domingo

LA TIERRA PURPÚREA (93) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXIII /  LA BANDERA COLORADA DE LA VICTORIA (1)

En seguida, doña Demetria me condujo a la cocina en el fondo de la casa. Era una de aquellas antiguas y espaciosas cocinas que todavía se hallaban en algunas casas de estancia construidas en el tiempo colonial, en que el fogón, elevado como a un medio metro sobre el nivel del suelo, se extendía a todo lo ancho de la pieza. Era grande y escasamente alumbrada, con las paredes y vigas ennegrecidas por el humo de un siglo, y muy festoneada con hollinientas telas de araña; un gran fuego ardía alegremente en el fogón, y delante de él, de pie, estaba una mujer alta ocupada en aderezar la cena y cebando mate. Esta era la Ramona, una antigua mucama de la estancia. Allí también estaba sentado mi amigo de los enmarañados cabellos, los que, al parecer, había logrado desenredar, pero ahora colgaban sobre sus hombros bien lisos y largos como los de una mujer. Había, además, otra persona sentada al lado del fogón, cuya edad pudiera haber sido cualquiera entre los veinticinco y cuarenta y cinco años, pues había, me parece, mezcla de sangre charrúa en sus venas; era una de esas caras lisas, secas y morenas que varían poco con el tiempo. Era de estatura menos de regular, enjuto de cuerpo, con bigotes de negro azabache y sin patilla. Parecía ser una persona de cierta importancia en la casa, y cuando mi ductriz me la presentó como don Hilario, se puso de pie y me recibió con un profundo saludo. A pesar de su excesiva cortesía, le tuve recelo desde el momento en que le vi; y esto fue porque sus pequeños y alertas ojos me lanzaban, de continuo, furtivas miradas que desviaba precipitadamente, en seguida que yo lo miraba, pues parecía completamente incapaz de resistir la mirada de otro. Tomamos mate y conversamos un poco, pero no hicimos un grupo muy animado. Doña Demetria, aunque se sentó con nosotros, apenas contribuyó con una palabra a la conversación; mientras el melenudo, que se llamaba Santos, y el único peón de la estancia, fumaba un cigarrillo y tomaba mate en profundo silencio.

Por último, la vieja Ramona puso la cena en las fuentes y salió con ella de la cocina; la seguimos al comedor, y nos sentamos a una pequeña mesa, pues esta gente, aunque, al parecer, en la miseria, en sus comidas respetaba el decoro de su abolengo. A la cabecera, estaba sentado el feroz anciano de blancas canas, observándonos fijamente con sus ojos hundidos, mientras entrábamos en el comedor. Medio levantándose, me señaló que tomara asiento a su lado; entonces, dirigiéndose a don Hilario, sentado enfrente de él, le dijo: -Este es mi hijo Calixto, que acaba de llegar de la guerra, en la que, como usted sabe, se ha distinguido señaladamente.

Don Hilario se levantó y me saludó con gravedad. Demetria tomó el otro extremo de la mesa, mientras que Santos y Ramona ocupaban los otros dos asientos.

Fue un gran alivio hallar que había cambiado la disposición del anciano; no tuvo más arrebatos de locura como el que había presenciado aquella tarde; pero a veces fijaba en mí su singular y abrasadora mirada, de un modo que me ponía excesivamente intranquilo. Empezamos con la sopa, que todos tomamos en silencio; y mientras comíamos, las rápidas miradas de don Hilario se dirigían sin cesar de una cara a otra. Demetria, pálida y evidentemente muy inquieta, mantuvo la vista clavada en su plato todo el tiempo.

-¿Qué no hay vino esta noche, Ramona? -preguntó el anciano quejosamente cuando la vieja se levantó para llevarse los platos soperos.

-El patrón no me ha dado órdenes que ponga vino en la mesa -repuso ella ásperamente, recalcando la detestable palabra.

-¿Cómo es esto, don Hilario? -preguntó el anciano, volviéndose a su vecino-. Mi hijo acaba de llegar después de una larga ausencia, ¿es posible que no vayamos a tener vino en una ocasión como esta?

Don Hilario sacó una llave del bolsillo, con una leve sonrisa en los labios, y se la entregó en silencio a Ramona. Esta se levantó de la mesa rezongando, y yendo al aparador y abriéndolo, sacó una botella de vino. Entonces, pasando alrededor de la mesa, nos escanció media copa de vino a cada uno, menos a sí misma y a Santos, que a juzgar por su impasible fisonomía, no lo esperaba.

-¡No! ¡no! -dijo el viejo Peralta-, dale vino a Santos, y tú, Ramona, sírvete también una copa. Ustedes dos me han sido buenos y fieles amigos y también cuidaron a Calixto cuando era chico. Es justo que ustedes beban a su salud y celebren con nosotros su llegada.

La Ramona obedeció de buena gana, y la cara torpe del viejo Santos casi se deshizo en una sonrisa cuando recibió una porción del purpúreo fluido que alegra el corazón del hombre.

Luego, el viejo Peralta alzó su copa, y fijando sus feroces y dementes ojos en los míos, dijo: -¡Calixto, beberemos a tu salud, hijo!, ¡y que el Todopoderoso maldiga a nuestros enemigos; que sus cuerpos queden donde caigan, hasta que los caranchos se hayan hartado comiendo su carne y sus osamentas hayan sido pisoteadas por el ganado y hechas polvo; y que sus almas sean atormentadas en el fuego eterno del infierno!

Todos levantamos nuestras copas en silencio; pero cuando se volvieron a colocar sobre la mesa, las puntas de los bigotes de don Hilario apuntaban para arriba, como por una sonrisa, mientras que Santos se chupaba los labios para mostrar su placer.
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