domingo

LA CONVERSACIÓN CONSIGO MISMO DEL MARQUÉS CARACCIOLI (28)


(Fragmentos del capítulo VIII de Artigas católico, segunda edición ampliada con prólogo de Arturo Ardao, Universidad Católica, 2004)

por Pedro Gaudiano


APÉNDICE 9

“El espíritu que medita las grandes verdades, y que conoce toda la pena que le cuesta el desprenderse de los sentidos y de las pasiones, y por último el restituirse a sí mismo, no duda de la necesidad que tienen los hombres de una revelación. Concibe por su propia experiencia, que aunque son carnales, y no entrando casi nunca en su interior, deben fuera de sí, o exteriormente ver y palpar, digámoslo así, la ley que les instruye. Fue preciso que el Verbo se hiciera sensible a los mortales, que ya sólo preguntaban a sus sentidos, dice Malebranche, y que reconociesen un Dios en tres personas que, aunque infinito y absolutamente incomprensible en este modo, no lo es más que de otro. La infinidad ni la incomprensibilidad no pueden ser ni más ni menos grandes de cualquier otro modo que se consideren. La sublevación que ha causado en los hombres, y sobre todo en los grandes, la humillación aparente de que Dios se hizo semejante a nosotros, no pudo tener otro principio que sus pasiones y sus sentidos” (pp. 269-270).

“Dios solo, centro de todos los espíritus, nos manda con el amor del prójimo, que él mismo nos inspira, respetar otros como nosotros en todos los humanos: quiere que sus vivas imágenes reciban tributos de un homenaje relativo a él mismo” (p. 274).

“¿Cuántos hombres grandes hay que no tuvieron jamás otras lecciones que esta maravillosa comunicación? y con todo, no obstante su excelencia y su necesidad, la abandonamos por ir a sociedades frívolas, y alguna vez delincuentes. Parece que se nos ha impuesto ley de no hablar de la Divinidad. No sale de nuestra boca el santo nombre de Dios, sino por sorpresa o por interjección (!). No tenemos valor para pronunciarlo sino en los peligros. ¿Pero de cuando acá hay tanta flaqueza para invocar el Ser soberano, conversar de sus infinitas perfecciones, y contemplar las hermosuras eternas? Todo cuanto vemos, y todo lo que amamos, ¿no es obra de Dios?, ¿y nosotros mismos aliento suyo, y su retrato?” (p. 275.

Tengamos ahora lástima de la filosofía pagana, y demos aplausos a la nuestra. Aquella rodeada de un aparato pomposo de grandes principios y sublimes lecciones envilece nuestra propia existencia, y esta, con una aparente sencillez, nos ensalza más allá de los astros y los tiempos” (p. 278).
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