domingo

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (13)


II (3)

A pocos pasos de la lona, dos o tres parejas, de espaldas en el suelo, conversaban mirando las estrellas. Don Pedro se sentó al lado del comisario. Clorinda le cedió un banco de ceibo.

-¿A qué no ves una centeya? -desafió a Don Pedro la mujer

La rubia se apartó de don Nicomedes para mirar más cómodamente el cielo.

-Es más fácil ver una centeya que dar con una mujer fiel -murmuró don Pedro por lo bajo, para que sólo la muchacha lo oyese.

Clorinda, como si el hombre no hubiera hablado, continuó:

-Pescá una centeya y pedile que te dé alguna cosa. Esta noche te la promete, si tenés buena vista, y mañana la tenés…

Cruzó el firmamento una estrella fugaz.

-¡La viste, la viste! -gritó Clorinda señalando el cielo-. ¿A qué no le pediste nada?

-¡No me dio tiempo, la chúcara! -dijo don Pedro, mirando el magnífico cielo estrellado.

-¡Yo le pedí una cosa! -aseguró la muchacha.

-¿Qué? -curioseó don Nicomedes.

-¡Plata, que es lo que me hace falta!

-¡Ta que sos interesada, Clorinda! -le reprochó don Pedro.

Secundina y Matacabayo, separados del grupo, mateaban a gusto y en silencio. Cuando le tocó el turno a Kaliso, éste dio las gracias. No produjo buen efecto aquella negativa de seguir la rueda. Don Pedro, en cambio, aceptó, y con la bombilla en la boca, se dejó oír:

-Conque pedís plata a las estrellas, Clorinda, ¿no?...

La muchacha -conocía muy bien al director- comprendió que el reproche ocultaba algún plan desagradable.

Se quedó pensativa y miró a su hermana inteligentemente.

Cacarearon los gallos de la comisaría. A pocos pasos pastaba un mancarrón y el resoplar de su hocico asustó a una de las pasteleras.

-¡Juera, bicho! -dijo, acompañando su palabra con un ademán.

Poco a poco iban desapareciendo los de la rueda. Las parejas distantes de la carpa seguían conversando. Tres troperos y algunos peones. El comisario aseguró que caía rocío y que el relente de la noche lo ponía ronco al día siguiente. Se levantó, mirando a Kaliso, dormido, con sus enormes pies al aire.

-¡No le han doler las tabas al dormir!... -aseguró Clorinda, poniéndose, asimismo, de pie.

Don Pedro siguió al comisario, haciendo sonar las botas en el yuyal.

A pocos pasos de la carpa habló don Nicomedes:

-¡Van a tener que pensar en marcharse, amigaso! -le dijo-. Esto no puede seguir así. Unos días está bien, pero…

-Yo creo lo mismo, comisario; esto no da para mucho tiempo…

-No, por mí podían quedarse pa siempre, pero tengo miedo que alguno medio seriote me presente queja. Hay gente que no entra por esas cosas.

-Yo digo -se explicó don Pedro- por qué no variamo el programa. Pero, ¿de qué pueden quejarse? ¿No les pago el alquiler de la plaza?

-Sí, pero no p’hacer de esto lo que están haciendo -dijo el comisario, parándose de golpe.

-¿Qué hacemos? El circo no puede ser mejor para un caserío como este…

-No se enoje, mi amigaso, y no se haga el desentendido… Yo le hablo del cojinche ese que están armando… ¡Eso no puedo tolerarlo por mucho tiempo, canejo! -retrucó don Nicomedes con voz ronca.
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