domingo

LOS RECOVECOS DE MANUEL MIGUEL (27) - Desbocada reinvención de la vida de Manuel Espínola Gómez



Hugo Giovanetti Viola

Primera edición: Caracol al Galope, 1999.
Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes, 2016.



SÉPTIMA PUERTA: HOMBRE AL SESGO (2)

El Papalote estaba sentado sobre un tronco que cacheteaba como si fuera un bongó. La primera premura del atardecer casi doraba su pantalón su guayabera y su panamá impolutos, aunque los dientes y las córneas de sus ojos de tigre parecían pura espuma. Y lo escuché cantar, con melodiosidad quemante:

-Descube tu presencia, / y máteme tu vista y hermosura. / Mira que la dolencia / de amor, que no se cura / sino con la presencia y la figura.

Un perrazo medio tuerto y de pelaje arenoso aullaba rítmicamente echado junto a las plantas lilas de sus pies. Y a los pies del perrazo y en la oreja derecha del negro resplandecían dos rosas color sangre.


Cruzo la calle de tierra para juntarme con Manolo y Tomatito, que están agazapados junto al rancho de las Pito de Oro. Nos saludamos sólo con sonrisas y alzamientos de cejas. Manolo anda con un block en la mano y Tomatito acompaña al Papalote utilizando el frasco de vineta como si fuera un sikus. Los vecinos se siguen amontonando alrededor del negro y observan de reojo la prolija cortina azul cobalto que bloquea el portal del rancho.


Hasta que el negro aulló:

-No quieras despreciarme; / que, si color moreno en mía hallaste, / ya bien puedes mirarme / después que me miraste / que gracia y hermosura en mí dejaste.

Y entonces un asombroso rostro de mujer retrocediendo a su cráneo adolescente más perfecto y feliz emergió por la cortina como diciendo: “Gracias, Con esto alcanza y sobra”. Y desapareció.

-Gocémonos, Amado -se envalentonó el Papalote: -Y vámonos a ver en tu hermosura / al monte y al collado, / do mana el agua pura; / entremos más adentro en la espesura.


Y después de un redoble de bongó-tronco y un estertor del perro remató con tersura jaramillesca:

-Allí me mostrarías / aquello que mi alma pretendía, / y luego me darías / allí tú, vida mía, / aquello que me diste el otro día.


Y hay un silencio que parece inmovilizar la polvareda de sol anaranjado.

-Che, estos sí que son poetas -murmura Manolito en la oreja del pecoso. -Y no los que vienen de Punta Gorda.

Tenemos que aguantar la risa dándonos vuelta con la boca tapada, y de repente vemos aparecer a una de las Pito de Oro cargando un palanganón: es rubia linda joven culona de ojos celestes y mandíbula inferior devoradora.


-¿ASÍ QUE A-MA-DO, EH? -gritó después de atravesar la zanja del desagüe. -ESTO ES PA QUE SE TE REFRESQUE EL AFRECHO Y TE DEJES DE JODER A LA GENTE DE BIEN!!!! YO NO USO CONSOLADOR. ¿ENTENDISTE, SOTRETA?

Y zarandeó el palanganón y un arco iris espumoso se estrelló sobre el cantor y su escudero tuerto.

-QUIETO, LOBO -jadeó el Papalote.

El perrazo volvió a sentarse, aunque sin ocultar los dientes color fuego.

-DALE: CANTÁ, SOTRETA. ANIMATE A SEGUIR AMOLANDO, SI SOS HOMBRE!!!! -insistió la mujer envarando la frigidez grasosa que el mundo amontonó sobre su cráneo en flor.

-Oh cristalina fuente -recitó el papalote, sin secarse su perfil caballuno. -Si en esos tus semblantes plateados / formases de repente / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibujados!

-Atención atrás -murmuró Tomatito.

Y cuando miramos hacia el rancho descubrimos la filosa tristeza de una chiquilina de nuestra edad asomando por el cortinado.

-APÁRTALOS, AMADO / QUE VOY DE VUELO  -gritó el papalote en ese momento, y la sonrisa que se formó en el rostro de la infanta me hizo pensar en los pedidos que la gente garabatea en la catacumba del señor de la Paciencia.


Entonces Manolo saca un lápiz del bolsillo y se pone a grafitarla con cara de buzo alucinado, mientras la Pito de Oro empina el culo hacia el negro y le dedica un pedo que hace llorar de risa al vecindario.
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