domingo

LOS “TRUCS” DEL PERFECTO CUENTISTA Y OTROS ESCRITOS (18) - HORACIO QUIROGA


ESCRITOS DE HORACIO QUIROGA


Los crepúsculos del jardín * (1)


 Yo tuve siempre la seguridad de escribir algo cuando aparecieran Los crepúsculos del jardín. Primero de todo, como manifestación de mi propio gozo; segundo, por la potencia de su autor; tercero, en homenaje a mis primeros entusiasmos. Como es común relatar en estos casos el conocimiento personal que del autor se tuvo -y esto implica el mérito de variar lo escrito, aligerando no poco la ineludible gravedad judicial que tales cosas suponen- contaré a mi vez que en 1896 leí la Oda a la desnudez, primera obra suya que conocí. Sentime lleno de tal alegría, que le llamé repetidas veces hombre de genio. Aun hoy que no siento tales sobresaltos de emoción, el vocablo se me sube a los labios, sobre todo cuando -como ahora- revivo mis impresiones. Al año siguiente leí Las montañas del oro, y sucesivamente algunas poesías, muy pocas. Llegué así a 1900, sin conocer de este hombre nada, ideas, modo de ser, actuación estrepitosa; apenas un amigo que le había conocido antes, y una caricatura en Caras y Caretas. Para mí, tan lleno de fresco humanismo, la ignorancia de todo dato poetiza su figura al extremo de suponerlo indio, muy indio, huraño, hercúleo y violento. Por demás, inabordable, sobre todo para mí con mi ridícula espontaneidad de joven adorador.
  
Un día en compañía de un amigo en igual crisis, fuimos a verle.
  
Nos presentamos sin tarjeta alguna, corriendo la hermosa aventura. Esperamos largo rato, pues la hora más que matinal excusaba toda demora mientras saboreábamos a dúo la emoción de la ruda silueta poética que debía aparecer en la puerta. Fue así que en su lugar se presentó un hombre blanco, de expresión cualquiera, juvenilizado por un fresco pijama. La única conciencia de ser él quien buscábamos provenía de un vago parecido con la caricatura. Pero tanto le conocía en sí mismo, que inconscientemente le presenté a mi amigo, y en seguida me presenté yo. Hablamos toda la mañana, poco de letras.
  
Este recuerdo será duradero, ¿por qué no? Quien haya sentido una grande admiración -en mí era absoluta- comprenderá el abrazo que nos dimos con mi compañero cuando nos hallamos de nuevo en el carruaje.
  
¡Estábamos tan contentos!
  
Después hemos sido amigos, y este contratiempo -en el viejo concepto de coartar un libre juicio- existe en realidad, restringiendo la franqueza, tan grande cuando no hay conocimiento personal. Pero no me refiero al amor que puede impedir reprobar; todo lo contrario. Por ese mismo cariño hay ciertos impulsos de noble admiración que cuestan decirse, por pudor, por haberse familiarizado ya uno con ellos, y sobre todo por aquello de ser menos expresivo con el amigo más querido en una despedida.
  
La obra de Lugones tiene tres fases, caracterizadas en Oda a la desnudez, Los doce gozos y Emoción aldeana. La primera y sus congéneres llena Las montañas del oro, Las otras dos pertenecen a Los crepúsculos.
  
¡Los doce gozos! Muy curiosa es la impresión que sentí al leerlos. Estaba en cama, convaleciendo y con un poco de fiebre aun, exactamente como una joven que debe leer a Flores por primera vez. Hace de esto cinco años. Mi emoción fue tanto más fuerte cuanto que no conocía de Lugones sino el lado violento con sus grandes ademanes de Las montañas. Ahora bien; lo que más me llamó la atención fue que -a pesar de la honda armonía de cada soneto- todo él solía estar dislocado, cuartetos y tercetos sin conexión alguna. Casi todos ellos concluían tan lejos de lo sugerido al principio como era posible. Cada verso era a veces un cuadro completo y aparte con su propia alma colorida. Sucedíale otra impresión de otro miraje ya. El final, asimismo, solía ser una cosa muy distinta, pero que encuadraba maravillosamente las diversas sugestiones. ¿En qué consistía esta prodigiosa y disparatada armonía? Mucho me preocupó eso, siendo, como es, lo más característico de la poesía de Lugones.  Poco o mucho se halla en todas sus composiciones. Pero aquellas doce familias, en que los hermanos y hermanas se parecían muy poco, dando sin embargo, todas ellas la armonía de la misma serena sangre, eran excesivamente lujosas, un lujo flotante de riquísimo drama inconsistente más que todo aliento de lujo, de tan poderosa sugestión, que lo que se veía no era justamente lo descripto sino lo que pudiera haber sido el éxtasis de ese paisaje. La misma clásica pareja se hallaba siempre en una situación insostenible, con una vida tan fugaz como encantadora. Si la frase tiene aun influencia, se puede decir de esos personajes que eran una creación poética.
  
(*) Publicado en Tribuna, Bs. As., 1905. Reproducido en Babel. Bs. As., nº 19, mayo de 1926.

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