domingo

LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH (24) - ESTHER MEYNEL


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Precisamente una semana después de nuestro casamiento, celebró su boda el príncipe de Anhalt-Cöthen que tanto apreciaba a Sebastián y tantas pruebas le había dado de su bondad.

No parecía que aquella aristocrática boda hubiese de tener ninguna influencia en nuestra vida, y, sin embargo, la tuvo, pues fue la causa de que, algún tiempo después, nos trasladásemos a Leipzig, donde pasamos el resto de nuestra vida.

Hasta el momento de su boda, el mayor placer del príncipe había consistido en oír buena música y, naturalmente, la música empezaba y acababa en su director de orquesta, Sebastián Bach. Los conciertos, que tenían que ser modestos, porque el príncipe no era lo suficientemente rico para sostener, como otros soberanos, una orquesta grande, eran, bajo la dirección de Sebastián, de una belleza extraordinaria, pues en ellos se tocaban, por primera vez, muchas composiciones suyas. Es posible que la nueva Duquesa opinase que su maestro dedicaba demasiado tiempo a la música y a su director de orquesta; tal vez fuese un poco celosa y quizá le aburriesen aquellos conciertos tan admirables, pues, según dicen, existen personas, aun entre las nacidas en las alturas, para las que esa música no tiene ningún encanto. El caso es que, al cabo de pocos meses, se produjo un cambio en nuestro príncipe. Dejó de tocar, empezó a no acudir a los conciertos y cesó de animar a los músicos; en una palabra, en la Corte de Cöthen la música se marchitaba y se iba muriendo. Sebastián se asustó, e iba siendo cada vez más desgraciado, porque no podía vivir en aquella atmósfera fría. Un día volvió a casa muy deprimido por una negativa que le había hecho comprender que el interés del Duque se había apartado completamente de la música, para no ocuparse más que en la tierna y exigente princesa.

-Magdalena -me dijo con aire sombrío-, tendremos que salir de Cöthen y marcharnos a otro sitio. Aquí ya no hay lugar para un músico. ¿Estás dispuesta a ir recogiendo nuestro modesto hogar? 

Yo le respondí, como debía, que mi hogar no podía estar más que donde él se encontrase bien, e intenté consolarle lo mejor que pude. Pero la idea de trasladarnos de Cöthen no era agradable para ninguno de los dos, pues él quería mucho aquella ciudad y para mí representaba mi primer hogar de casada. Toda mujer comprenderá lo que supone dejar un lugar que encierra tales recuerdos. No llevábamos viviendo juntos en Cöthen sino poco más de un año; pero ese año estaba para mí lleno de maravillas. Vivir con él y verle día por día era una felicidad que no hubiera podido merecer ni he merecido nunca. Durante mucho tiempo viví en un estado de asombro, como en un sueño, y, algunas veces, cuando Sebastián estaba fuera de casa, se apoderaba de mí el temor de que pudiese despertar de ese sueño y volver a ser la niña Ana Magdalena Wülken, en vez de la esposa del Maestro de Capilla Bach. Mas, luego, cuando oía el ruido de sus pasos ante la puerta, corría hacia él, que venía a mí con una caricia o una palabra tierna, me cobijaba en sus brazos, y me sentía protegida y reconocía que el sueño encantador era una realidad.
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