domingo

LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH (33) - ESTHER MEYNEL


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DE CÓMO SEBASTIÁN, AL LLEGAR A LEIPZIG, PASÓ CON SU NOVIA-ESPOSA EN BRAZOS EL UMBRAL DE LA CASA DEL CANTOR: DE CÓMO LLEGÓ A SER EL MAESTRO DEL ÓRGANO Y EL CÉLEBRE BACH: DE CÓMO COMPUSO LAS CANTATAS Y LOS MOTETES: DE CÓMO, A PESAR DE SER CRUELMENTE MARTIRIZADO EN LA ESCUELA DE CANTO, LABORÓ INFATIGABLEMENTE EN LA PAZ DE SU HOGAR

Es siempre una cosa extraña el trasladarse a otro lugar y cobijarse bajo un nuevo techo. ¡Cómo preocupa lo que deparará el destino entre las nuevas paredes! A partir de entonces, la casa del Cantor de Leipzig guardaba para nosotros la vida y la muerte: el nacimiento de muchos hijos, la muerte de algunos y, por último, la de Sebastián, que dejó el mundo vacío y triste para nosotros.

Cuando llegamos a Leipzig en la última semana de mayo de 1723, con todos nuestros bienes y nuestra joven familia, al detenernos ante la casa del Cantor, saltó Sebastián del coche y quiso pasar conmigo en brazos el umbral, siguiendo la vieja moda alemana:

-¡Si bien se mira, no eres más que mi novia! -me dijo dándome un beso al pasar por la puerta.

Y detrás de nosotros estaba su hermosa hija Dorotea llevando en brazos a mi pequeña Cristina. Sebastián sorprendió mi mirada a la nena.

-¡Bah! -exclamó con su sonrisa bondadosa-. ¡Seguirías siendo mi novia aunque tuvieses veinte hijos!

Y doy gracias a Dios porque en los treinta años que duró nuestro matrimonio no sólo fue un buen marido, sino también un amante cariñoso. No parecía advertir que yo envejecía, que mis mejillas iban teniendo arrugas y que me salían hebras de plata en los cabellos. Únicamente, una vez me dijo:

-Tu cabello rubio fue para mí, muchos años, un rayo de sol; ahora con sus hebras de plata, será mi rayo de luna. Es una luz más preferible para la clase de enamorados que nosotros somos.

Por tanto, no es de extrañar que le quisiese cada vez con más ardor y que recogiese en mi corazón cada una de sus palabras y de sus miradas, como un tesoro que crecía sin cesar. Como Gaspar me lo hacía notar, no he olvidado casi nada de lo referente a Sebastián. Con frecuencia, las cosas más pequeñas son las que más claramente quedan grabadas en la memoria de una mujer enamorada, y a eso se debe atribuir que mi último pensamiento respecto a él no sea el del día de nuestra boda o el del nacimiento de nuestro primer hijo, sino el momento en que tocó una fuga sin dejar de abrazarme, o el beso que me dio al pasar el umbral de la casa del Cantor de Leipzig.

Esta casa formaba parte de la Escuela de Santo Tomás, construida a uno de sus lados, y tenía dos pisos. Era muy bonita y cómoda, pero, al cabo de ocho años, en los que nuestra familia había crecido de una manera considerable, se vio que era demasiado pequeña, y tuvimos que trasladarnos provisionalmente a la casa del molino, mientras a la nuestra le añadían un piso. Esa ampliación, además de unos cuantos dormitorios más, nos deparó un gran salón de música, muy alegre, desde el que un gran pasillo conducía a la gran sala de clases de la escuela de Santo Tomás, y esta disposición era para Sebastián muy cómoda y agradable.
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