domingo

FERNANDO AINSA DESDE ZARAGOZA


LA ESPUMA DE LA SANGRE QUE SUBE DESDE EL SUR

(Prólogo a la edición francesa de Sangre en el sur de Saúl Ibargoyen)


En un estremecedor vaivén de la memoria el narrador de Sangre en el Sur cuenta, ante un grabador de un anónimo entrevistador, su vida como militante político perseguido, detenido y torturado durante la dictadura que asoló el Uruguay entre 1973 y 1984. El “escuchante” —¿un observador internacional, un representante de una ONG humanitaria, un periodista,  “un tipo con pinta de yupie de las letras” o “una especie de señorito que no quiere mancharse con lo que está ayudando precisamente a salir del fondo mugroso de nuestras transitorias existencias”, como se  insinúa?— recoge pasivamente el testimonio, interrumpido de vez en cuando para “tomar un cafecito”, fumarse un cigarrillo o simplemente hacer una pausa, obligado descanso en el esfuerzo de rememorar en desorden el pasado.

Se supone que el entrevistador hace preguntas que no se registran a lo largo de las 148 páginas del relato, dejando el solo protagonismo al monologante, cuya voz entrecortada se impone con expresiones fronterizas del portuñol hablado en el norte del país en la zona limítrofe con Brasil, y las adquiridas en el exilio en México desde donde narra su patética epopeya personal. El resultado en un magnífico ejercicio de estilo, “mescolanza de fronteras” que es “como lío de faldas: a saber lo que hay abajo…”. Gracias a ello, sus desgracias y el testimonio se trasciende en una indiscutida obra literaria.

Porque Sangre en el Sur hace de ese rememorar personalizado, del recuerdo de una historia reciente del Uruguay y sus más atroces episodios de ignominia algo más que un panfleto, una denuncia del fascismo rampante, un vociferar compartido del dolor y el sufrimiento, para ofrecernos una obra tensa y dolorosa sobre los años de “plomo” que se abatieron sobre la Banda Oriental. Un testimonio que tiene mucho del “derecho a enfurecerse” que reivindicaba José Bergamín como una virtud del “panfleto” y la diatriba para combatir la cobardía espiritual de los “tontos trágicos”. Sangre en el Sur invita con un “garabatudo retorcimiento imaginativo” al intransigente rechazo de la dictadura y sus abusivos procederes. En la mejor tradición del “pensamiento de barricadas” que fundaron Diderot, Voltaire y Rousseau, Saúl Ibargoyen sabe que “el que no tiene pasión no tiene razón, aunque pueda tener razones”.

La suya es arma de lucha, tal vez “discurso de barricadas” según reconoce, apenas apaciguado por el paso del tiempo, pero incapaz de olvidar. Su rememorar es un deber que le impone la historia y la lengua en que se expresa sin concesiones. En este testimonio no hay piedad, ni atisbo de perdón, no hay condescendencia, ni puede haberla. Hay enfrentamiento con el destino que le tocó vivir, un legítimo ponerse “fuera de sí”, para saldar cuentas con el pasado. “Lo que hago ahorita — se dice en una de las pausas de su relato— es un recuento para mí mismo, un aseguramiento de la memoria, una confirmación de lo que uno ha sido para tenerse fe en medio de un mundo de vaciedad globalizada, de traiciones y deserciones”.

Saúl Ibargoyen Islas, narratario de este largo monólogo entrecortado, comparte con el protagonista muchas de sus cuitas y un destino común de militante, perseguido, detenido y exiliado. Lo hace atribulado por los recuerdos vividos por ambos  y convencido que “no debe haber olvido, no debemos olvidar. Aunque la tristeza y el dolor de a deveras nos mastiquen los forros del corazón”.

Cuando el narrador recuerda por su nombre de pila a sus compañeros en las lides literarias, se adivinan sin dificultad los apellidos de los escritores de esa generación: Clara Silva, Alberto Zum Felde, Felipe Novoa, Manolo Lima, Alfredo Gravina, el gallego Manolo Márquez, Ariel Méndez, Hugo Giovanetti Viola, y tantos otros que “andan por ahí, todavía”. Toda una época —los años 60— que personalmente compartí con estos escritores y con el propio Saúl y donde se fraguó la amistad que me lleva hoy a prologar la edición en francés de Sangre en el Sur.

