domingo

LA CONVERSACIÓN CONSIGO MISMO DEL MARQUÉS CARACCIOLI (19)


(Fragmentos del capítulo VIII de Artigas católico, segunda edición ampliada con prólogo de Arturo Ardao, Universidad Católica, 2004)

por Pedro Gaudiano

APÉNDICE 9

La conversación consigo mismo, por el marqués Caraccioli *

“El hombre que vive fuera de sí, es un hombre que se expatria y abandona el más precioso de sus bienes a sus enemigos, desnaturaliza en fin sus buenas cualidades, por naturalizar en sí mismo las más viles pasiones.
De ningún modo podemos vivir sin conversar, cuando no con nosotros mismos, con nuestros sentidos. ¡A cuántas miserias no precipita a innumerables jóvenes la demasiada familiaridad con los sentidos! Vemos marchitos sus rostros, y en ellos los tristes surcos de una conducta enteramente desarreglada. Viven de priesa, y se fatigan en poner en manos de los discípulos de Hipócrates un cuerpo extenuado. Una juventud sonrosada y vigorosa es un fenómeno en nuestros días; ¿y qué sucede del desorden? Después de haber dado los primeros años al desarreglo, es preciso dar el resto de sus días al tormento de los achaques, y al martirio de las curaciones. El alma puesta en medio de dolores, engorros y arrepentimientos se ve combatida por todas partes, y ya no tiene lugar de volver sobre sí, y de entregarse a la reflexión. Un cuerpo lánguido y abrumado de necesidades la tiraniza entonces, y le impide pensar con libertad” (pp. 140-141).
“El alma, a un mismo tiempo, es el objeto más cercano de nosotros, y el más alejado. El más cercano, porque forma la parte más excelente de nosotros, y el más remoto, porque la perdemos enteramente de vista. Casi todos los hombres desde el primer uso de su razón, comienzan a saludar a su alma, dándose a sí mismos la enhorabuena de tener consigo una guía tan excelente y tan ilustrada, pero a pocos días se despiden de ella. Remiten para después de la muerte el conversar con ella: la encargarán que duerma profundamente durante el curso de esta vida, y en consecuencia de esto se vale de los medios más seguros para no despertarla. Entonces las pasiones ocupan el lugar de esta alma cautiva” (p. 150).
“Síganse atentamente los hombres que gozaron de una brillante reputación, y al instante veremos que el mayor número no conoció ni la superficie de ellos mismos. Las riquezas como una multitud de redes de oro encadenan a unos; las dignidades como nubarrones incienso ofuscan, y aun ciegan a otros.” (p. 151).
“Es cosa asombrosa el ver cuán industrioso es el hombre para ocultarse y perderse de vista. Casi todo lo que se inventa es un cruel obstáculo para sondear el corazón. Las urnas y los sepulcros que deberían restituir al hombre a sí mismo, y que son el fatal escollo de sus grandezas, mantienen su orgullo. Se alimenta con el frívolo privilegio de respirar en un mármol después de su muerte, y olvida el poco polvo a que prontamente será reducido, por no contemplar sino en un pedazo de bronce decorado con sus vanos títulos y aplausos” (p. 152).
“Hay entre los mortales inconsecuencias que no se pueden explicar. El hombre está lleno de amor por su propia persona, se complace en sus propias obras, y al mismo tiempo huye de sí mismo. Nuestro cuerpo que siempre había de ir detrás, este cuerpo de quien percibimos todos los días la corrupción, recibe nuestros primeros obsequios, y cautiva toda nuestra atención. Para utilidad suya trabajamos, y para su gloria sacrificamos el tiempo, y a veces nuestras costumbres. Su vestido, su alimento y su reposo, son nuestro único e importante negocio. Muy lejos de evitar su vista, como evitamos la del alma, el artificio ha inventado un medio fácil de columbrar nuestro propio cuerpo. ¡Eh, cuán de moda se ha hecho ya este medio! El niño no se descuida en contemplar la porción de materia que le rodea, y llega a viejo sin haber considerado una sola vez su alma.

Ya no debemos, pues, extrañar la aversión general con que se mira la muerte. ¿Cómo ha de pensar en la destrucción de un cuerpo que se mira como el único ser? ¿Cómo hemos de figurarnos el horror de un sepulcro en el que no tendrá nuestro cuerpo otros compañeros que tinieblas y gusanos? Sí, no hay duda, el temor es por lo común efecto de la frialdad e indiferencia con que miramos nuestra alma” (pp. 153-154).
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