jueves

CONDE DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE) 99 - LOS CANTOS DE MALDOROR


CANTO CUARTO

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Y quizás ese simple ideal, concebido por mi imaginación, llegue sin embargo a sobrepasar todo lo que la poesía ha encontrado hasta el presente de más grandioso y sagrado. Pues al dejar traslucirse el vicio en estas páginas, se creerá más en las virtudes que yo hago resplandecer, y cuya aureola colocaré tan alto que los mayores genios del porvenir me testimoniarán un sincero reconocimiento. De tal modo, la hipocresía será expulsada sin más trámites de mi morada. Darán mis cantos una imponente prueba de poderío, al despreciar así las expresiones consagradas. Él canta sólo para sí mismo, y no para sus semejantes. Él no coloca la medida de su inspiración en la balanza humana. Libre como la tempestad, le ha ocurrido encallar, un día, en las playas indómitas de su terrible voluntad. No teme a nadie salvo a sí mismo. En sus combates sobrenaturales, atacará con ventaja al hombre y al Creador, como cuando el pez espada hunde su arma en el vientre de la ballena: ¡maldito sea, por sus hijos y por mi mano descarnada, aquel que persiste en no comprender los canguros implacables de la risa y los piojos audaces de la caricatura!... Dos torres enormes se distinguían en el valle; ya lo dije al comienzo. Multiplicándolas por dos el producto daba cuatro… pero yo no advertía claramente la necesidad de esa operación aritmética. Proseguí mi camino con la fiebre en el rostro, y exclamando continuamente: “No… no… no me doy cuenta clara de la necesidad de una operación aritmética!” Había oído un rechinar de cadenas y dolorosos lamentos. ¡Ojalá nadie encuentre posible, cuando pase por ese lugar, multiplicar las torres por dos para que el producto sea cuatro! Hay quienes suponen que amo a la humanidad como si yo fuera su propia madre, y la hubiera llevado nueve meses en mi perfumado vientre; ¡por esta razón no pasaré más por el valle donde se elevan las dos unidades del multiplicando!
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