domingo

LA CONVERSACIÓN CONSIGO MISMO DEL MARQUÉS CARACCIOLI (11)


EL LIBRO QUE JOSÉ GERVASIO ARTIGAS RELEÍA TODOS LOS DÍAS EN IBIRAY
(Fragmentos del capítulo VIII de Artigas católico, segunda edición ampliada con prólogo de Arturo Ardao, Universidad Católica, 2004)

por Pedro Gaudiano

APÉNDICE 9

La conversación consigo mismo, por el marqués Caraccioli 

ANTOLOGÍA DE TEXTOS 

PRÓLOGO DEL AUTOR (2)

¡Qué sorpresa, aunque mejor dicho sería qué espanto no causa cuando se considera entre tantas criatura pensativas (!), derramadas por el universo, cuán pocas son las que piensan realmente! El alma, semejantes a aquellas noblezas antiguas que viven desconocidas y en la oscuridad, parece que ha perdido sus títulos, ejecutoría y privilegios. Nuestras ciudades parece que sólo contienen en su recinto autómatas que saben manejar sino naipes, hacer algunos gestos y proferir algunas palabras, o hacer ciertos sonidos. ¿Qué significan efectivamente las conversaciones del mundo? Pero no hablemos de ellas por el honor de la humanidad. Todo lo que yo sé es, que el mundo que forja un espectáculo de sus asambleas, y que se envanece con ellas, debería tener vergüenza de comprometerse de tal modo.

La conversación consigo mismo, muy diferente a aquellas en que sólo se habla del malo o buen tiempo, de la lluvia, de las modas y vanidades, le acuerda al hombre su origen, y le da a conocer toda su existencia y todas sus facultades. No pretendemos que ninguno se envanezca con un nacimiento quimérico, o con una dignidad fútil, a imitación de un cierto obispo francés, que exclamaba al morir: ¡oh Dios mío, tened lástima de mi grandeza! Al contrario, deseamos que el alma sea honrada, y goce todos sus privilegios. La elevación que saca su origen de las distinciones del mundo es soberbia, y la que nace de nuestra intimidad con Dios es verdadera dignidad. Sólo aquel que se conoce conversa bien consigo mismo, y ninguno se conoce sino aquel que se mira en el Ser supremo que nos ha criado.

¡Qué idioma tan extraño para los hombres carnales, para esos que no estiman otra gloria que la de abandonarse a las vanidades de la tierra! ¿Cómo nuestro Yo mismo se hace esclavo de nuestras pasiones aquel que debería tenerlas subordinadas, y hacerse respetar de ellas como soberano? (!) En lugar de imitar a un piloto que gobierna a un navío, y conoce todas las partes que le componen, para hacer un buen uso de ellas cuando lo necesite, dejamos que vaya errante por todas partes nuestro ser, al arbitrio de las tempestades, y nos arriesgamos riendo a nuestro propio naufragio.

No lo dudemos, todas estas desdichas nacen de que hablamos mucho y pensamos nada, o muy poco. Nos difundimos o derramamos en una estéril copia de palabras, y no hacemos caso de la primera, y más noble función de nuestra vida, que consiste en pensar. Cuan en vano solicita continuamente nuestra alma instruirnos, la sofocamos, y obramos como si no tuviéramos mayores enemigos que nosotros mismos.

Únicamente para curar a los hombres de esta preocupación epidémica he emprendido esta obra. ¡Qué prodigio tan grande haría si lograse reconciliarnos con nosotros mismos, y convencernos de que el alma desprendida de las pasiones y de los sentidos es nuestro mejor amigo! Sólo mirada por este lado la consideramos cuando hacemos su elogio.

La materia que yo trato requería sin duda más perspicacia y extensión, pero yo creo que en un siglo tan disipado como el nuestro, es preciso ofrecer al público obras metafísicas o moraliades (¡) con mucha precaución y discernimiento. En esta suposición me he acomodado al tiempo, y he debido hacerlo; porque de otro modo sería preciso ir a buscar lectores al otro mundo.
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