domingo

CONDE DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE) 101 - LOS CANTOS DE MALDOROR


CANTO CUARTO

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Como cuando dos chantres en una catedral entonan alternativamente los versículos de un salmo, la segunda siguió: “¿Entonces no quieres morir, oh hijo encantador! ¿Dime cómo has hecho (seguramente por medio de algún maleficio) para ahuyentar a los buitres? ¡A decir verdad tu armazón se ha vuelto tan escuálida! El céfiro la balancea como una linterna.” Cada una de ellas tomó un pincel y alquitranó el cuerpo del colgado… cada una de ellas tomó un látigo y levantó el brazo… Yo admiraba (era absolutamente imposible no hacerlo) con qué enérgica precisión las tiras de metal, en lugar de deslizarse por la superficie, como cuando se lucha con un negro y se realizan esfuerzos inútiles, propios de una pesadilla, para asirlo por los cabellos, penetraban gracias al alquitrán hasta la profundidad de las carnes, recorridas por surcos tan hondos  como el obstáculo de los huesos podía razonablemente permitir. Me resistí a la tentación de encontrar alguna voluptuosidad en ese espectáculo excesivamente curioso, pero menos profundamente cómico de lo que era dable esperar. Y sin embargo, pese a las excelentes decisiones tomadas de antemano, ¿cómo no reconocer la fuerza de esas mujeres, la musculatura de sus brazos? ¡Su habilidad, que consistía en acertar en las partes más sensibles, como el rostro y el bajo vientre, no será mencionada por mí, sino en caso de aspirar a la ambición de relatar la verdad total! A menos que, aplicando mis labios uno contra otro, especialmente en dirección horizontal (aunque nadie ignora que es el modo habitual de engendrar esta presión) prefiera guardar un silencio repleto de lágrimas y de misterios, cuya penosa manifestación sería impotente para ocultar, no sólo tan bien como mis palabras sino todavía mejor que ellas (pues no creo engañarme, aunque no es por cierto conveniente negar en principio, so pena de faltar a las reglas más elementales de la habilidad, las posibilidades hipotéticas de error) los resultados funestos ocasionados por el furor que desencadenan los secos metacarpos y las robustas articulaciones: aunque no se situara en el punto de vista del observador imparcial y del moralista experimentado (es casi tan importante que yo sepa que no admito, por lo menos enteramente, esa restricción más o menos engañosa), la duda, a este respecto, ya no tendría la facultad de extender sus raíces, pues yo no la creo, por el momento, entre las manos de una potencia sobrenatural, y perecería inevitablemente, no de modo repentino quizás, por la falta de una savia que llene las condiciones simultáneas de nutrición y de ausencia de sustancias tóxicas. Se da por sobreentendido -de no ser así no me leáis- que sólo pongo en escena el tímido personaje de mi opinión; lejos de mí, sin embargo, la idea de renunciar a derechos que son incontestables. Ciertamente, no es mi intento combatir la afirmación, en la que brilla un criterio de certeza, de que hay un modo más simple de entenderse; consistiría -lo traduzco solamente en pocas palabras, pero que valen más de mil- en no discutir, lo cual es más difícil de llevar a la práctica de lo que pueda creer el común de los mortales.
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