domingo

LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH (26) - ESTHER MEYNEL


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El apretar una tecla de órgano produce una sensación de extraño apasionamiento. Como he contado hace poco, antes de mi boda había estudiado algo el clavicordio, ¡pero tocar el órgano es una cosa absolutamente distinta! Los tres teclados no me causaban dificultades, aunque me producía cierta confusión tocar la melodía en el positivo, a un nivel más bajo que el teclado en que tocaba el acompañamiento, como tenía que hacer algunas veces; pero pronto me acostumbré. Primero ejecuté cantos y lieder a cuatro voces, con las dos manos; después me dejó tocar el bajo con los pies. Pero esto me produjo una gran confusión y me pareció que se me iba la vista. Dejé las manos en los teclados, el pie en el pedal, me detuve y, mirando a Sebastián, que estaba a mi lado, le dije asustada:

-No puedo seguir; no sé por qué, pero no puedo.

-Eres una boba -me contestó- y, si no estuviésemos en la iglesia, te daría un beso.

Pero, aunque se burlaba de mí, tenía conmigo una paciencia inagotable, y después de trabajosos ejercicios pude, por fin, tocar las notas de los pedales sin tener que andar buscando minutos enteros con los pies. Desde el principio me prohibió terminantemente mirar los pedales.

-¡Tendría que ver -solía decir- que no pudieses tocar una nota sin mirar antes si era realmente la precisa! ¡Sólo los malos organistas miran los pedales, y no puedo consentir que seas una mala organista! ¡Quizá no avances mucho por este camino, pero, a lo menos, lo que andes debes andarlo bien!

Y verdaderamente, no avancé mucho por aquel camino difícil, pero delicioso, mas sí lo suficiente para comprender lo asombrosamente lejos que por él había llegado Sebastián. Porque cuando se desconocen en absoluto las dificultades de tocar el órgano, no se puede juzgar lo que supone el tocar los preludios y las fugas como él lo hacía. El trabajo y el tiempo que empleé en aprender a manejar el órgano, por imperfectamente que lo hiciera, me lo pagó con creces la alegría que experimentaba al oír y comprender las obras gloriosas que Sebastián escribió para su instrumento favorito. También empezó a componer en mi librito de clavicordio una fantasía para órgano, pero le faltó tiempo para terminarla. Empecé a gustar del órgano cada vez con más pasión, ya fuese por que él también lo amaba o porque su música más noble y elevada la compuso para ese instrumento, la música que expresaba con más pureza su personalidad y su naturaleza, la que hacía hablar más directamente a su alma. Ya sé que muchos conocedores y buenos jueces musicales prefieren sus cantatas, mientras que a otros les gustan más las piezas encantadoras que compuso para clave. A decir verdad, si se reflexiona sobre el asunto, es muy difícil elegir y expresar una diferencia; sólo se puede repetir con la Biblia: “Como una estrella se distingue de otra en el brillo…”.
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