domingo

LOS RECOVECOS DE MANUEL MIGUEL (17) - Desbocada reinvención de la vida de Manuel Espínola Gómez



Hugo Giovanetti Viola

Primera edición: Caracol al Galope, 1999.
Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes, 2016.


QUINTA PUERTA: CIERTO REGRESO, CIERTA CONTINUIDAD, CIERTO SUEÑO (1)


Abrí la puerta del cuadro y aparecí en la plaza de Solís de Mataojo, mirando trabajar al farolero Benítez. El hombre subió la escalera recortándose sobre el cielorraso purpúreo y después de manipular la llamarada (que terminó por espejarse enteramente en su sudor) silbó una polquita de morondanga y se trasladó hacia la próxima columna.

-¿Jugás a la chanta? -me preguntó Manuelito cuando la plaza se había transformado en un gran estadio dorado.


Tenemos 10 años. Mis padres me dejaron venir a pasar el fin de semana al pueblo, donde Manolo vive temporalmente en la casa de los tíos Pedro Garateguy y María Espínola. El general -que trabaja colaborando con su cuñado Cecilio en el pago de los sueldos de la trilla- fue a buscarme el viernes a Punta Gorda y me trajo a caballo. En la casa de los Garateguy estaba de visita Quintín Castillos, el autor del legendario Bromazo del Pedo: era un hombre macizo y curtido, parecido al Viejo Pancho y con unos aletargados (aunque no jubilados) ojos de yaguareté. (Muchos años después Manolo me diría: “Si hubiera vivido en Solís, Ricardito Strauss seguramente habría compuesto otro poema sinfónico titulado Quintín Enlespiegel.)

-Pucha. Ese viejo me ensilló -dice mi amigo, mientras arrima su bolita para decidir quién sale jugando. -¿Qué te parece si fundamos el Bromazo Fóbal Club, con sedes en Solís y Punta Gorda? Podríamos tener actividad deportiva y joditiva al mismo tiempo.

-En ese caso se tendría que llamar Institución Social y Deportiva El Bromazo -lo corrijo.



-Sin pecado concebida -irrumpió una voz que nos hizo saltar.

El chiquilín estaba vestido de marinero, y la claridad del traje parecía volver a emergerle en las córneas casi fluorescentes.

-Salute -murmuró empinando un frasco lleno de un jarabe del color de sus pecas y su pelo cortado a lo Juana de Arco.

-Tomatito!!!! -sonrió Manolo

-Aquí estoy porque he venido. Salute -repitió el pelirrojo, incrustándose el frasco en un bolsillo. Después avanzó unos pasos y agregó, crudamente maquillado por la espesura del farol:

-La muerte me dejó libre.


Nos sentamos en el cordón de la vereda, y Tomatito le cuenta las novedades a Manolo (mientras el redoblar del ranerío se infla sobre los grillos y las flores segregan algo como los restos agridulces de un corso): su hermano murió hace una semana en un hospital montevideano, y la familia decidió inmediatamente volver a radicarse en el pueblo.

-Mirá vos. Pobre Chapete -sube la cara Manolo. -Va a llover que da miedo.

-¿Seguiste dibujando? -pregunta el pelirrojo.

-Sí. Si habré dibujado: a mí me costó un corte de trompa y a Tornesi una vitrina. Roy Rogers sabe la historia.



Poco tiempo después que el General se afeitara el bigote te empezó a obsesionar el perfil protuberante de Arquímedes Tornesi y un día estabas en la peluquería sin nada que hacer y con tus 8 años grafitaste un retrato donde la fenomenal nariz del peluquero se prolongaba en el reverso de la hoja y el hombre ungido en talco festejó entusiastamente la ocurrencia y otro día te largaste a copiar la foto del ómnibus Banderita apoyado sobre el vidrio del exhibidor y de golpe aprendiste que la vida se puede desbocar en un CRASHHHH!!!! de relámpago.


-Tch: es una cicatriz más boba que un lunar -arquea los hombros el pecoso. -Aunque te va a durar hasta que te mueras. ¿Alguien quiere vineta?

Y destapa el frasco de jarabe y engulle un trago muy largo, con los párpados prensados por la devoción.

-¿Vineta? -dice Manolo. -¿Pero vos estás loco? Andate, que ya está lloviendo.

Entonces Tomatito levanta unos ojos insondablemente aterciopelados y retruca:

-¿Todavía no sabés que la vineta es la única bebida que te hace ser un buen lobizón de la guarda, botija?

Y se queda sentado bajo la lluvia
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