viernes

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (24)


VI (1)

“El Paso de Mataperros”, bordeado por un boscaje seco, pleno de resaca. Los árboles, de un color pardusco, mostraban ramas tronchadas, hojarasca en las copas, plumas, esqueletos de pescado, trapos y hasta alguna viruta de latón enredada entre el ramaje. Hacía apenas unos quince días que el arroyo se había salido de su cauce, arrastrando cuanta basura hallara por las riberas.

Desde lejos se veía el cambio de color de los árboles. Tan sólo los más altos enseñaban un verde viejo marcando el nivel de las aguas.

La entrada del paso, aunque se marchase a caballo, se mostraba dificultosa. Había que ir apartando ramas secas, plagadas de resaca que parecían nidos metidos en las horquetas.

Abajo, en el cauce, corría un hilo de agua. A simple vista nadie podía creer en unas crecidas capaces de arrasar con los montes.

Entre la mañana, Chiquiño en cuclillas, y tirada en el suelo Leopoldina, se hallaban desde hacía más de dos horas. La mujer no podía continuar el viaje. Se quejaba de un agudo dolor en la cintura. Tirada en un barranco, ante la pasividad del hombre que la había sacado campo afuera.

Chiquiño se sentía en su medio natural. El campo abierto le parecía suyo, como cualquier otro siente la sensación de la propiedad, en un cuarto de tres por cuatro. El mundo, el campo que tenía por delante, era suyo, con sus montes, sus cerrilladas, sus arroyos y sus cuchillas. Suyo, par andar con aquella china que había ganado bajo un carretón, una noche, en plena soledad. Se la había ganado a su padre, a la Secundina, a los del circo, a la noche y a todos los que se la quisieron escamotear. Era cosa suya, la primera cosa conquistada.

Rodaron por los callejones. Hizo dos o tres jornadas provechosas, en las esquilas, mientras Leopoldina lo aguardaba en un zanjón cualquiera, lavando su ropa para no aburrirse.

Con aquellas changas, pudo seguir adelante, guareciéndose en los montes si llovía, pidiendo posada en las estancias, donde generosamente engañaban su hambre con algunos mates lavados.

Cualquier cosa, hasta robar, cuerear ajeno, antes que volver atrás, regresar a Tacuaras o “La lechuza”. Y menos aun por un dolor que a él no le dolía.

En “el paso de Mataperros”, acampados, vieron venir la carreta. Andaba lentamente, tirada por dos yuntas de bueyes, bajo un vuelo violento de teros anunciadores. Cuando cayó al paso, reconoció al caballo de su padre. Tocando los bueyes, venía Matacabayo, paso a paso. Oyó su voz cavernosa:

-¡Lunarejo!... ¡Negro!... ¡Güey, juerza güey!

Tirados en el zanjón, no se movieron. A Chiquiño le latía el corazón y sintió desmayársele las fuerzas.

-Es tata, siguro que es tata! -díjole a la muchacha-. ¡P’ande irá!...

Cayó “al paso” la carreta, dando tumbos en las piedras, haciendo sonar su techo de cinc, desvencijado, crujiendo las ruedas y rechinando los ejes. El cencerro de los bueyes se apagaba a veces, para oírse la voz de Matacabayo:

-¡Lunarejo! ¡Güey!... ¡Tire, canejo! ¡Negro, Negro, derecho, derecho!

Salvadas las piedras, cayó la carreta en el pedregullo de la costa.

Matacabayo detuvo la marcha, y los bueyes, en el agua miraban pasar las ondas, tal vez sedientos, agitando las colas, con las cabezas tiesas, rígidas, inmóviles. Sólo la cola daba la impresión de que vivían, de que eran algo sensible en el conjunto.

Chiquiño espiaba todos los movimientos. Vio bajar a Secundina y esconderse tras unas matas. Vio apearse a su padre y abrir las piernas, mirando para abajo, muy junto al encuentro de su caballo. La picana vertical al suelo y la inclinada cabeza de su padre le dieron ganas de correr hacia el autor de sus días. Estaba viejo, parecía cansado. Ya habían llegado a los oídos del hijo las noches de borrachera de Matacabayo.

Conocedor de ciertas amenazas que Matacabayo había proferido en contra “de ese gurí desalmao”, Chiquiño no tuvo coraje de acercársele. Aunque su padre tal vez supiese un remedio para curar a Leopoldina, prefirió evitarlo. Tenía pensado dirigirse al rancho del curandero Ita, un indio ayuntado a una negra milagrera y “dotora en yuyos”.

Observaba con miedo los movimientos de su padre.

Y no tuvo valor. Dejó que la carreta siguiese su marcha, con Secundina y otras mujeres que se asomaban al caer al arroyo. Dejó pasar la carreta, último negocio de su padre, cuyas fuerzas perdidas parecía haberlas recogido Secundina, para dominarlo definitivamente. La vio repechar con sus bueyes pachorros, la cuesta empinada, y oyó los gritos de Matacabayo, entre el crujir del techo y el rechinar de los ejes.

Por entre el ramaje se fueron perdiendo de vista, poco a poco, el callejón encrespado de cardales y el horizonte mezquino. Un vuelo de teros zigzagueaba bajo, casi rozando el arqueado techo de cinc.

Cuando su compañera dejó de quejarse, era casi entrada la noche. Cargó con ella, la puso sobre el lomo de un bayo bichoco que había comprado a un borracho de “La lechuza” y rumbeó en dirección al rancho del indio.
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