domingo

LA TIERRA PURPÚREA (91) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXI /  UNA CORONA DE ORTIGAS (3)

Para entonces habíamos llegado a la casa. Esta había tenido en otro tiempo un corredor, pero habiendo desaparecido mucho antes, las murallas, puertas y ventanas estaban expuestas al sol y a la intemperie. Las paredes estaban cubiertas de liquen, y en sus rendijas y sobre el tejado habían crecido lozanamente el pasto y la maleza; pero esta vegetación había muerto con los calores del estío y ahora estaba seca y amarilla. Me condujo a una espaciosa pieza apenas alumbrada por la baja puerta y una pequeña ventanilla, y viniendo de la brillante luz del sol, me pareció por demás oscura. Me quedé parado algunos momentos tratando de acostumbrar la vista a la oscuridad, mientras que ella, avanzando al medio de la pieza, se inclinó y habló con un anciano sentado en una poltrona tapizada de cuero.

-¡Papá! -dijo-, le he traído a un joven…, a un forastero que pide alojamiento. Salúdelo, papá.

Entonces se enderezó, y pasando detrás de la silla del anciano, se apoyó en ella, mirándome a mí.

-Le deseo muy buenos días, señor -dije, avanzando con cierta vacilación.

Delante de mí se hallaba sentado un anciano, alto y encorvado, hecho un puro esqueleto, la cara pálida y desolada, el cabello y la barba de extremado largor y plateada blancura. Estaba arrebozado en su poncho de color claro, llevando en la cabeza un casquete negro. Cuando comencé a hablar, él, retrepándose en la silla, se puso a escudriñarme la cara con ojos ávidos y extrañamente feroces, entrelazando de continuo, agitada y nerviosamente, sus largos dedos flacos.

-¡Vaya Calixto! -exclamó, por último-, ¿es este el modo que te presentas delante de mí? ¡Ha! ¿pensaste tú que no te iba a reconocer? ¡Abajo, muchacho! ¡Arrodíllate!

Miré a su hija que estaba de pie detrás de él; me estaba observando ansiosamente, y me hizo una pequeña señal con la cabeza.

Suponiendo que fuera para intimarme a que obedeciera al anciano, me puse de rodillas y toqué con los labios la mano que me extendía.

-¡Que Dios te conceda su divina gracia, hijo mío! -dijo con voz trémula. Entonces continuó: -¿Qué pensabas encontrar ciego a tu viejo padre? Te conocería Calixto, entre mil. ¡Ay! ¡hijo mío! ¡hijo mío! ¿por qué has estado tanto tiempo ausente? ¡Párate, hijo mío, y déjame abrazarte!

Se levantó bamboleando de la silla y me abrazó; entonces, después de contemplarme la cara durante algunos momentos, me besó deliberademnte ambas mejillas.

-¡Ha, Calixto! -continuó, poniendo sus temblorosas manos sobre mis hombros, y examinándome el rostro con sus ojos hundidos y feroces, -¡no necesito preguntarte, hijo, dónde has estado! ¿Dónde había de estar un Peralta sino en el humo de la batalla, en medio de la matanza, batallando por la Banda Oriental? No me quejé de tu ausencia, Calixto… Demetria te dirá que yo he sido muy paciente durante todos estos años, pues sabía muy bien, que por último, volverías coronado de laureles, símbolo de la victoria. ¡Y yo, Calixto! ¿qué habré llevado puesto aquí? ¡Una corona de ortigas! ¡Sí! Durante cien años la he llevado puesta… tú, Demetria, hija mía, podrás atestiguar que he llevado esta corona de ortigas durante cien años!

Se retrepó en la silla, al parecer rendido, y lancé un suspiro de alivio, creyendo que hubiera terminado. Pero me equivoqué. Su hija me colocó una silla a su lado.

-Siéntese aquí, señor, y háblele a mi padre mientras yo voy a ver que le den de comer a su caballo -me susurró al oído, y entonces se escabulló rápidamente de la pieza. Esto me pareció algo duro; pero al cuchichearme aquellas pocas palabras, me tocó ligeramente la mano, y volvió sus tristes ojos a los míos con una mirada llena de gratitud, y me alegré por ella que no hubiese errado.
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