domingo

LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH (23) - ESTHER MEYNEL


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DE LA RELIGIOSIDAD DE SEBASTIÁN, DE MI BODA, DEL “CUADERNITO PARA CLAVE”, DE LA PERFECCIÓN DEL MOVIMIENTO DE DEDOS, DE LA FELICIDAD DE PADRE Y DE MAESTRO, DEL “CLAVE BIEN TEMPERADO” Y DE LA MUJER GOLOSA DE FUGAS

Creo que  Sebastián era un hombre muy difícil de conocer no queriéndole. Si yo no le hubiese querido desde el principio, estoy segura de que nunca le hubiera comprendido. En sus conversaciones sobre cosas profundas era siempre muy retraído, no se manifestaba con palabras, sino con su actitud y, naturalmente, con su música. Era el hombre más religioso que he conocido en mi vida. Esto puede parecer extraño, si se tiene en cuenta la gran cantidad de buenos pastores luteranos que he conocido bien. Eran hombres buenos, cuya vida se reducía a pronunciar sermones y dar buenos ejemplos. Sebastián era distinto. Para él la religión era algo reservado, que no hay que mostrar constantemente, pero que existe y no se olvida nunca. En él había cosas que, sobre todo al principio de nuestra vida en común, me causaban miedo; tenía una austeridad roqueña, a la que servía de base y suavizaba un poco su bondad. Pero lo más extraño de todo era una ardiente añoranza, que le acompañó durante toda su vida de trabajo, la añoranza de la muerte. Yo sólo la notaba algunos instantes en que pasaba como un relámpago, pues creo que trataba de ocultármela para no asustarme; porque yo era muy joven y no tan valiente como él. Mientras él vivió, jamás sentí el menor deseo de dejar este mundo, que tan hermoso me parecía; pero hoy, que soy vieja y solitaria, comprendo mejor esa nostalgia de un lugar donde todas las cosas alcanzan la perfección. Grabada profundamente en el corazón llevo siempre la imagen del Crucificado, y su música más noble fue un grito nostálgico que le arrancaba la visión de Cristo redivivo.

Mis padres me habían educado muy piadosamente en la fe luterana, pero la religión de Sebastián era una cosa más grande. Yo lo advertí ya el primer día de nuestro casamiento, cuando, al marcharse los invitados, Sebastián se me acercó, me levantó la cara cogiéndomela con las dos manos, me miró fijamente y me dijo: -¡Doy gracias a Dios por haberme hecho el don de tu persona, Magdalena!-. Yo no pude contestarle, pero escondí la cara en su pecho y murmuré apasionadamente esta plegaria: -¡Dios mío, hazme digna de él!-. De pronto, tuve conciencia de mi juventud y de la gran responsabilidad que había contraído al aceptar ser la esposa de semejante hombre. Si, en alguna forma, le hacía desgraciado, corría el riesgo de malograr su música. Acostumbraba decir que las disonancias son tanto más horribles cuanto más se aproximan a la armonía, y que las disputas entre esposos eran insoportables. Claro que tuvimos contrariedades e intranquilidad, como todo el que anda por este mundo, pero siempre fue por cosas ajenas a nuestras personas, y nunca tocaron a nuestro amor.

El que fuere quince años mayor que yo y el haber sido ya casado, explica, tal vez, que siempre fuese conmigo tan bueno e indulgente. Yo estaba bien educada y sabía guisar, hilar y coser, pero nunca habían pasado sobre mis hombros las preocupaciones de dirigir un hogar y, mucho menos, de cuidar niños. Mi madre era una mujer de su casa, tan buena y hacendosa, que yo nunca había podido apreciar todo lo que era necesario para dirigir bien una casa y procurar la comodidad a todos los miembros de la familia. Pronto comprendí que el desorden era una cosa que Sebastián no podía soportar. Sus papeles y sus objetos personales habían de estar guardados y cuidados de una manera determinada, y no había que hacerle cambiar ninguna de sus costumbres. Odiaba tanto la falta de puntualidad como el despilfarro, pues, según él, la inexactitud era el derroche de lo inapreciable, de la única cosa que no se puede obtener por segunda vez: el tiempo. Al principio, yo era un poco despreocupada y olvidadiza; pero tuvo mucha paciencia conmigo y pronto me corregí de los defectos que no le agradaban. Porque mi único pensamiento, mi única aspiración, era agradarle y hacer que su hogar fuese el lugar de este mundo en que se sintiese más feliz.
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