domingo

LA TIERRA PURPÚREA (86) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSO


XXI /  MUGRE Y LIBERTAD (1)

Dormí aquella noche bajo el vasto cielo sembrado de innumerable estrellas; no obstante mi terrible aventura, no descansé mal, y cuando al siguiente día proseguí mi viaje, la luz de Dios, como los piadosos orientales llaman a los primeros resplandores con que el sol naciente baña el universo- jamás me había parecido más agradable, ni había visto la tierra más fresca  o más hermosa; por todas partes la hierba y los arbustos festoneados de estrellado encaje, tejido por las epeiras durante la noche, chispeaban como miríadas de gotas de rocío. La vida aquella mañana me pareció muy dulce, enterneciéndome de tal manera, que cuando recordé al miserable asesino que la había amenazado, por poco sentí pena al pensar que ya estaría ciego y sordo a todas las dulces manifestaciones de la naturaleza.

Antes de mediodía llegué a una casa techada de totora, con grupos de frondosos árboles en su vecindad y rodeada de cercas vivas y corrales para el ganado.

El humo azulino que se elevaba en espiral desde la chimenea y el blanco resplandor de las murallas asomando por entre los árboles -pues este rancho ostentaba una chimenea y muralla blanqueadas- resultaban extremadamente atractivos a mi fatigada vista. “¡Qué agradable -pensé- sería un almuerzo y, en seguida, una larga siesta bajo la sombra de aquellos árboles!”, pero, ¡ay! ¿acaso no era perseguido por los terribles fantasmas de una venganza política? Mientras estaba vacilando entre si llamar o no, mi caballo siguió en derechura a la casa, pues un caballo sabe cuándo su amo está en la duda, y en tales ocasiones jamás deja de ofrecerle su consejo. Fui afortunado esta vez, pues tuve a bien seguirlo. “En todo caso -dije para mí, pediré un trago de agua y veré qué laya de gente vive aquí”, y en pocos minutos me hallaba al lado de la tranquera, cautivando grandemente, al parecer, la atención de una media docena de chiquillos cuyas edades variaban entre doce y trece años, todos con sus ojos de par en par abiertos, fijos en mí. Tenían caras mugrientas; el menor también tenía sus piernecitas sueltas, pues él o ella no llevaba puesta sino una corta camisita. El que le seguía en tamaño vestía una camisa y, de añadidura, un par de pantalones que le alcanzaban a las rodillas; y así progresivamente hasta llegar al muchacho mayor, que usaba la ropa desechada por el padre, de modo que él, en vez de llevar poco puesto, estaba, en cierto modo, sobradamente vestido. Le pedí a este que me diera un vaso de agua para apagar la sed y un tizón con que encender un cigarrillo. Se fue corriendo a la cocina y luego salió otra vez sin traerme agua ni fuego.

-Mi tatita quiere que usté dentre a tomar mate -dijo. 

Entonces me apeé del caballo, y con el aire indiferente de una persona sin tacha, y apartada de la política, entré en la espaciosa cocina, donde hervía, sobre un gran fuego en el fogón, una enorme paila de grasa; parada al lado, con un cucharón en la mano, estaba una mujer grasienta y transpirando, de unos treinta años de edad. Se ocupaba en espumar la grasa y echaba las impurezas al fuego, las que lo hacían arder y crepitar alegremente; y de pies a cabeza estaba toda bañada en grasa; era, sin duda, la persona más grasienta que jamás había visto en mi vida. No era fácil, en tales circunstancias, decir cuál fuera el color de su cutis, pero tenía unos ojazos hermosos como los de Juno, y una boca que al devolverme sonriente mi saludo, indicaba claramente su buen humor. Su marido estaba sentado en el suelo, apoyado en la pared, sus pies desnudos estirados por delante; tenía en la falda una enorme encimera, por lo menos de metro de ancho, de un cuero blanco sin curtir; y en esta estaba bordando muy prolijamente, con hebras de cuero negro, una caza de avestruces. Era de corta estatura, ancho de espalda, de pelo canoso rojizo, barba y bigote cerdoso del mismo color, penetrantes ojos azules y nariz respingada.

