domingo

LA TIERRA PURPÚREA (89) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXI /  UNA CORONA DE ORTIGAS (1)

Después de abandonar el libre y amoroso hogar de Juan y Candelaria, no sucedió nada que merezca la pena relatarse hasta poco antes de llegar al deseado asilo, Lomas De Rocha, lugar que, después de todo, nunca fue mi deseo no ver sino a una gran distancia. Tocaba a su fin un día excepcionalmente brillante aun para este brillante clima, faltando poco menos de dos horas para el ocaso del sol, cuando torcí mi camino para escalar un cerro con una larguísima y escarpada cima, uno de cuyos extremos terminaba en pendiente y asemejábase a la última sierra de una cuchilla, en el punto donde empieza a confundirse con el llano circunvecino; sólo que en este caso no había tal cuchilla. El solitario cerro estaba poblado de cortos penachos y tieso y amarillento pasto y de uno que otro arbusto, y sobre la superficie del terreno, cerca de su cima asomaban grandes planchas de tierra arenisca, viéndose cual lápidas sepulcrales en el cementerio de algún antiguo pueblo, con todas sus inscripciones borradas por el tiempo y la intemperie. Deseaba examinar esta eminencia de unos treinta y cinco metros sobre el nivel de la llanura, el campo a la redonda, pues estábamos cansados y con hambre, mi caballo y yo, y quería encontrar un lugar donde albergarnos antes de que nos alcanzara la noche. El terreno delante de mí se extendía en enormes ondulaciones hacia el océano, que sin embargo no estaba a la vista. No se veía la más tenue nubecilla en la inmensa y cristalina bóveda del cielo, y la calma y transparencia de la atmósfera parecían casi preternatural. Un azulino centelleo de agua al sudeste, a muchas leguas de distancia, me pareció ser el lago de Rocha; sobre el horizonte, al oeste, veíanse ligeras y nebulosas masas de color azul celeste con cumbres perlinas; pero no eran nubes: era la Cuchilla de las Ánimas. Por último, como una persona que se echa los gemelos al bolsillo y empieza a mirar a su rededor, retiré la vista de sus peregrinaciones por el infinito espacio para examinar los objetos a la mano. En la cuesta del cerro, a unos sesenta metros de donde yo estaba, crecían algunos arbustos enanos de color verde oscuro, viéndose cada uno, en aquella tranquila y brillante luz del sol, como si hubiese sido cortado de un trozo de malaquita; y sobre sus flores solanáceas de color lila, se alimentaban algunos abejones. Fue el susurro de estos, llegando claramente a mis oídos, lo que primero atrajo mi atención a los arbustos, pues tan tranquila estaba la atmósfera que dos personas a aquella distancia -sesenta metros una de otra- podrían haber conversado fácilmente sin levantar la voz. Mucho más abajo, a unos doscientos metros al otro lado de los arbustos, había un halcón en el suelo despedazando alguna presa y picoteándola de ese modo salvaje y receloso, con largas pausas entre cada picotón, tan característico de los halcones. Cerníase sobre él un chimango, y envidioso de la buena fortuna del otro, o temiendo quizás que no quedaran ni las plumas del banquete, estaba arremetiéndole a cada rato, con furiosos graznidos, y dándole de aletazos. El halcón agachaba invariablemente la cabeza cada vez que su atormentador se abalanzaba a él, después de lo cual seguía desmañadamente desgarrando su presa. Más lejos, en la depresión que corría a los pies del cerro, serpenteaba un pequeño arroyuelo, tan cubierto de hierbas y otras plantas acuáticas, que el agua estaba enteramente oculta, pareciendo su curso una culebra de color verde, de algunas leguas de largo, tendida allí tomando el sol. En la parte del arroyo más cerca de mí, había un viejo sentado aparentemente lavándose, pues estaba inclinado sobre un pequeño charco de agua, mientras que detrás de él, su caballo, con aire y resignado y la cabeza caída, ahuyentaba de vez en cuando las moscas con la cola. A unas quince cuadras más allá, alcanzaba a verse una vivienda que me pareció fuera una vieja casa de estancia, rodeada de grandes árboles de sombra, aislados unos y otros en grupos irregulares. Era la única casa en la vecindad, pero después de observarla algún tiempo concluí que estaba deshabitada, pues aun a esa distancia observábase claramente que no había ni un alma moviéndose cerca de ella; ni siquiera un caballo u otro animal; tampoco había cercos de ninguna especie.

Bajé lentamente del cerro y me dirigí adonde estaba sentado el viejo del arroyo. Lo encontré muy ocupado desenredando una porción de larguísimo pelo que de un modo u otro -quizás a raíz de un largo descuido- se había enmarañado desmesuradamente. Había sumido la cabeza en el agua y con un viejo peine, que ostentaba unos siete u ocho dientes, desenredaba con dificultad e infinita paciencia unos pocos largos pelos a la vez. Después de saludarle, encendí un cigarrillo, y apoyándome sobre el cuello de mi caballo, observé sus esfuerzos algún tiempo con profundo interés. Siguió perseverantemente su tarea en silencio durante cinco o seis minutos, metió otra vez la cabeza en el agua, y mientras se estrujaba el pelo con mucho cuidado, me dijo que mi caballo parecía muy cansado.

-Sí -dije-, y lo mismo está el jinete: ¡Podría usted decirme quién vive en esta estancia?

-Mi patrón -contestó lacónicamente.

-¿Es su patrón un hombre amable, uno que le daría alojamiento a un forastero?

Demoró un larguísimo rato antes de contestarme; entonces dijo:

-Él no tiene nada que ver con eso.

-¿Enfermo? -le pregunté.

Otra larga pausa; por fin meneó la cabeza y se tocó la frente significativamente, después de lo cual volvió su cabeza a su ocupación de sirena.

-¿Loco?

Elevó una ceja y se encogió de hombros, pero no dijo nada. Después de un largo silencio, pues no quería irritarle haciéndole demasiadas preguntas, me aventuré a decir:

-En todo caso, supongo que no me echará los perros, ¿eh?

Sonrió con aire burlón y dijo que era una estancia donde no había perros. Le pagué sus informes con un cigarrillo que aceptó de muy buena gana, y parecía considerar el fumar un agradable alivio después de sus fatigas de desenredarse el cabello.

-Una estancia sin perros, y donde el patrón no tiene nada que decir…, eso me parece raro -dije, tanteándolo, pero él siguió chupando su cigarrillo en silencio.

-¿Cómo se llama la estancia? -le pregunté, montando a caballo. 

-Es una estancia sin nombre -contestó; y después de esta entrevista tan poco satisfactoria, le dejé y caminé lentamente en dirección a la estancia.
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