Le dejé, pues, para ir a echarme en un cuarto contiguo. Nuestro querido yerno Cristóbal (ni Friedemann ni Manuel estaban entonces en casa) me prometió verle mientras yo descansaba. Más tarde me contó que Sebastián había estado durante una hora tan quieto y silencioso que le había creído dormido, cuando, de pronto, se incorporó y le dijo:
-¡Cristóbal, trae papel! ¡Tengo
música en la cabeza; escríbela por mí!
Cristóbal corrió por papel, pluma y
tinta y escribió al dictado de Sebastián. Al concluir, este dejó caer la cabeza
exhalando un suspiro y susurró, tan bajito que Cristóbal apenas pudo oírle:
-Es la última música que compondré en
este mundo.
Luego, durmió unas cuantas horas,
durante las cuales pareció que le habían abandonado todos sus padecimientos.
Cuando, con las primeras luces del
amanecer, volví a la habitación, Cristóbal me enseñó el manuscrito y me contó
lo que había sucedido.
-¡Mirá qué hermoso es! -exclamó-. “Ante
tu Trono me presento”. ¡Cómo lucha su alma entre el dolor y la oscuridad, cómo
la suave melodía va desde las tinieblas a la claridad celeste!
Pero yo tenía los ojos llenos de
lágrimas y no podía leer; miré el rostro de Sebastián sobre la almohada y
comprendí que aquel era su último canto, como el del cisne. Me acerqué a la
ventana, corrí un poco las cortinillas, miré cómo el sol del amanecer iba
coloreando el cielo y procuré retener las lágrimas para que mi llanto no
interrumpiese el sueño pacífico de mi amado.
No sé cuánto tiempo permanecí así,
con una sensación mezcla de aflicción y de gloria. Al cabo de un rato oí su voz
apagada que me llamaba:
-¡Magdalena querida, acércate!
Al oír el tono tembloroso de su voz
me volví como si me hubiera travesado una flecha. Cristóbal había salido y me
precipité sobre su lecho. Con los ojos muy abiertos, miraba hacia mí ¡y me
veía! ¡Sus ojos, apagados por el esfuerzo y el dolor, se habían vuelto a abrir
y tenían un brillo doloroso!

























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