domingo

CONDE DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE) 103 - LOS CANTOS DE MALDOROR


CANTO CUARTO 

3 (4) 

Cuando las mujeres se vieron en la imposibilidad de retener el látigo, que la fatiga hacía caer de sus manos, ellas pusieron juiciosamente fin al trabajo gimnástico que habían estado ejecutando casi durante dos horas, y se retiraron con una alegría que no estaba desprovista de amenazas para el porvenir. Yo me dirigí hacia aquel que solicitaba mi auxilio con un ojo glacial (pues la pérdida de su sangre era tanta que la debilidad le impedía hablar, y mi opinión era -aunque yo no fuese médico- que la hemorragia se había atraído la cólera de su mujer, que acariciaba la esperanza de una recompensa si lograba inducir a su marido a que prestara su cuerpo para satisfacer las pasiones de la vieja. Ellas decidieron complotarse para colgarlo de una horca, preparada de antemano en algún paraje no frecuentado, y dejarlo perecer insensiblemente, expuesto a todas las desgracias y a todos los peligros. No fue sino después de maduras y numerosas reflexiones, llenas de dificultades casi insuperables, que habían logrado encauzar su elección hacia al refinado suplicio que sólo encontró término gracias al socorro inesperado de mi intervención. Las más vivas señales de agradecimiento subrayaban cada expresión y no dejaban de prestarle a esas confidencias su más significativo valor. Lo trasladé a la cabaña más próxima, pues acababa de perder el conocimiento, y no me alejé de los labriegos hasta que les dejé mi bolsa para que suministraran al herido los cuidados necesarios, haciéndoles prometer que prodigarían al desdichado, como a su propio hijo, las muestras de una dedicación perseverante. A mi vez, les conté el episodio, y me dirigí hacia la puerta para retomar el camino; pero he aquí que después de haber hecho un centenar de metros, volví maquinalmente sobre mis pasos, entré de nuevo en la cabaña y, dirigiéndome a sus ingenuos propietarios, exclamé: “¡No, no… no creáis que todo esto me conmueve!” En seguida me alejé definitivamente; pero la planta de los pies no podía apoyarse con firmeza; quizá cualquier otro no lo hubiera advertido. El lobo ya no pasa más bajo la horca que levantaron, un día de primavera, las manos combinadas de una esposa y una madre, como en el momento en que su imaginación hechizada le hizo comprender el camino de una comida ilusoria. Al ver en el horizonte una negra cabellera balanceada por el viento, no cedió a la fuerza de la inercia, y emprendió la fuga con una velocidad incomparable. ¿Habrá que admitir en ese fenómeno psicológico una inteligencia superior al instinto ordinario de los mamíferos? Sin asegurar nada y sin prejuzgar nada, me parece que el animal comprendió el significado del crimen. ¡Cómo no habría de comprenderlo, cuando los seres humanos mismos han desechado hasta un punto indescriptible el imperio de la razón, para no dejar subsistir, en lugar de esa reina destronada, sino una venganza feroz!


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