domingo

LA TIERRA PURPÚREA (109) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXVII /  LA FUGA DE NOCHE (1)

Cuando desperté, no me di cuenta durante algunos momentos dónde me hallaba. Tanteando alrededor, mi mano tropezó con el pasto empapado de rocío. Estaba muy obscuro; pero cerca del horizonte una pálida vislumbre anunciaba, según me imaginé, un nuevo día. De repente, me volvió a la memoria, y, alarmado, me puse de pie, descubriendo con indecible alivio que la luz que había visto estaba al oeste, no al este, y que dimanaba de una luna nueva que precisamente en ese instante se ocultaba detrás del horizonte. Ensillando a toda prisa los dos caballos, me dirigí a la estancia de Peralta, y en llegando, los conduje cautelosamente bajo la sombra de un grupo de árboles que se erguía en la margen del antiguo y casi arrasado zanjón.

Tendiéndome en el suelo para oír mejor cualesquiera pasos que se aproximaran, me puse a esperar a Demetria. Era pasada medianoche; reinaba el más profundo silencio, salvo de rato en rato, el triste y lejano chirrido de un grillo, que siempre parecía hallarse allí, como lamentando las perdidas fortunas del solar de los Peralta. Durante más de media hora me quedé tendido en el suelo, poniéndome por momentos, más y más inquieto y temiendo que Demetria fuera a faltar a la cita, cuando por fin sentí algo como un susurro. Escuchando con atención oír pronunciar mi nombre, y percibí que el ruido procedía de unas altas matas de Lramonio a unos pocos pasos de distancia.

-¿Quién habla? -pregunté.

La alta y flaca figura de Ramona se irguió de entre la maleza y se aproximó recelosamente. Estaba temblando de nerviosa agitación y no se había atrevido a aproximarse sin primero hablar, temiendo ser tomada por un enemigo y que se disparase contra ella.

-¡Madre de Dios! -exclamó, lo mejor que le permitiera hablar el castañeteo de sus dientes-. ¡He estado tan agitada tuita la noche!... ¡Ay, señor! ¿Qué vamos a hacer aura? ¡Lo que usté había arreglado estaba tan bien!... Apenas lo oí, supe que algún Ángel del cielo había bajado pa decírselo al oído. ¡Y aura se le ha metido en la cabeza a mi patrona, de no moverse de aquí! Tuitas sus cosas están listas… ropa, plata, alhajas; y hace ya una hora que le estamos suplicando que salga, pero es al ñudo. No quiere verlo, señor.

-¿Está don Hilario en la casa?

-No, señor… Ha salido. No podríamos haber tenido una mejor ocasión. Pero es al ñudo, se ha desanimao y no quiere venir. Ay está sentada llorando en su cuarto, diciendo que no le puede mirar a la cara a usté otra vez.

-Anda y dile a tu patrona que estoy aquí esperándola con los caballos.

-Pero, señor, si ella ya sabe que usté ha llegao. Santos estuvo aquí ajuerita aguaitando, y apenas llegó usté se jue a tuita carrera pa avisárselo. Aura sólo me ha manda pa que le diga que no puede verlo y que está muy agradecida por tuito lo que usté ha hecho por ella y que le ruega que se vaya y la deje.

No me extrañó mucho que Demetria, a último momento, no hubiese deseado verme, pero estaba resuelto a no irme mientras no la viera y tratara de hacerla cambiar de idea. Así que atando los caballos a un árbol, fui con la Ramona a la casa. Entrando en puntillas, encontramos a Demetria tendida en el sofá, en la misma pieza donde me había recibido tan singularmente ataviada la noche anterior; a su lado estaba Santos, la aflicción en persona. En cuanto me vio entrar, se cubrió el rostro con las manos y volvió la espalda. Sin embargo, bastó una mirada para demostrar que, con o sin su consentimiento, todo estaba pronto para la fuga. En una silla cerca de ella había un par de alforjas en las que se habían metido las pocas cosas que le pertenecían; una mantilla medio le cubría la cabeza, y a su lado había una gran manta de viaje, destinada, evidentemente, a protegerla del frío de la noche.

-¡Mira, Santos! Anda a esperarnos allá debajo de los árboles, donde están los caballos; y tú, Ramona, dile adiós a tu patrona y déjanos solos, porque luego recobrará su valor y se vendrá conmigo.

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