domingo

LA TIERRA PURPÚREA (92) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXII /  UNA CORONA DE ORTIGAS (4)

Luego, el anciano se animó otra vez y empezó a hablar ávidamente, haciéndome mil desatinadas preguntas, a las cuales tuve que contestar, siempre tratando de mantener el papel de su hijo, por tanto tiempo perdido, que acababa de llegar, laureado, de la guerra.

-¡Dime, hijo! ¿Dónde fue que venciste y derrotaste al enemigo? -exclamó, alzando la voz casi a un grito-. ¿Dónde fue que huyó de ti como el marlo soplado por el viento? ¿Dónde lo pisoteaste con los cascos de tu caballo? ¡Nómbrame… nómbrame los lugares y las batallas, Calixto!

Me sentí muy inclinado en ese momento a levantarme y escapar de la pieza, de tal manera me estaba afectando los nervios aquella conversación; pero pensé en el rostro pálido y afligido de su hija, Demetria, y me dominé. Entonces, de puro desesperado, empecé yo mismo a hablar tan disparatadamente como él. Pensé poder hastiarlo de asuntos belicosos. -Por  todas partes -grité-, hemos derrotado, matado y desparramado a los infames Colorados a los cuatro vientos del cielo. Desde la costa hasta la frontera brasileña hemos sido victoriosos. Hemos asaltado con sable, lanza y bayoneta y tomado cada pueblo desde Tacuarembó hasta Montevideo. Todos los ríos y arroyos desde el Yaguarón hasta el Uruguay, han corrido purpúreos con la sangre de los Colorados.

Los hemos acostado en los montes y en las sierras; han huido de nosotros como animales salvajes; los hemos hecho prisioneros a millares para luego degollarlos, crucificarlos, dispararlos de los cañones y hacerlos descuartizar por baguales.

Sólo estaba vertiendo aceite sobre las llamas de su locura.

-¡Ajá! -gritó, sus ojos lanzando chispas mientras que sus manos flacuchentas como garras, se aferraban ferozmente a mi brazo-. ¿No lo sabía yo? ¿No lo he dicho? ¿No me batí durante cien años, vadeando en sangre todos los días y por último, mandándote a ti, para que terminaras la batalla? Y todos los días venían nuestros enemigos y me gritaban en los oídos “Victoria… victoria”. Me dijeron, Calixto, que estabas muerto… que sus armas te habían traspasado, que habían arrojado tu cuerpo a los perros cimarrones para que lo devoraran. Y yo grité de risa al oírlos. Me reí en sus barbas y les grité: “¡Preparan la garganta para la espada, traidores, asesinos y esclavos, porque un Peralta, el mismo Calixto, el comido por los perros cimarrones, viene a vengarse de ustedes! ¿Cómo? ¿No dejará Dios un fuerte brazo que hunda el cuchillo en el pecho del tirano? ¡Arranquen, bribones! ¡Mueran, miserables! ¡Calixto se ha levantado del sepulcro… ha vuelto del infierno, armado con fuego infernal para quemarles sus pueblos y dejarlos en cenizas… para extirparlos de la faz de la tierra!

Al llegar al fin de este discurso, su voz, delgada y temblorosa, se había elevado a un agudo grito, resonando por la tranquila casa, que ya empezaba a obscurecerse, como el chillido estridente y prolongado de alguna ave acuática que se oye de noche en las solitarias lagunas.

Entonces me soltó el brazo y cayó gimiendo y estremeciéndose en la silla. Se cerraron sus ojos; toda su figura temblaba, como cuando una persona de un ataque de epilepsia; luego pareció quedarse dormido. Ya estaba poniéndose bien obscuro, pues el sol se había entrado hacía un tiempo, y fue un grandísimo alivio ver, de repente, aparecerse silenciosamente en la pieza, como ánima en pena, a Doña Demetria. Me tocó el brazo y murmuró: -Venga, señor, mi papá se ha quedado dormido.

La seguí al aire libre, que jamás me había parecido más fresco; entonces, volviéndose a mí, me dijo al oído: -Acuérdese, señor, que lo que usted me ha dicho, queda un secreto entre nosotros. No le diga una palabra a nadie aquí en la casa.
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