por
Antonio José Pérez Sánchez
Al acto acudieron
notables del Movimiento, la Falange, Carmen Polo, esposa de Franco; Pla y
Deniel, obispo de Salamanca, Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de
Salamanca; y el general Millán Astray acompañado de sus legionarios
Miguel
de Unamuno
Miguel de Unamuno fue el
principal exponente de la Generación del 98. Escritor, poeta y filósofo.
Inicialmente sus preocupaciones intelectuales se centraron en las cuestiones
éticas y los móviles de su fe. Sus contradicciones personales y las paradojas
que afloraban en su pensamiento actuaron impidiendo el desarrollo de un sistema
coherente, de modo que tuvo que recurrir a la literatura. De su angustia personal
y de su idea de entender al hombre, nacieron obras como En torno al casticismo (1895), Mi
religión y otros ensayos (1910), Soliloquios
y conversaciones (1911) o Del
sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1913).
Famoso es su concepto de
«intrahistoria», latente en el seno del pueblo frente al concepto oficial de
Historia. En la obra «El porvenir de España y los españoles», Unamuno recoge
ensayos, artículos, meditaciones y sueños unamonianos desde 1897, en vísperas
del Desastre del 98 hasta otras fechas también desgarradoras y transcendentales
para los españoles y su porvenir: 1936.
Su producción poética
comprende títulos como Poesía (1907),
Rosario de sonetos líricos (1912), El Cristo de Velázquez (1920), Rimas de dentro (1923) y Romancero del destierro (1927).
El
discurso
El 12 de octubre de 1936,
en plena guerra civil española, tuvo lugar un acto ceremonial en el Paraninfo
de la Universidad de Salamanca. Los asistentes eran notables del Movimiento y
miembros de la Falange local, Carmen Polo, esposa de Franco; Pla y Deniel,
obispo de Salamanca, Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca;
y el general Millán Astray acompañado de sus legionarios.
Unamuno, que cuando se
produjo el alzamiento al principio lo apoyó porque estaba irritado contra los
políticos de la República, no podía pasar por alto los asesinatos que se habían
producido en la ciudad de Salamanca bajo las órdenes del comandante Doval, ni
los asesinatos de sus amigos Casto Pietro, alcalde de dicha ciudad; Salvador
Vila, catedrático de árabe y hebreo de la Universidad de Granada; y del poeta
García Lorca.
Antes que Unamuno, los
discursos corrieron a cargo de Vicente Beltrán, de José María Pemán y del
profesor Francisco Maldonado, que arremetió contra los nacionalismos catalán y
vasco mientras de fondo se escuchaba a los falangistas exaltados. Cuando tomó
la palabra, dijo lo siguiente:
Estáis
esperando mis palabras. Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer
en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio
puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al
discurso, por llamarlo de algún modo, del profesor Maldonado.
Dejaré
de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y
catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo lo quiera o no lo
quiera, es catalán nacido en Barcelona.
El obispo mostró su
disconformidad ante la alusión de Unamuno, ya que se podía entender como una
posible deslealtad de este a la causa del bando nacional. Las palabras de
Unamuno no acabaron aquí, prosiguió su discurso:
Pero
ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito: «¡Viva la muerte!» Y yo, que
he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no
las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula
paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un invalido. No es
preciso que digamos esto con un tono más bajo.
Es
un invalido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente, en
España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto
habrá muchísimos más. Me atormenta pensar que el general Millán Astray pudiera
dictar las normas de psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la
grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible
alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor.
Imagínese el lector como
le sentaron estas palabras a Millán Astray. Según aseguraron muchas crónicas de
la época, este, no pudo contenerse y gritó con todas sus fuerzas: «¡Mueran los
intelectuales! ( o “Muera la Inteligencia” —según autor que se lea—) ¡Viva la
muerte!». Todo el que se hallaba en el lugar y tenía un arma, la sacó. Este
suceso se ha ido adornando mucho a lo largo de los años, se cuenta incluso que
el escolta del general apuntó a la cabeza de Unamuno, pero esto seguramente fue
una falacia, ya que lo hubieran publicado el resto de periódicos. El caso es
que don Miguel prosiguió su intervención:
Este
es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando
su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no
convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais
algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que
penséis en España
Para concluir, hizo una
pausa y dijo en tono resignado: «He dicho». Parece ser que gracias a la
presencia de Carmen Polo lo libró de la muerte allí mismo, y que cuando Franco
se enteró del suceso, lamentó que su mujer lo hubiese librado de un mal final.
Tal vez, y porque ya se había cometido el asesinato de Garcia Lorca, un poeta
internacionalmente reconocido, los nacionales no quisieron acabar con otro
intelectual que también contaba con fama internacional, ya que produciría una
mala imagen al exterior.
Unamuno fue finalmente
destituido como rector y confinado en su domicilio hasta su muerte el 31 de
diciembre de ese año. Desde ese suceso, para los nacionales fue considerado un
traidor.
Fuentes:
Jon Juaristi Linacero
(2012). Miguel de Unamuno
Antony Beevor (2005). La
guerra civil española

























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