domingo

LECCIONES DE VIDA (33) - ELISABETH KÜBLER-ROSS Y DAVID KESSLER


4 / LA LECCIÓN DE LA PÉRDIDA (2)

EKR (1)

Cuando pensamos en la pérdida en general, pensamos en grandes pérdidas como la de un ser amado, la vida, la casa o el dinero. En las lecciones de pérdida, no obstante, descubrimos que en ocasiones las cosas pequeñas de la vida se convierten en las más grandes. Ahora que mi vida está confinada a una cama de hospital en el salón de mi casa y a una silla colocada a su lado, me siento agradecida por no haber perdido algunas de las cosas que casi todos damos por seguras. Con la ayuda de una silla retrete, al menos puedo hacer mis necesidades yo sola. No poder ir al baño o bañarme yo sola constituye para mí una terrible pérdida. En la actualidad me siento muy agradecida de poder seguir haciendo estas cosas por mí misma.

La pérdida de nuestros seres queridos debidas a la muerte es sin duda una de las experiencias más desgarradoras que podemos vivir. Sin embargo, algunas personas que han perdido a alguien por un divorcio o una separación dicen, con todos los respetos, que la muerte no es la pérdida máxima. Según ellos, la separación de aquellos a quienes amamos por una razón distinta a la muerte, es una de las separaciones más difíciles. Saber que la otra persona sigue con vida y no poder compartirla con ella causa mucho más dolor y hace que la decisión de continuar sea mucho más difícil que en el caso de la separación permanente debida a la muerte. Al fin y al cabo, encontramos nuevas maneras de compartir la existencia de aquellos que han fallecido puesto que viven en nuestro corazón y en nuestra memoria.

De los moribundos hemos aprendido cosas interesantes sobre la pérdida, y los que han estado clínicamente muertos pero han regresado a la vida nos han enseñado lecciones claras y comunes a todos ellos. La primera es que ya no tienen miedo a la muerte. La segunda, que ahora saben que la muerte sólo consiste en despojarse del cuerpo físico, igual que nos deshacemos de un traje cuando ya no lo necesitamos. La tercera, que recuerdan haber experimentado, al morir, un sentimiento profundo de plenitud y de unión con todo y con todos y ningún sentimiento de pérdida. Por último, dicen que no estaban solos, que siempre había alguien con ellos.
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