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LOS “TRUCS” DEL PERFECTO CUENTISTA Y OTROS ESCRITOS (14) - HORACIO QUIROGA


ESCRITOS DE HORACIO QUIROGA


Leopoldo Lugones (I) *

Les mystérieuses rencontres avec l’invraisemblabe, que, pour nous tirer d’affaire, nous appelons hallucinations son dans la nature. Illusions ou réalites, des visions passent; qui trouve, les voit.
Victor Hugo, Les traveilleurs de la mer

La première caractéristique du génie est done la puissance de l’imagination. Le poète créateur est proprement un voyànt, qui voit comme reel le possible, parfois même l’invraisemblable.
M. Guyau, L’art au point de vue sociologique


I

Ante todo es menester hacer una observación. Todo individuo tiene una manera de ver, de sentir y de pensar. Ya visionario, ya romántico, ya pesimista, sus cuerdas vibran por ciertos toques; su exaltación florece en determinada primavera.

Cada uno lleva en sí un homenaje a una escuela literaria; cada cual absuelve y glorifica a un escritor, siempre que este exponga o analice lo que aquel piensa, siente y ve.

Cuando nos comprenden o, mejor dicho, cuando comprendemos completamente una obra, el entusiasmo corre hacia el que ha sabido despertarle.

¿Es un genio porque se ha interiorizado en nosotros, ha escrito lo que hemos pensado porque nuestro modo se acomoda perfectamente al molde de sus expresiones?

Muchos lo han dicho: la crítica absoluta es imposible.

La idiosincrasia niega lo que no está en su cuadro; los nervios recusan toda vibración extraña; la ampliación se restringe en un solo punto de mira.

El juicio es convencional. El que llegue a sentir hondamente lo escrito y vea reflejadas en las infinitas obras sus propias impresiones, será un crítico perfecto.

Pero no puede ser.

La acusación a una escuela o un libro que no nos gusta es estéril, en primer término, ilegal en el segundo, y vanidosa en el tercero.


Leopoldo Lugones es un poeta de imaginación exaltada, cuyas metáforas van a veces más allá de lo que él quiere.

Es simbolista. Más que simbolista es modernista. Más que modernista es un genio. Su característica es la fuerza de expresión y su objeto es deslumbrar. Y lo consigue.

No se pueden leer sus versos sin levantar la voz. Tiene tal poder de sugestión que alucina en una estrofa, arrebata en una oda, y nos arrastra fácilmente a donde él quiere, a sus enormes concepciones, a sus penas, a sus gritos, a sus monstruosos ensueños.

La exageración es su forma habitual. Pero ni la busca ni la encuentra: la siente. La amplitud está en él, en su temperamento de batallador.

Sueña una falta y llega al crimen, sueña una nota y llega al himno.

A Víctor Hugo se le imputó a menudo ese rebase de la idea.

¿Es que hay lógica? El efecto no está en la palabra, está en el cerebro. La frase desborda, pero antes que la frase ha desbordado la idea. Si hay culpa está en la manera de sentir, no en la manera de expresarse.

Si suprimimos la exageración, suprimimos también ciertas circunvoluciones del cerebro.
El ritmo legendario no admite nuevas cadenas. La medianía retrocede ante las tentativas de asalto. La recta es enigma de la curva. Ambas llegan; pero una vulgarmente, y la otra, artísticamente y deslumbrando. Eso es todo.

Lo más asombroso en Lugones, como he dicho, es el poder de la expresión. En ciertas estrofas, la idea parece azotada por la palabra, hostigada, haciéndola decir lo que no quiere.
Como creador es un genio, como estilista es un coloso.

Si, a veces, el motivo de toda una estrofa queda oscuro, la palabra es deslumbrante. Eso le salva en muchas ocasiones.

Pero la claridad reacciona enseguida y surgen sus imágenes, límpidas y profundas, precisas y arrebatadoras, originales hasta la crispación.

Se ven, esta es la palabra. Pero demasiado anchamente que lastiman y martirizan por un esfuerzo de visión al cual no estamos acostumbrados. Llevan en sí un centelleo formidable, un principio tan acre que muchas de ellas obligan a ser leídas cerrando los dientes a través de los cuales rechina la idea, la palabra, la imagen.

Al oír sus maravillosos cantos, no se dice: es inspirado, sino viene inspirado. ¿De dónde? ¿De qué Sinaí? ¿De qué Delfos?

Me lo supongo temblando ante la mesa de trabajo “vibrante como un cráneo en delirio”, mordiéndose los puños, desesperado de no encontrar la frase que exprese su idea, desgarrando el papel con la pluma, y en sueño de Broeklin ante la extensión de su frente.


Publicado en Revista del Salto, año 1, nº 11 y nº 12, 20 de noviembre de 1899 y 27 de noviembre de 1899. La lectura de Oda a la desnudez en 1896 marca los comienzos de la carrera literaria de Quiroga. Posteriormente, entabla una amistad personal con Leopoldo Lugones. En 1901, le dedica sus Arrecifes de coral y en 1903 lo acompaña como fotógrafo a una expedición de estudios a las ruinas jesuíticas de San Ignacio en Misiones. Quiroga frecuenta la casa del poeta cordobés, hecho que se testimonia en su correspondencia y en el cuento “Los perseguidos”, de 1905. Para esta época, y por recomendación de Lugones, Quiroga consigue un cargo de profesor en la Escuela Normal de Buenos Aires, donde conoce a Ana María Cires, su primera esposa. En su artículo “El caso Lugones-Herrera y Reissig” de 1925 (incluido en esta selección) Quiroga toma partido incondicional por Lugones. Con el tiempo, la relación se enfría y la admiración inicial es sustituida por el respeto.
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