En su declaración ante el grabador, el narrador (¿Saúl?) evoca episodios de la historia uruguaya de esos años y hace desfilar a personajes conocidos —el general Seregni, el cantautor Alfredo Zitarrosa y el poeta Alberto Mediza, autor de los versos que siguen danzando en su espíritu: “…y siempre habrá frío cuando quiera dormir”.

El narrador de esta crónica, testimonio, por no decir novela—alter ego apenas disimulado de Ibargoyen Islas— fue “un militante comunista algo sectario”, según reconoce, que “estaba mas a gusto trabajando abajo, con la base, sólo por la justicia social, por la felicidad colectiva, por el respeto al trabajo y al salario”, llamado a entrar en la clandestinidad y asumir “una vida un tanto esquizoide”. Militancia donde no había “nada de terrorismo, pues eso contradecía la línea del Partido, es decir la lucha de masas apoyada en las organizaciones políticas, sociales y sindicales con sentido nacional y unitario.”

Su casa es allanada, su biblioteca saqueada y expurgada de títulos considerados subversivos y condenados a convertirse en pasta para papel higiénico (la era de “las nalgas ilustradas”) o desembocando años más tarde en las mesas de ocasión en la popular Feria dominical de Tristán Narvaja”.

Detenido y conducido a la siniestra Jefatura de Policía de San José y Yí, es sometido a implacables interrogatorios, a un trato brutal e insultante, para hacerse eco de una detenida puesta desnuda en el suelo sodomizada por un perro entrenado para este sádico menester, escuchar los gritos de los torturados con picana eléctrica metida “en el mero culo”, por golpizas o el “submarino”, abusivas violaciones, la promiscuidad de la vida carcelaria, la ausencia de higiene personal. El resultado: “una bola de sufrideces” de lectura apenas soportable.

El narrador pide un descanso de dos días a la altura de la página 104. Interrumpe el monólogo por 48 horas para ordenar recuerdos, tratando de concretar fechas, plazo en que se pregunta: “¿quién está escribiendo esta crónica, el preguntador o el declarante? ¿Es un trabajo a cuatro manos, dos voces o cuántas manos, o cuántas voces?”. También se pregunta : “Qué me pasa, coño, si hasta pienso como si fuera otro.”

Ese “ser otro”, favorecido por el tiempo transcurrido desde la dictadura uruguaya al presente del exilio mexicano, establece un triste vínculo, entre la represión y la cárcel uruguaya y los presidios de El Paso en Texas donde moraba “mucha raza” proveniente de Oaxaca, Zacatecas, Guanajuato.

Al final de Sangre en el Sur estamos en la tierra de acogida del narrador enfrentados a la misma violencia soterrada, a la misma injusticia que viviera en el Sur.

“Esto no es un final, ¿es que hay algo que se acabe del todo?”,  se nos dice en las últimas líneas de Sangre en el Sur porque la sangre “ya ha llegado con sus espumas hasta aquí”. Un aquí que es el actual México violento de Acteal, Aguas Blancas, Oaxaca. Un aquí que es presente y no solo el pasado de este atroz testimonio. Por algo, el testimonio se subtitula El fascismo es uno solo.

Saúl Ibargoyen Islas, prolífico poeta uncido a la actualidad, poeta del acontecer inmediato, de la urgencia como motivo, es autor de una saga fronteriza que ha “canonizado” literariamente el espacio cultural común del norte uruguayo del departamento de Rivera y el sur de Brasil. En tres volúmenes de relatos Fronteras de Joaquim Coluna (1975), Quién manda aquí (1986) y Los dientes del sol (1987) y en el ciclo de novelas integrado por La sangre interminable (1982), Noche de espadas (1987), Soñar la muerte (1994), completado con Toda la tierra (2000) ha hecho de la frontera un tema inédito en la narrativa uruguaya ([*]).

Con Sangre en el Sur, Ibargoyen Islas ofrece una nueva arista de su rica, comprometida y siempre militante actitud como escritor. Con estilo jadeante, nos invita a rememorar páginas de una historia que no debe ni puede olvidarse después de haberlas leído. A esta catártica experiencia invito a los lectores.

Zaragoza, 20 diciembre 2016




([*]He consagrado a la narrativa de Saúl Ibargoyen Islas un capítulo de mi obra Del canon a la periferia. Encuentros y transgresiones en la literatura uruguaya (Montevideo, Trilce, 2002), recogido en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes y en mi página Web fernandoainsa.com.

1 comentario:

Fernando Ainsa dijo...

Gracias querido Hugo por difundir este texto sobre nuestro amigo común Saul

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