domingo

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (25)


V (2)

Y, dispuesto a la demostración, de pie entre los dos animales, pidió cancha para sus pupilos.

Levantó el saco en alto, en además de dar la orden de partida y, lanzando un ronco ¡Aura!, bajó el brazo, golpeando en el suelo. Y la pareja de gatos rompió, asustada, en feroz carrera, ante la amenaza de un castigo. Huyeron bajo la tendida cuerda sin apartarse de ella, hasta dar con sus cuerpos en la otra estaca. Chocaron en el extremo de la cuerda y se tumbaron. El rabón llegó primero e inmediatamente revoleó por el aire la cola el otro animal. Como dos briosos caballos, al finalizar la carrera, los gatos daban saltos, amarrados a la estacas.

Una descomunal gritería saludó el triunfo. Era una realidad la carrera de gatos.

El comentario cerró más el círculo de curiosos. Matacabayo se entusiasmó:

-¡Lindo, canejo, lindo! -exclamaba, fuera de sí.

Dos o tres paisanos, alejados del grupo, cuchillo en mano, preparaban estacas. Se buscó cuerda en la pulpería y estaban dispuestos a acollarar a los gatos que habían traído los chicos.

Al poco rato había tres felinos más, prontos para participar en las carreras.

Matacabayo levantó apuestas y aparecieron contrincantes y jugadores.

Caía la tarde del domingo.

Cayeron silenciosos Chiquiño y Leopoldina, primero. Después Rosa y Clorinda.

Se fue haciendo el crepúsculo. Terminadas las carreras de caballos, se acercaron los jinetes a ver lo que acontecía en aquella rueda.

Apenas se veían los objetos en las medias tintas del ocaso. No obstante, se repetían las apuestas y saltaban los gatos envueltos en una nubecilla de polvo dorada por las luces últimas del crepúsculo. Y las cabezas gachas, los cuerpos inclinados y los gritos de los jugadores entraron en la noche, cerrándose la fiesta con maullidos de gatos.

En la pulpería -que ya se sabía de la expulsión del pueblo vecino de las vendedoras de quitanda- se comentaba el hecho y se dijo que el negro formaba parte del circo.

Matacabayo invitó a Paujuán a seguir andando en su carro, con las chinas carperas.

Si Matacabayo y Secundina conquistaban al negro, perdían, por otro lado, a Clorinda. La amazona no podía resistir la atracción de don Pedro. Aprovechó el regreso de la gente de Tacuaras, y en una volanta, sin despedirse, regresó en su busca.

La noche en el carretón fue triste. Rosa, Petronila y Secundina no recibieron visitas. Matacabayo, en la pulpería, fue empinando el codo -uno tras otro vaso de caña hasta caer borracho.

Chiquiño y Leopoldina habían desaparecido en uno de los caballos del carro. Se los había visto camino al rancherío de Cadenas.

En la borrachera oyó Matacabayo insultos, vejámenes y toda clase de humillaciones.

-¡Andá con tus quitanderas! ¡Aprendé, viejo sonso, a domar mujeres! ¡Para nada te sirve haber mandado tantos matungos al otro mundo!

Las primeras quitanderas sufrían el primer fracas
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