domingo

LOS RECOVECOS DE MANUEL MIGUEL (35) - Desbocada reinvención de la vida de Manuel Espínola Gómez



Hugo Giovanetti Viola

Primera edición: Caracol al Galope, 1999.
Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes, 2016.


NOVENA PUERTA: INTERROGACIÓN (TIEMPOS GIGANTESCOS) (2)

Manuelito: que ya a los 12 años tenía una caja de colores del óleo que le regalaron los tíos Pedro y María y que después de visitar con la escuela un tren-museo detenido en Empalme Olmos intentó reproducir la técnica realista de Blanes en un autorretrato con tricota roja que no lo conformó en absoluto aunque poco después copió la cabeza del violinista español Manolo Quiroga entusiasmando al mismísimo Eduardo Fabini que tenía amistad con el famoso instrumentista y diseñó una alfombra de corte “art-decó” a pedido de una vecina lo que ya confirmaba una notoriedad ganada trazo a trazo en el alertargamiento solisense: pero que simultáneamente perfeccionó su vocación bromística hasta el filo del abuso como cuando el general se quedaba atendiendo los trámites del pago de los sueldos de la comparsa trilladora y él almorzaba con los tíos Cecilio y Rosa y sus primos transformaban la mesa en un desaforado teatro de guarangadas hasta que a Manuelito se le ocurrió rubricar el saludo de despedida aullando desde afuera Tío Cecilio y tía Rosa váyanse a la putísima madre que los parió hasta que un vecino salió para advertirle Pero muchacho cómo vas a hacer eso y se acabó la joda.


Rosa: que perdió la razón varios años después  y la recuperó gracias a un tratamiento que se hizo en Montevideo y al morir su marido volvió a quedar en un fondo de mar sosegado y luctuoso y vivió algún tiempo con el General y Manuelito hasta que la internaron definitivamente y cuando el general recordaba el episodio inapelable que lo había desligado de sus dos hermanos agregaba suspirando Pero si yo tuviese un peso así fue partido por la mitad Rosa no se iba más de al lado mío carajo.


-No escuchó los azahares? -agregó de repente la tía María, levantando su rostro hacia las constelaciones perfumadas que apenas se hamacaban en la paz de la tarde. -¿Usté sabe que mamá siempre nos arrullaba con la Canción del ladrón? Dicen que es una canción catalana, pero ella la entonaba sin la letra. Está allí. Cierre los ojos y oiga.


Y la brisa parece murmurar:

-“Qué verano me robó / los azahares de la infancia / con qué viento se voló / el trasluz de su fragancia. / Y qué lluvia deshojó / mis amores inocentes / y qué llanto se llevó / mis ojos adolescentes. / Qué ladrón desenjauló / a mis pájaros ausentes”.

Y de golpe nos sobrevuela una gran paz sin rostro y ella me roza el brazo para que no abandone la contemplación. Y la oscuridad dice:

-“Pájaros del corazón / que a la vida yo entregara / quién habrá sido el ladrón / que su vuelo me robara. / Pájaros de la estación / donde a solas yo soñaba: / hoy el canto mi perdón / a quien los desenjaulaba. / Ya he perdonado al ladrón / dueño de lo que robaba”.

Y cuando abrí los ojos María observaba el cielo mientras el quintero Despacito se empequeñecía procesionalmente en dirección a la casa de Eduardo Fabini.

-El Papalote -sentencia María. -A ustedes sólo puede salvarlos el Papalote.
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