñas y críticas literarias, relacionarse mejor con las personas, ser mejor esposa/hija/amiga, saber cocinar, tener aseada la casa/el estudio, ser buena anfitriona, mejorar constantemente su voz poética… El nivel de exigencia que se imponen va claramente en contra de su escritura y del resto de sus tareas diarias. La aspiración es tan alta que es imposible llegar al objetivo marcado: «Nada podré hacer —dice Pizarnik— si no me impongo un método de trabajo. Y en primer lugar, un método de aprendizaje literario. (…) Y la novela se convierte en utopía. Cómo estudiar, y trabajar, y leer, y escribir.» Plath se recuerda sus obligaciones dia sí, y día también: «Todos los días (…) al menos dos o tres páginas enteras donde describir episodios que han quedado en el recuerdo con personajes, conversaciones y descripciones. Deja a un lado el argumento. Hacer un diario de recuerdos vitales. Capítulos cortos. Para cuando vuelva a Estados Unidos debería tener trescientas páginas. Durante el verano, revisarlas. Luego enviarlo». Más tarde añade: «En el dique seco, atascada, detenida. Una especie de parálisis mental me ha dejado congelada. Tal vez la perspectiva de tener que escribir tres trabajos en una semana y de tener que leer y releer un montón de literatura inglesa me ha dejado completamente anonadada e idiotizada.»

Es tanto lo que tienen que hacer y aprender, tan duros los programas de trabajo que se imponen, tan poco realistas los objetivos que se plantean, que quedan completamente paralizadas incluso antes de empezar. Ese escenario de parálisis las lleva a una autocrítica despiadada y, de nuevo, al planteamiento de nuevas exigencias que, al ser tan elevadas, las conducen otra vez al estancamiento. Se trata de un bucle psicológico realmente complejo, en el que el discurso interno es tan negativo que hasta las lleva a la duda continua sobre su vocación, a la crítica más dura sobre su trabajo y al desprecio de sus capacidades poéticas: «Me atormenta el interrogante de mi vital necesidad de escribir. ¿Qué he de crear? ¿Qué? Es una pregunta que gira y gira», se dice Pizarnik y, consciente de su propio enredo, añade: «…no HAGO nada pensando en lo ocupada que voy a estar mañana y pasado y los demás días.» Como la argentina, Plath también se da cuenta de su propia trampa, en la que cae una y otra vez: «Ahora vuelvo a tener la sensación de que jamás seré capaz de escribir una historia interesante ni un buen poema, mucho menos uno malo. Todo está detenido. (…) Me he metido sola en un atolladero mental y soy incapaz de salir. ¡Cómo me encanta ir a parar siempre al mismo sitio!». Sabe que su perfeccionismo no la ayuda en absoluto: «Yo tengo este demonio que querría que saliera huyendo si tengo que asumir mis defectos, mi debilidad. Quiere que piense que soy tan especial que tengo que ser perfecta. Y, si no, no soy nadie. Pero yo soy alguien.»

A pesar de todo lo expuesto, de las luchas y las dificultades y de la maravillosa complejidad de sus psicologías, Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath fueron capaces de dejar un legado poético de calidad innegable que aún hoy nos conmueve e interesa. La reflexión que nos queda abordar ahora es la de si sus demonios personales impidieron que su poesía llegara más lejos o si fue gracias a estos, precisamente, por los que ambas poetas fueron capaces de crear su obra.


Es gestora cultural en la Universitat de les Illes Balears, coordina el premio de narrativa infantil y juvenil Guillem Cifre de Colonya y es coeditora de Fahrenheit450. Sus poemas aparecen en revistas digitales como Philos, Digo.Palabra.Txt, Otro Páramo y Cantera, y acompañan las creaciones de la diseñadora Angie Vallori para Gubbons y las fotografías de Mostrador (PalmaPhoto 2015). En 2014 expuso su poesía blackout en la galería de arte Fran Reus (Palma). Participa en recitales y presentaciones de libros, y ha colaborado en la revisión de los textos introductorios de Llum i Negre. Cançons d'amor i odi de Leonard Cohen. Promotora del festival internacional del cuento Contesporles y de los clubes de lectura en las Islas Baleares, desde 2003 ha dinamizado infinidad de tertulias literarias mensuales en librerías y bibliotecas. Ha publicado un libro de poemas y otro de historias de vida, y ha escrito artículos para La Tribu, El Mirall, Anuari de l’Educació de les Illes Balears, Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil-CLIJ y Faristol (Consell Català del Llibre Infantil i Juvenil) así como para el Centre Unesco de Catalunya y Cruz Roja. Ha compartido su experiencia en seminarios, mesas redondas, jornadas y programas radiofónicos, y ha impartido docencia en las universidades de las Islas Baleares y Vic. En redes: @marrayogonzalez.

(OCULTALIT / 28-2-2018)

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