domingo

ENRIQUE MARINI PALMIERI - JULIO HERRERA Y REISSIG: LA ENCARNACIÓN DE LA PALABRA (8)


Herrera y Reissig y la creación literaria de caracteres esotéricos

El caso del espiritismo

Julio Herrera y Reissig, ¿adepto del espiritismo? Oh, no, afirma la hermana del poeta en su libro Vida íntima de Julio Herrera y Reissig (1943), y añade que se trata de curiosidad,  pura y simple curiosidad.

Es verdad que la crítica hablaba con parsimonia de este tipo de detalles. En 1925 Máximo Soto Hall publicó Revelaciones íntimas de Rubén Darío, siendo el primero en atreverse... En 1946 con Mi padre de Leopoldo Lugones (hijo), y en 1960 con Este otro Rubén Darío de Antonio Oliver Belmás los admiradores o detractores de ambos poetas pudieron leer por fin detalles hasta entonces tan sólo murmurados. En 1961 con el «Estudio preliminar» para las Poesías completas de Herrera y Reissig, Roberto Bula Píriz no pudo leer con exactitud cuál era el interés del poeta por el espiritismo.

Se confundía verdad con intimidad, en virtud de principios burgueses que los propios poetas rechazaban. Se entorpecía así cualquier esfuerzo por comprender qué influencia podía ejercer en ellos la evolución del pensamiento, las ideas y las modas, el contexto histórico. Se tergiversaba o se ensalzaba, y se dejaba de lado el punto de vista epistemológico. Así ocurrió con el concepto del esplín, por ejemplo, tan importante en la obra de Herrera y Reissig.

En efecto, esplín en el silencio del alma, la cual parece dormida, como muerta, y a la vez regodeándose en su condición: «Si es así, huyamos hacia aquellos países que son las analogías de la Muerte», dice Charles Baudelaire en «Anywhere out of the world» (¿estaría pensando en este poema Rubén Darío cuando en su conferencia en el Teatro Solís de Montevideo designa a su colega uruguayo como alguien «out of the world»?). El hablante de «Almas pálidas» (1908) dice:


Mi corazón era una selva huraña...
El suyo, asaz discreto, era una urna...
Soñamos... Y en la hora taciturna
vibró como un harmonium la campaña.

La Excéntrica, la Esfinge, la Saturna,
acongojose en su esquivez extraña;
y torvo, yo miraba la montaña
hipertrofiarse de ilusión nocturna.

-¿Sufres -me dijo- de algún mal interno?...
¿O es que de sufrimiento haces alarde?...
-¡Esplín!... -la respondí-, ¡mi esplín eterno!...

-¿Sufres?... -la dije, al fin-. En tu ser arde
algún secreto... ¡Cuéntame tu invierno!
-¡Nada! -Y llorando:- ¡Cosas de la tarde!...


Misterio lunar, tiempo fuera del tiempo, alma nocturna y reticente, silencio invernal: colores del esplín en este poema de «Los Parques Abandonados», colores del dolor ontológico y metafísico. Mientras el emisor en «Los Maitines de la Noche» fallece de nostalgia por París, presa su alma del «aburrimiento gris», fumando el «opio neurasténico» del «cigarro glacial» de la neblina, en brazos de la amada de ojos llenos de tinieblas, cuya «faz plenilunial» ilumina tenuemente la «clorótica noche»: osada prosopopeya de absoluta modernidad, para nombrar a Hécate infernal, la Febea lunar, rostros todos de la Artemisa gemela de Apolo, mujer virgen de las vírgenes por gracia de su padre Zeus; astro de la noche, diosa de la vida y de la muerte cuyas tres fases invocan los magos -otra vez la cifra tres-, símbolo del inconsciente que se agita tanto para vivir como para morir. Es que el esplín es la noche del alma, el color del más allá donde vida y muerte se reúnen. Como el Amor y la Muerte en Ópalos«¡He aquí las dos únicas cosas graves, impenetrables, decisivas, inevitables, de una ciega fatalidad, que hieren desde arriba como el rayo, haciendo una profunda interjección de sombra y luz! Lívida, inmóvil, helada la una. Púrpura, vertiginosa, ardiente, la otra». El esplín es forma también de la pitagórica ley de la armonía de contrarios, su expresión, su color. El esplín es también el umbral del deseo de comprender el misterio que está más allá de la vida y de la muerte. El umbral del interés por el espiritismo.

