domingo

LA CONVERSACIÓN CONSIGO MISMO DEL MARQUÉS CARACCIOLI (10)


(Fragmentos del capítulo VIII de Artigas católico, segunda edición ampliada con prólogo de Arturo Ardao, Universidad Católica, 2004)

por Pedro Gaudiano


APÉNDICE 9

La conversación consigo mismo, por el marqués Caraccioli * 

ANTOLOGÍA DE TEXTOS 

PRÓLOGO DEL AUTOR (1)

Comúnmente se cree en nuestros días, que acordales (sic) (1) a los hombres lo que son es hacerlos misántropos, o aborrecedores de su especie, porque nadie conoce en sí mismo sino un humor o genio que se toma por el alma. Nuestra metafísica, en consecuencia de esto, sólo nos sirve para inventar definiciones inútiles, cuando debería desprendernos de los objetos materiales, y elevarnos hasta el Ser increado.

Nosotros ya no somos aquel hombre, obra primorosa de Dios, nacido para vivir una vida absolutamente espiritual, cuyos afectos e inclinaciones se limitan en la tierra, y circulan sobre cosas frívolas. Sin embargo de esto, ¿cuántas riquezas hay depositadas en la esencia no más de este Yo mismo, de quien vamos a hablar? ¿Cuántos medios de conversar con nosotros, cuando sabemos preguntarnos y examinarnos? La Conversación supone a lo menos dos personas que discurren entre sí, y que ya se conforman, ya se oponen; de este propio modo experimentando dentro de nosotros un Yo no sé que ya nos aconseja, ya nos reprende, ya quiere, y ya no quiere, podemos sin dificultad ni contradicciones conversar interiormente.

El hombre, esto es, una criatura por una parte toda espiritual, y toda material por la otra, nos ofrece pensamientos y afectos, ideas y percepciones, deseos y necesidades, virtudes y pasiones, cuya unión o contraste forma en cada uno un mundo abreviado, y el emblema de todas las sociedades. 

Inútilmente existen, y se suceden nuestros pensamientos, si no tenemos gran cuidado en coordinarlos, y hacer de ellos un todo que discurra, combine, calcule y nos guíe, según las varias ocurrencias; esta es la operación que llamamos conversación consigo mismo.

Todos tenemos tres géneros de virtudes y pasiones: pasiones y virtudes de temperamento, de amor propio y de interés. Este es el grande móvil que pone en movimiento a todos los hombres, que lleva al uno a la corte, y al otro al claustro, que arroja a este en el tumulto del mundo, y fija a aquel en su gabinete o estudio.

No hemos de creer que las virtudes pierden algo de su mérito y sublimidad en una definición (!), que al parecer las confunde con las pasiones; el amor propio, como amor de sí mismo, nada tiene que no sea bueno, y en este sentido produce virtudes. No hay hombre alguno que no obre con la esperanza del premio, pues el mismo David le dice al Señor, que observa su ley, en confianza del premio que le ha de dar propter retributionem.

Siendo esto así, todos conocemos, por medio de nuestro temperamento, de nuestros intereses y de nuestro amor propio, aquello que puede ensalzarnos o abatirnos, ennoblecernos o degradarnos, alegrarnos o afligirnos, y aplicarnos o distraernos: quiero decir, por último, que todo esto es lo que puede formar una verdadera conversación. Las conversaciones del mundo no tienen otros objetos.

La Conversación consigo mismo no es una de aquellas quimeras que se nos figuran reales o verdaderas, favorecidas por algunas palabras o términos de metafísica; existe realmente en cada uno de nosotros, cuando queremos consultarnos. Todos los hombres han nacido para la sociedad, de modo que no habría solitario alguno, si no hallásemos en nosotros mismos medios de conversar interiormente, cuando no podemos hacerlo con nuestros iguales. ¿Pero qué necesidad hay de probar una conversación que se ignora sólo porque disipamos? Los que viven dentro de sí mismo entenderán seguramente este lenguaje, y los que se abandonen al torrente tumultuoso del mundo, no leerán ciertamente esta obra, y será sin duda el mayor número.


Notas

(*) (Louis-A.) Marqués CARACCIOLO, La conversación consigo mismo, trad. del francés por Francisco Mariano Nifo, Madrid, Imprenta de Francisco de la Parte 1817.
(1) Aquí y en otras partes del texto se utiliza el verbo “acordar” con el sentido de “recordar”, como claramente surge del contexto.
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