domingo

LA TIERRA PURPÚREA (101) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXV /  ¡LÍBRAME DE MI ENEMIGO! (2)

Por fin, empezó: -No hay en tuita la Banda Oriental un individuo pior que yo pa espresarse.

-Está diciendo la pura verdad, amigo.

-¿Pero qué hemos de hacerle, señor? -continuó, con la mirada en el espacio y haciendo tanto caso de mi interrupción como hiciera un hunter que va a saltar una alta valla, al oír comentar el tiempo-. Cuando uno no puede conseguir un facón, toma unas tijeras viejas de esquilar, las partes en dos, y con una de las hojas se hace un instrumento que tiene que servirle de facón. Lo mesmito pasa con Demetria; no tiene a naides más que a su pobre Santos que platique con ella. Si me hubiese pedido que espusiera mi vida en su servicio, lo podría haber hecho fácilmente; pero hablar en su nombre a uno que puede leer el almanaque, y conoce los nombres de tuitas las estrellas en el cielo, ¡vaya, señor!, eso sí que me mata. ¿Y quién mejor que mi patrona ha de saber eso, ya que me ha tratao íntimamente dende que era una niñita, y que tantas veces he llevao en brazos? Sólo puedo decirle esto, señor: cuando yo hablo, ricuérdese que soy pobre, y que ña Demetria no tiene otro estrumento sino mi pobre lengua, pa decirle, lo que ella quiere. ¡Qué palabras no me ha dicho que le diga! Pero mi memoria del diablo las ha olvidao tuitas. ¿Qué puedo hacer en este trance, pues, señor? Si yo quisiera comprarle su flete a mi vecino, y juese ande él y le dijera:

“Véndame su pingo, porque me he enamorao de él y mi corazón está enfermo de ganas de tenerlo, ansina que se lo compro cueste lo que cueste”, ¿no sería eso una locura, señor? Pues yo tengo que hacer el mesmo papel de ese loco. He venido con usté pa algo, y tuitos los términos de ña Demetria, que eran flores raras cortadas en un jardín, los he perdido por el camino. Ansina que sólo puedo decirle esto que mi patrona quiere, poniéndolo en mis palabras tan brutas, que son como las flores silvestres que yo mesmo he agarrao tantas veces en el llano, y que no tienen ni olor ni lindura que las recomiende.”

Este curioso preámbulo no avanzó mucho la cosa, pero tuvo el efecto de estimular mi curiosidad, y convencerme de que el mensaje que Demetria había encomendado a Santos era de muy grave importancia. Este había fumado su primer cigarrillo y empezó lentamente a liarse otro, pero esperé pacientemente que hablara, habiendo desaparecido mi irritación, pues no carecían de cierta hermosura aquellas “flores silvestres”, y su amor y fidelidad a su infortunada patrona las hacían muy olorosas.

Luego continuó: -Señor, usté le ha dicho a mi patrona que es un hombre pobre; que esta vida de campo le parece a usté muy feliz e independiente: que no hay cosa que le gustaría más que tener una estancia ande pudiera criar animales y caballos de carrera y bolear avestruces. Pues, señor, ella ha dao güelta tuito esto en su cabeza, y como ella puede ofrecerle a usté estas cosas que usté quiere, le pide aura que la ayude en sus alversidades. Y aura, señor, déjeme decirle esto. La propiedá de los Peralta, se estiende hasta el lago de Rocha; cinco leguas de terreno, y no hay nada mejor en tuito este departamento. Antes tenía mucha hacienda. Teníamos millares de cabezas de ganao y yeguas; pues en ese tiempo gobernaba el país el partido de mi patrón; los Coloraos estaban encerraos en Montevideo, y aquel gran asesino degollador, Frutos Rivera, nunca se aparecía por estos laos. Del ganao sólo queda una punta, pero el terreno es una fortuna pa cualquier hombre, y cuando muera mi patrón, ña Demetria lo hereda tuito. Hasta aura mesmo es de ella, dende que su padre ha perdido el mate como usté ha visto. Aura, déjeme contarle lo que pasó hace años. Don Hilario jue primero un pión…, un muchacho pobre a quien el patrón favoreció. Cuando creció, lo hizo capataz y después, mayordomo. Mataron a don Calisto y el coronel se volvió loco y entonces don Hilario se hizo juerte, haciendo lo que quería con su patrón y no haciendo caso de la autoridá de ña Demetria. ¿Cree usté que cuido los intereses de la estancia? Al contrario, señor, estaba de parte de nuestros enemigos y cuando vinieron como perros pa agarrarse nuestra hacienda, él estaba con ellos. Esto lo huzo pa hacerse amigo del partido en el poder, cuando los Blancos habían perdido. Aura, él quiere casarse con ña Demetria, pa hacerse dueño de la estancia. Don Calisto está muerto y, ¿quién hay que le ponga cencerro al gato? Aura mesmo, hace como si juera el verdadero dueño y patrón, compra y vende y la plata es suya. A mi patrona apenas le da pa comprarse un vestido; ella no tiene ni flete que montar y está como presa en su propia casa. A mi patrona apenas le da pa comprarse un vestido; ella no tiene ni flete que montar y está como presa en su propia casa. La aguaita como un gato a un pajarito encerrao en un cuarto; si sospechara que ella tenía la intención de arrancarse, la mataba. Le ha jurao que a menos que se case con él, la mata. ¿No es terrible esto? ¡Pues, señor, ella le pide a usté que la libre de este hombre! He olvidao sus palabras, pero afigúrese que la ve hincada de rodillas delante de usté, y que usté sabe lo que está haciendo, y ve moverse sus labios, aunque no oiga sus palabras.
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