domingo

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (15)


III (1)

En la boletería del circo, un cuartucho de techo bajo de cinc y tablones desparejos, Kaliso, “el flaco Sebastián” y don Pedro reían a carcajadas. Tan insólito era este final de función, tan diferente al de la noche pasada, que Matacabayo y Secundina estaban sobre ascuas.

Antes de dar comienzo a la función, allá por las siete de la noche, había habido una violenta escena en el redondel. Mientras Matacabayo vareaba al tordillo de las “Hermanas Felipe”, apareció Casilda, en actitud beligerante. Era la primera vez que se atrevía a enfrentar a su marido en presencia de extraños. Descargó sobre él una serie de improperios que fueron multiplicados ante la llegada de Secundina. Su presencia irritó a la mujer, repartiendo sus insultos por igual. Desde lo alto de su cabalgadura el jinete dirigía aquel enconado debate de celos con boca florida. El caballo daba saltos encabritándose ante el castigo de las espuelas y las voces agrias de las mujeres. Los gritos de las hembras pusieron frenético al animal. Se paró de manos y amenazó dar con su jinete por el suelo. De uno y otro lado se cruzaban soeces insultos Casilda y Secundina.

Matacabayo quería tranquilizarlas y apaciguar al tordillo encabritado. Su concubina halló a mano un pedazo de madera y se lo arrojó. Casilda intentó manotear las bridas del corcel, pero al acercarse, sólo consiguió ponerlo más brioso.

El escándalo atrajo al director, quien desde la puerta de entrada alcanzó a ver el epílogo de la trifulca. Dijo, sin darle importancia:

-¡Parecen que ensayan un número para esta noche!

Dos perros, que habían permanecido en actitud contemplativa como don Pedro, comenzaron a ladrar furiosamente.

-¡Chúmbale!... ¡Toca!... -don Pedro los azuzó por lo bajo.

Los perros entraron en la arena, como mastines amaestrados, y uno de ellos se encargó de las faldas de Casilda. El otro intentaba morder las patas del caballo.

-¡Fuera, porquerías!... -gritó Casilda, exasperada.

Pero el can -un cuzco decidido- no soltó las faldas de la mujer. Salió, por fin. Matacabayo de la arena, haciendo mutis por el fondo. Los perros continuaron sus ladridos hasta que las mujeres abandonaron la carpa, dando fin a la reyerta.

Cuando Casilda quiso presentar sus quejas al director, el hombre encendió su pipa parsimonioso y, sin quitársela de la boca, le dijo cuatro frescas. Ella salió masticando palabrotas. En la puerta del circo la esperaba su Alcira, flaca, con las piernas magras llenas de picaduras y dos trencitas escasas que le golpeaban las espaldas.

Aquella escena tuvo comentadores entusiasmados al comienzo de la función, cuando al ver a los tres hombres reír en la taquilla, Secundina y Matacabayo creían que se mofaban de ellos.

Pero en otra cosa mucho más interesante estaban empeñados los tres extraños sujetos. Don Pedro frotaba entre sus manos, al parecer, billetes de banco. Los contaba y se los iba entregando a Kaliso, quien, después de manosearlos, se los pasaba a Sebastián.

-¿Qué dinero se repartirían aquellos tres hombres? El director dijo socarronamente:

-Clorinda le pidió plata a una estrella.

-La va a tener… -aseguró Sebastián.

-¡Y de la buena, caray!... -terminó Kaliso, acariciando los billetes.

-Este está muy grueso. Hay que mejorarlo.

-Dejá nomás, que yo lo arreglo -contestó el boletero, recogiendo el billete.

-¡Qué buenos falsificadores somos!... -dijo Kaliso, sentándose, pues sus pies ya no podían sostener aquel abdomen, embolsado en la cintura del pantalón.

Los tres sujetos parecían niños empeñados en un juego diabólico. Se habían tomado un trabajo singular. Luego de comprar una hoja de papel secante oscuro, con gran cuidado fueron cortándola en pedazos del tamaño de un billete de papel moneda. Después de darles la forma y la suavidad de billetes de banco, los frotaban entre sí, y se los iban pasando sin mirarlos para comprobar si era fácil confundirlos con el modelo.

-¡A ver, vamos a experimentar! -observó picarescamente “el flaco Sebastián”. Yo voy a sacar del bolsillo el peso verdadero.

Hizo la experiencia y sacó uno de los fabricados. El éxito estaba asegurado. Sin mirarlos, fácil era confundir los billetes, Radiantes de alegría, los pasaban de mano en mano, ya estirados, reunidos en un rollito misterioso.

-Esto va a colar muy bien -aseguró don Pedro, en el colmo de la dicha-. Tendremos una venganza de primer orden.

Fabricada la moneda para pagar los servicios de aquellas prostitutas debutantes, que merecían castigo por desertoras, sólo les restaba convencer a los troperos y peones de las estancias vecinas, de que participasen en la treta.

Eligieron para el caso cinco de los más arteros, capaces de engañar a las vendedoras de quitanda. Y no les fue difícil alcanzar la complicidad de aquella gente, dispuesta siempre al embrollo y la picardía. Aparecieron en seguida voluntarios. Tres peones, dos de ellos asiduos visitantes en las pasadas noches, quienes frecuentaban a las pasteleras y miraban con codicia y ardor a las “Hermanas Felipe”.

La venganza debía comenzar por vejar a las amazonas, y no era difícil treta, ya que ellas eran las más decididas en hacer dinero a ojos cerrados…

Se repartió la moneda, pedazos de papel secante, entre la mozada más decidida. Tan sólo era de esperar que la orden del comisario no fuese violada.
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