domingo

LA TIERRA PURPÚREA (94) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXIII /  LA BANDERA COLORADA DE LA VICTORIA (2)

Después de este lúgubre brindis, nadie en la mesa dijo otra palabra. Comimos la carne asada y el puchero que se nos había servido en medio del más opresivo silencio; pues no me atrevía a hacer ni la más simple observación, por temor de suscitar en mi volcánico hospedador otro arrebato de locura. Cuando acabamos de comer, Demetria se levantó de la mesa y le pasó un cigarrillo a su padre. Esta era la señal de que había terminado la cena; inmediatamente después, salió ella de la pieza seguida de dos sirvientes. Don Hilario, muy cortésmente, me ofreció un cigarrillo, encendiendo él otro. Fumamos en silencio durante algunos minutos, hasta que, poco a poco, el anciano fue quedándose dormido en su silla, después de lo cual nos levantamos de la mesa y volvimos a la cocina. Aun aquel sombrío recinto parecía ahora alegre, después del silencio y la lobreguez del comedor. Luego, don Hilario se puso de pie, y, pidiendo mil excusas por tener que irse -habiendo sido invitado, según me explicó, a un baile en una estancia vecina-, se marchó. Al poco rato, aunque sólo eran las nueve, me condujeron a una pieza donde se me había preparado una cama. Era un cuarto grande, oliendo a rancio y casi vacío; ostentaba como único moblaje una cama y unas pocas sillas de alto espaldar, forradas en cuero y negras de viejas. Tenía un piso enladrillado, y el techo estaba cubierto con un polvoriento dosel de telaraña, sobre el cual medraba una colonia de arañas de patas largas. Yo no estaba con ganas de dormir a esa temprana hora, y aun envidiaba a don Hilario divirtiéndose allá con las beldades de Rocha. Mi puerta, que miraba al frente, estaba de par en par abierta; la luna llena acababa de salir, difundiendo en la oscuridad de la noche su místico esplendor. Apagando la vela, pues la casa estaba ya toda a oscuras y en silencio, salí de puntillas a dar una vuelta. Encontré, no muy lejos, bajo un grupo de árboles, un viejo y rústico banco, y allí me senté, pues el lugar estaba tan poblado de maleza y sus ramas enredadas unas con otras, que el andar era sumamente desagradable y casi imposible.

La vieja y desmantelada casa de estancia, en medio de aquella lóbrega soledad, empezó a tomar, a la luz de la luna, un aspecto singularmente fantástico y sobrenatural. A un lado, cerca de mí, había una hilera irregular de álamos, y las largas y oscuras siluetas que estos proyectaban, caían sobre un extenso campo raso poblado del feraz estramonio. En los espacios entre las anchas fajas producidas por las sombras de los álamos, el follaje parecía de un tinte azul blanquecino, estrellado por las blancas flores de esa planta de floración nocturna. Sobre ella se cernían varias grandes polillas grises, que salían repentinamente de entre las negras sombras, y luego desaparecían otra vez de un modo misterioso, silenciosas como espectros. Ni el más leve ruido interrumpía aquel silencio salvo el melancólico y feble chirrido de un pequeño grillo de cantar nocturno, que por allí cerca se cobijaba -una voz débil y etérea que parecía vagar perdida en el infinito espacio, elevándose y cerniéndose en su soledad, mientras que la tierra escuchaba, sumida en un silencio preternatural. De pronto un gran lechuzón llegó volando silenciosamente, y posándose en las más altas ramas de un árbol vecino, prorrumpió en una serie de monótonos gritos que semejaban el ladrar de un sabueso a gran distancia. Al poco rato reclamó otro lechuzón, a lo lejos, y durante una media hora se mantuvo el melancólico dúo. Cada vez que uno de ellos suspendía su solemne bu-bu-bu-bu-bu, me hallaba conteniendo el aliento y forzando el oído para coger las notas de respuesta, sin siquiera atreverme a mover por temor de perderlas. Un fosforecente resplandor cerca de mí, casi rozándome la cara; fue tan repentina su aparición que me sobrecogí sobremanera; entonces se alejó, arrastrando sobre la fosca maleza una empañada raya de luz. El tuco sirvió para recordarme que no estaba fumando, y se me ocurrió que tal vez un cigarro podría ahuyentar la extraña y vaga depresión que se había apoderado de mí. Metí la mano en el bolsillo, saqué un cigarro y mordí la punta; pero en el momento preciso en que iba a encender un mixto sobre la fosforera, me estremecí y dejé caer la mano.

La sola idea de raspar un mixto, y del estallido resultante me era insoportable; era tal el curioso estado de nervios en que me hallaba. O probablemente era un humor supersticioso en el que había caído. Me pareció en ese momento como si de alguna manera hubiese penetrado en una región misteriosa, poblada sólo de seres fantásticos y de ultratumba. Aun las personas con las que había cenado no me parecían ser criaturas de carne y hueso. El pequeño rostro moreno de don Hilario, con sus miradas de soslayo y sonrisa mefistofélica; la cara de Demetria pálida y triste, y los ojos hundidos y dementes de su viejo padre, todos parecían rodearme en la luz de la luna y entre la enmarañada verdura. No me atrevía a moverme: apenas respiraba; la maleza misma, con sus hojas pálidas y obscuras, parecía tener una vida animística. Y mientras me hallaba en este mórbido estado de ánimo, con aquel pavor irracional que iba aumentando de momento en momento, vi, a unos treinta pasos, un objeto oscuro, que parecía moverse, tambaleando en mi dirección. Lo miré atentamente, pero ya no se movía y semejaba un nebuloso bulto negro en la sombra de los árboles. De pronto, se adelantó otra vez hacia mí, y saliendo a la luz de luna, apareció una figura. Atravesó rápidamente el claro iluminado y se perdió de vista en la sombra de otros árboles; mas la figura, cimbrándose y con movimientos ondulatorios, ora avanzando, ora retrocediendo, siempre se iba acercando más y más. Se me heló la sangre en las venas: sentí erizárseme el cabello, hasta que por fin, no pudiendo soportar más la terrible incertidumbre, de un salto me puse de pie. La figura dio un grito es espanto, y entonces vi que era Demetria. Balbucí mis excusas por haberla asustado saltando de esa manera, y viendo ella que la había reconocido, se aproximó.
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