Para el lector atento e implicado en este ámbito gris, nebuloso, neblinoso, todo comunica directamente con el mundo del peri-sprit, del cuerpo ausente de este mundo y como presente ya en el más allá, del alma evadida de lo inmanente.

Aunque Herminia Herrera y Reissig afirma que las lecturas teosofistas y espiritistas de su hermano en la Torre de los Panoramas eran como un cómico deseo de sugestionarse para poder escribir, Roberto Ibáñez recuerda «los crédulos esfuerzos con que Julio procuraba obtener mensajes de ultratumba» y cómo entre los asistentes al cenáculo «se concertaban nocturnas expediciones para "cazar espíritus" en el Cementerio Central». Antonio Seluja, en su libro sobre Herrera y Reissig, por omisión, parece compartir la opinión de Herminia, y pasa de largo ante los cuentos encarnacionistas y espiritistas El Traje lilaAguas del Aqueronte y Mademoiselle Jacqueline, limitándose a poner de relieve lo que hay en ellos de autobiográfico; con lo cual los califica de decadentes y románticos. Tampoco dice nada de «Crepúsculo espirita». Por citar aquellas composiciones más evidentemente concernidas...

Estas composiciones, y muchas más, habrían de analizarse en función, por ejemplo, de los detalles que nos entrega al respecto Roberto Bula Píriz en su «Estudio preliminar» citado: las visitas del poeta al espiritista Palacios, las lecturas de William Crookes y en particular la de Phénomènes spirites en una traducción italiana muy difundida en el Uruguay. Crookes reconoce allí que existe una corriente que reúne en una sesión de espiritismo la capacidad psicológica de un ser humano especialmente dotado y sensible y la de la asistencia predispuesta favorablemente, ya que él había podido fotografiar varias materializaciones durante una sesión de espiritismo. Es decir, que implícitamente reconoce la existencia del fluido mediúmico, del peri-sprit, de la vida en el más allá. Este libro causó sensación en su momento y convenció también a Herrera y Reissig, y, lo que más cuenta para nosotros: contribuyó a alimentar su sensibilidad y su imaginación.

Otra lectura importante en este campo es la de Ipotesi spirita de Cesare Lombroso. Allí leyó análisis sobre los fenómenos telepáticos y de transmisión del pensamiento que los espiritistas habían acaparado y casi hecho propios. Lombroso explica tales fenómenos según la capacidad de autosugestión aguda que es frecuente en seres hipersensibles y enfermos. ¿Puédese, pues, imaginar que existe una relación entre estas lecturas y las «bromas» a las que alude Herminia, y la elaboración de los relatos de corte espiritista? ¿Son casos de influencia lineal y directa, o de imitación sarcástica?

La relación que habrá de llamarnos la atención es antes bien la que existe entre la amada de frialdad plenilunial, perdida en el ocaso otoñal, «fatal delicia», y el hablante que le da el «único beso» en «Crepúsculo espirita» (1907). Ligadura entre ambos de amor y de muerte, o, mejor dicho, la de los enamorados de la muerte... Turba aún más la amada cabellera «azul negro», como la noche más negra que enmarcan los «ojos sonámbulos de muerte» de la «exangüe Nirvana» de «Berceuse blanca» (1909-1910). Esta canción de cuna blanca, de blanco duelo iniciático lleva la impronta de la realidad probada del autor implicado en la intencionalidad de una poiesis destinada a traducir sus propias postrimerías. Amada-alma, y alma amada y amada del alma, peri-sprit que navegará en el Éter primordial: luz y silencio a la vez, himeneo de «la Esfinge sin palabra», tálamo mortal de esta «boda negra» que en ediciones posteriores a la versión manuscrita llevará la ambigua dedicatoria: «A ti, Julieta, a ti» (ambigua si se sabe que fue la destinataria quien se encargó de la publicación). Pero el lector asiduo de la obra de Herrera y Reissig sabe que amor y muerte son temas que van reunidos en numerosas composiciones -como los poemas en prosa de Ópalos, por ejemplo- y que dicha reunión forma la trama esencial de su inspiración

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