domingo

LA TIERRA PURPÚREA (86) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXI /  MUGRE Y LIBERTAD (2)

Todo el lugar estaba ahora en un gran alboroto; los muchachos ensillando caballos, corriendo y gritando tras las gallinas, y el enérgico dueño de casa dándole órdenes a su mujer.

Después que se hubo despachado al muchacho de la pulpería y atendido a mi caballo, nos sentamos una media hora en la cocina, tomando mate y charlando muy agradablemente. Entonces él me llevó a su jardín detrás de la casa, para no estorbar a su mujer en la cocina mientras ella preparaba el almuerzo, y ahí empezó a hablar en inglés.

-Hace veinticinco años que estoy en este continente -dijo, contándome su historia-; dieciocho de ellos los he pasado aquí en la Banda Oriental.

-En todo caso, usted no ha olvidado su idioma. ¡Leerá, supongo!

-¡Qué! ¿Leer yo? ¡Puf! Lo mismo pensaría usar pantalones. ¡No, no, mi amigo, nunca lea! No se meta en política. Cuando la gente le moleste, mátela… esa es mi regla. Nací en Edimburgo; tuve bastantes lecturas de muchacho; oí bastantes himnos y vi bastante pulimientos y limpiamientos para durarme para toda la vida. Mi padre tenía una librería en la High Street, cerca de Cowgate. Mi madre era muy religiosa…, todos en casa eran religiosos. Un tío que era clérigo vivía con nosotros. Para mí todo eso fue peor que el purgatorio. Fui educado en el High School y mi familia tenía la intención de que yo también fuese clérigo, ¡ja, ja! Mi único placer era conseguir libros de viaje que tratasen de algún país de salvajes, encerrarme en mi pieza, donde nadie podía estorbarme; quitarme los zapatos, encender una pipa y echarme en el suelo. Los domingos hacía lo mismo. Me llamaban un gran pecador; dijeron que me estaba yendo directa y rápidamente al diablo. Era mi índole. Ellos no me entendían. Siempre limpiando y puliendo… Usted podría haber comido en el suelo; siempre cantando himnos…, rezando…, raspando. No pude soportarlo: me fui de casa a los quince años y jamás he vuelto a oír una sola palabra de mi familia desde entonces. ¿Qué pasó? Me vine acá, trabajé, ahorré, compré terreno y ganado; me casé, viví como se me daba la gana vivir… y soy feliz. Ahí tiene usted a mi mujer, la madre de mis seis chicos…, ya la ha visto usted… una mujer para llenar de orgullo a cualquier hombre. Y nada de raspas, miradas tristes y limpiando y barriendo todo el santo día desde el lunes hasta el domingo… Usted no podría almorzar sobre el suelo de mi cocina. Ahí tiene a mis chicos, seis de ellos, varones y mujeres… sanos, mugrientos hasta más no poder y felices desde el amanecer hasta la noche; y aquí me tiene a mí, John Carrickfergus -don Juan me llaman en todo el país a la redonda, no pudiendo ningún gaucho pronunciar mi nombre-, respetado, temido, amado; un hombre con el cual sus vecinos pueden contar para hacerles cualquier servicio cuando se ofrezca; uno que jamás vacila en meterle una bala a cualquier buitre, gato pampeano o bandido que atraviese su camino. Ahora sabe usted todo.

-Es un cuento muy extraordinario, ¿pero supongo que les enseña algo a los niños?

-No les enseño nada -contestó muy enfáticamente-. Todo en lo que pensamos en nuestro país son los libros, la limpieza de la ropa; todo lo que sea bueno para el alma, el cerebro, el estómago… y hacemos a los chicos desdichados. Libertad para todos es mi regla. Los chiquillos mugrientos son chiquillos sanos y felices. Si una abeja lo pica a uno en Inglaterra, se le pone tierra fresca a la picadura para quitar el dolor. Aquí curamos toda clase de dolores con tierra. Si se enferma uno de mis chicos, tomo una palada de tierra vegetal fresca y le doy una fricción con ella… es el mejor remedio. Yo no soy religioso, pero me acuerdo de aquel milagro cuando el Salvador escupió en el suelo e hizo un poco de lodo con la saliva para untarle los ojos al ciego. En el acto pudo ver. ¿Qué quiere decir eso? Simplemente que ese era el remedio casero. Él no necesitaba el lodo, pero siguió la costumbre del país, como lo hizo también en los otros milagros. En Escocia todo lo que es tierra es pecado. ¿Cómo puede reconciliarse eso con la Sagrada Escritura? Fíjese que yo no digo con la naturaleza, sino con la Sagrada Escritura, porque por ella juran todos, aunque no la escribieron.

-Pensaré en lo que usted me ha dicho. En cuanto a los niños y el mejor modo de criarlos -dije- no necesito decidir todavía, porque no los tengo.
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