domingo

LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH (25) - ESTHER MEYNEL


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Poco tiempo después de nuestra boda me trajo un librito de música que había hecho para mí; todavía lo tengo en mi poder y, por muy pobre que llegue a ser, no me separaré de él mientras viva.

Una noche, después de haber acostado a sus cuatro hijos pequeños, estaba yo abajo en su cuarto de trabajo, a la luz de una vela, copiando una partitura, cuando se me acercó sin hacer ruido y colocó en la mesa, ante mí, un librito encuadernado, de color verde, con lomo y cantoneras de cuero. En la primera página llevaba la siguiente inscripción:


CLAVIERBÜCHLEIN

Vor

ANNA MAGDALENA BACH

Anno 1772

Cuando abrí las páginas de este librito, con manos impacientes, mientras él, detrás de mí, me observaba con bondadosa sonrisa, vi que había escrito en aquel librito composiciones fáciles para clavicordio, dedicadas a mí. Hacía poco que había empezado a enseñarme a tocar ese instrumento y todavía no había adelantado gran cosa, a pesar de que ya sabía tocar un poco cuando me casé. Había escrito aquellas pequeñas composiciones melodiosas para darme una alegría, para animarme y hacerme pasar en forma agradable a una técnica superior. Entre aquellas piezas había una grave y bella zarabanda -las zarabandas, en las suites partitas de Sebastián, siempre las había encontrado encantadoras, pues me parecían expresar con precisión su modo de ser- y el pequeño minué más alegre que he oído en mi vida. Todas las composiciones tenían un encanto como para animar al estudio a cualquier alumno de clavicordio.

Sebastián estaba siempre dispuesto a descender de su altura y coger de la mano a cualquier niño, a cualquier principiante en el arte, para llevarlo por el camino que conduce a la perfección. Nada le hacía perder la paciencia con los alumnos, salvo la falta de atención y la indiferencia.

¡Si pudiera explicar su manera de dar las lecciones! Creo que no ha habido mejor maestro en el mundo, tan entusiasta, tan paciente (excepto con los perezosos), tan infatigable, y a cuyos ojos y oídos no se escapaba la más pequeña falta, ni toleraba la menor distracción. He visto a jóvenes alumnos suyos temblar de excitación al entrar en clase, y algunas veces he visto lágrimas de emoción, producidas por su bondad cuando salían. Y les he visto palidecer cuando estaba enojado con ellos, lo cual sucedía rara vez. Sin embargo, en algunas ocasiones, estallaba su naturaleza violenta, sobre todo cuando descubría trampas de cualquier clase. Una vez le vi arrancarse la peluca y tirársela a la cabeza a un alumno, al que denostaba llamándole “estafador del piano”, porque había intentado producir un efecto deslumbrante sin base sólida para ello.

Cuando me daba lección era de una paciencia angelical, y solamente con la muerte olvidaré las horas deliciosas que pasé sentado a sus pies, aprendiendo. Naturalmente, conmigo no era tan severo como con sus alumnos aspirantes a músicos profesionales y, en los primeros años, tenía yo tanto que hacer con nuestros pequeños, que la música no era para mí más que una distracción, un descanso agradable. Sin embargo, en el primer año de nuestro matrimonio me dio seriamente lecciones de piano y me enseñó el “bajo cifrado” y hasta me dio lecciones de órgano. La primera vez que le manifesté el deseo de aprender a tocar el órgano se rio un poco y me dijo que era un instrumento demasiado grande para una mujer tan pequeña.

-Si hiciera funcionar al mismo tiempo todos los registros -añadió- te meterías los dedos en los oídos y te irías corriendo a casa.

Pero como vio que no me desanimaba a pesar de esas bromas bondadosas, empezó a darme lecciones cuando teníamos tiempo disponible, y creo que le causaba tanta alegría como a mí, que no es poco decir.
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