Llevaba puesto un pañuelo de algodón colorado atado a la cabeza y una camisa a cuadritos azules, y en vez de chiripá, que generalmente usan los campesinos, tenía el cuerpo envuelto en un chal. Me dijo “buenos días”, pronunciando sus palabras seca y rápidamente, y convidándome, en seguida, a que tomara asiento.

-El agua fría es muy mala para la salud a esta hora -dijo-. Tomaremos un cimarrón

Había un sonido tan áspero en su habla que pronto colegí que sería extranjero, o por lo menos que vendría de una región análoga a nuestros condados de Durham Northumberland.

-Gracias;  un mate es siempre muy aceptable. En ese respecto, si no en otros, yo soy un puro oriental -dije, pues deseaba que todos con los que me encontrara por el camino supiesen que yo no era paisano.

-¡Tiene razón, amigo! -exclamó-. El mate es lo mejor que tiene que ofrecer este país. En cuando a la gente, no vale un comino.

-¿Cómo puede usted decir semejante cosa? -repliqué-. Usted tal vez sea extranjero, pero su mujer, seguramente, es oriental.

La Juno de la paila de grasa sonrió y arrojó un cucharón lleno de grasa en el fuego como para hacerlo crepitar; posiblemente lo hiciera a modo de aplauso.

Él hizo un movimiento despreciativo con la mano en la que tenía el punzón que usaba para su trabajo.

-Tiene razón, amigo, ella es oriental -contestó-. Las mujeres -como el ganado vacuno- son más o menos lo mismo en todas partes del mundo. Tienen su valor dondequiera que se encuentren, sea en América, Europa o en Asia. Eso ya lo sabíamos. Yo hablaba de los hombres.

-No encuentro que usted les haga entera justicia a las mujeres; “La mujer es un ángel del cielo- dije, repitiendo aquella antigua canción española.

Soltó una corta carcajada.

-Eso está muy bien para cantarlo con la vihuela.

-Hablando de vihuelas -dijo la mujer, dirigiéndose a mí por primera vez, ¿por qué no nos canta una cosita? Ahí está la vihuela detrasito de usté.

-Señora -repuse-, yo no la toco. Un inglés sale al mundo sin el deseo común a la gente de otras nacionalidades, de hacerse afable a los que encuentra por su camino; es por eso que no aprende a tocar instrumentos de música.

El hombrezuelo me miró fijamente; entonces, desembarazándose deliberadamente de la cincha, las hebras y los otros implementos, se levantó, se adelantó hacia mí y me ofreció la mano.

Su gravedad por poco me hizo reír. Tomándole la mano, dije:

-¿Qué quiere usted que yo haga con esto, amigo?

-Dele un apretón. Somos compatriotas.

Entonces nos dimos un fuerte y largo apretón de manos en silencio; su mujer nos miró sonriente mientras revolvía la grasa.

-¡Mujer! -dijo volviéndose a ella-. Deja esa grasa hasta mañana. Hay que pensar en el almuerzo. ¿Tenemos carne en la casa?

-Medio carnero…, solamente.

-Eso bastará para una comida. ¡Mirá, Teófilo! Corre y dile a Anselmo que agarre dos pollos… que sean gordos, ¿eh? Que los desplume en el acto. Tú puedes ir a buscar una media docena de huevos para que tu madre los ponga en el guiso. Y oye, Felipe, anda tú a buscar a Cosme y dile que ensille al rosillo y que vaya inmediatamente a la pulpería. ¡Bueno, mujer! ¿Qué es lo que necesitamos? ¡Arroz, azúcar, vinagre, aceite, pasas, pimienta, azafrán, sal, clavos de olor, cominos, vino, coñac…!

-¡Un momento! -grité-. ¡Si a ustedes les parece necesario mandar comprar provisiones para un ejército para darme de almorzar, debo decirles que en cuanto a coñac, ¡eso sí que no! Nunca lo toco…, en este país.

Me dio otro apretón de manos. 

-Tiene mucha razón -dijo-. Uno siempre debe beber lo que beben los habitantes del país en que uno se encuentra, aunque sea poción desagradable. Whiskey en Escocia, en la Banda Oriental caña… Esa es mi regla.
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