domingo

MARIELLA HUELMO - EN EL PLIEGUE DE LA NOCHE


(5 poemas de un libro formado por un poema inicial, a modo de presentación, más cinco secciones temáticas. Consta además de un cd con textos musicalizados por diferentes autores)


Los nombres del silencio 

Lancé aquellas palabras
con furia,
con tristeza,
con amor.

No lo sabía.
Una era  plomo.
Dio justo en su corazón.


El nido del agua

Tengo el día triste de los naufragios,
la sombra agrietada de oscuros párpados.

Puedo transitar este silencio
como viejas ausencias y sonidos.
Como el “así es” que tildó el destino,
o mi mano equivocada
abierta y en plegaria.

Puedo transitar este silencio
como la distancia y sus gritos.
Como la esperanza insomne
de lo nunca venido.

Tengo una raíz triste de  amapola
crujiente en su vino,
desbordando tu paso por mi voz,
sangrienta lámpara de  humo y sol.

Puedo transitar tus palabras
como viejos andenes;
despidiendo goces y colores,
la silueta vaga
de mi propio yo
entre niebla y polvo,
incapaz del adiós.

Puedo cruzar la puerta.
Nunca será definitivo el regreso
mientras tus ojos caliza dibujen la pared,
o ruede fuego  por la tierra amarga que no será.

Inútil ofrenda mi amor de agua y pan.


La piel de la semilla

Este día apretado no crecerá jamás 
entre ruinas del crepúsculo.
No desperdigará lápices roídos de silencio
ni deshojará el llanto de la última nieve.

Será siempre así, apretado, 
entre jazmines de sombras,
entre huesos fallidos, 
sin la migaja de un nombre
ni voces púrpuras e invertebradas.

Tal vez tenga negras alfombras
por donde repta el poema roto,
la cristalina jaula de una palabra impía
o la voracidad de un desierto de cal.

Tal vez anuncie otros días 
de omnipresentes hormigas devorándolo todo.
Roncha en el paladar, lancetazo en el ojo,
columna rota en la memoria visceral.

Este día apretado, rumiando sostenes de ira
da zarpazos en la noche,
alimenta sus guijarros con medallones 
quebrados en pentagramas de dolor.
Mas, no tendrá nunca la raíz verde 
que enreda mis dedos a tu nombre,
mis labios a tu beso, mi amor a tu sombra.

Será siempre así. 
Un día apretado, hosco, rengo,
donde enterraré cruces y presagios, 
almidones y usureros.
La costilla insomne delatará su espina.
La cava abortará su espiga.
Piedra siempre piedra,
madera siempre astilla,
nuez inconclusa tallando la vida.

Al fondo de la soledumbre,
animal en dos patas, este día.

                        

El sabor del incendio 

Espero la piel nueva del silencio.

Muerdo tu recuerdo
como si fuese una fruta,
es decir, con toda la boca.

Saboreo tu nombre
como si fuese agua,
es decir, con toda la sed.

Trago saliva y respiro
los ojos que dejaste
poblando el invierno.

Trago saliva y respiro.
Saboreo tu nombre.
Muerdo tu recuerdo.

Espero la piel nueva del silencio.

                        

Los crepúsculos del verbo 

Hay un poema que no escribiré nunca
porque  jamás descifraré sus verbos.
Un poema indefinible,
fuente oscura de todo incendio,
vestigio de sangre quemada al pie de los templos.

Será un poema inerme que me dará la certeza
de no haber amado más allá de mis dedos,
de no haber existido sino donde existió mi verso,
o existido apenas,
herida por la luminosa sombra que me acusa y niega.

Habrá un poema inabarcable que no podré leer
hasta perder estos ojos
con que miro el tiempo que ya no es.
Habrá un poema, aullido silente, que no podré oír 
hasta desaprender  letras y  verbos.
Un poema negro que desatará los cuchillos ciegos del olvido.
Un poema verde que anudará los días de rojas alas y estepas desoladas.

Sí.
Habrá un poema que finalmente nos dará
la desnudez de los látigos,
la fuerza de la piel,
la historia de los peces.

Desde antes, desde más allá,
desde atrás de la vigilia, 
por debajo del delirio
el poema nos espera.
Intacto, dentado, sediento, sexuado.

Sin palabras, te robará los ojos.
Hará nido en tu sangre huérfana de verdad, 
de abecedarios, de fe.
Y escribirá entonces lo que tú no supiste,
no quisiste, o no pudiste ser.
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