domingo

JULIO HERRERA Y REISSIG: LA ENCARNACIÓN DE LA PALABRA. CARACTERES ESOTÉRICOS DEL MODERNISMO HISPANOAMERICANO



ENRIQUE MARINI PALMIERI

Chair des choses! J'ai cru parfois étreindre une âme
avec le frôlement prolongé de mes doigts...


Renée Vivien, «Chair des choses», Sillages (1908).
               


El arte poética de Herrera y Reissig

PRIMERA ENTREGA

Premisas y predisposiciones de la personalidad (1)

Julio Herrera y Reissig sería uno de los pocos tenores del modernismo hispanoamericano que nunca pisaría la santa tierra de Europa, quizá por evidentes motivos económicos que las vicisitudes familiares acarrearon. Sólo vivió con la experiencia de una corta estadía en Buenos Aires, y con la del cotidiano Montevideo burgués y aburrido de finales del siglo pasado y principios de este. Tan burgués y aburrido, digamos, como el Charleville de Arthur Rimbaud. Como lo afirma Rimbaud el 13 de mayo de 1871 en una carta a su profesor Georges Izambard desde esa pequeña ciudad de provincia; ambos poetas vivieron con el mismo anticonformismo y la misma sed de fronteras infinitas: «[...] alcanzar lo infinito por el desarreglo de los sentidos». Como se verá, tratábase de la infinitud que ofrece sólo la poesía, y añade: «Quiero ser poeta, y trabajo para volverme vidente».

En el poeta francés el desgarro que sufre su naturaleza profunda es menos evidente de explicar, su indómito actuar sigue siendo misterio. Como los versos extremos del mundo ignoto en «Le Bateau ivre»: «Les Aubes sont navrantes. / Toute lune est atroce et tout soleil amer: / L'âcre amour m'a gonflé de torpeurs enivrantes. / O que ma quille éclate! O que j'aille à la mer!».

«[...] Quiere Julio entonces -dice Roberto Ibáñez- cumplir la Revolución Sensual, exiliarse del "país de la piedra", anonadar al filisteo, ser un "camafeísta del insulto", al par de su inquietante preceptor» (se trata de Roberto de las Carreras); exilio, desgarro que al salir de la visita al cardiólogo, la «enigmáticamente decisiva» taquicardia provocará en el poeta.

Extraña coincidencia esta, de ambos lados del océano. En cuyas orillas, como dijo Fénéon de Rimbaud, y como dice Idea Vilariño sobre Herrera y Reissig, se escriben «cosas por encima de la literatura». Conque no puede uno hablar, campante, del «hermetismo» de la obra del poeta uruguayo y referirse tan sólo a lo formal, a lo barroco, simbólico o parnasiano, olvidando que este escribió enamorado de su propia muerte.

Aunque sé que es difícil probarlo, creo en la sinceridad de la voz que clama aquí por lo infinito, por borrar a la muerte, buscando la belleza así concebida y elaborarla en lo que hay de más eterno e inmediato: la palabra. La belleza de la palabra lleva forzosamente a la del Verbo. Por encima de lo anecdótico y biográfico, creo que la palabra engendra esa forma, ese sonido que revelan las entrañas de la Creación, de lo vital y de lo eterno. El origen es el Verbo, el comienzo es la palabra, la cual me lleva ante ese otro que es mi imagen, a la par que es la imagen del Verbo y de la Creación.

En tal caso, habrase de elegir la palabra que se comparte, el símbolo que reúne, la literatura simbolista que arde en el hogar de esa misma ansiedad y que puede hacerlo con la muelle y dulce espiritualidad de los versos que Herrera y Reissig traduce de Albert Samain, con los suaves matices de las composiciones de Aux flancs du vase, donde ante la muerte, la nostalgia de una naturaleza fuerte y valiente, ayuda a borrar lo vacío de la existencia. El simbolismo es como un crepúsculo interminable que transforma su propio universo y vierte desordenadamente sus flores exóticas para quienes no comparten la otra mitad de la moneda, o con la furiosa e impaciente rebelión del Rimbaud de Charleville, de quien se acerca prodigiosamente el Herrera y Reissig de «Conceptos de crítica» (1899). La misma rebelión, el mismo sueño de libertad:

El arte, siguiendo esta ley fatal, ha sido en todo tiempo la expresión del estado social, la epidermis que revela el estado de adolescencia o decrepitud de los pueblos: en el charco: inmoralidad; en el convento: estagnación; en el hacha revolucionaria: incendio; en el renacimiento: ascensión; en las decadencias: orgía. ¡Fantasma multiforme de las civilizaciones: mito grosero o talismán sublime, prostituta vulgar o apóstol divino, verdugo o sabio, reptil o águila!



Samain y Rimbaud: el dilecto conocido y el ignoto hermano. La serenidad y el desorden. Pero la misma artesanía sagrada y profética de la palabra que, como dice Max-Pol Fouchet de Rimbaud y de Mallarmé, intentan pasar del fenómeno a la substancia, de lo episódico a lo eterno. Y lo eterno es la temática fundamental del arte poética de Herrera y Reissig, enamorado de su propia muerte. Amada que él intenta compartir con quienes lo leen en amorosa experiencia.

Herrera y Reissig sueña con un arte eterno y sin fronteras, donde decadentes son tanto Góngora como Racine; donde Bossuet, Leopardi, Tennyson, Prudhomme son «Arquetipos providenciales», gotas de agua para «¡[...] labios ardientes de ese eterno peregrino que jamás se sacia!», añade. Porque en aquel Montevideo provinciano el poeta podía satisfacer sus ansias de evadirse de la mediocridad leyendo todo lo que caía en manos de él. De ahí su erudición colosal, molesta para muchos críticos que plantean la espinosa cuestión de la sinceridad en poesía, y la de los fundamentos legítimos de conceptos intelectuales, científicos, filosóficos, religiosos que barajó Herrera y Reissig. Condenado a muerte a corto plazo, hipersensible, drogadicto de pose, bromista macabro, hechizado de abismos verbales, oyente de secretas sonoridades, creador empedernido que bebió en la fuente rubendariana de «mi poesía es mía en mí», surrealista primerizo, dandy doloroso de guantes claros y elegante levita, inspirado y lúcido, a la vez que artífice sumido en torpes cuestiones materiales: ¿quién es Herrera y Reissig? ¿Qué quiere ser su poesía?
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