domingo

EL DÍA QUE AMALIA DE LA VEGA CANTÓ SÓLO PARA MÍ




por Eduardo Rivero


Allá por 1966, mi prima Marta -siempre un tiro al aire- decidió vender discos a domicilio, equipada con un ajado portafolios y un catálogo del sello Antar-Telefunken, hoy desaparecido. Le vendió a mis viejos unos cuantos discos clásicos con obras de Vivaldi, Bach, Beethoven y algunas deliciosas y etéreas piezas de piano de Debussy. Pero la compra también incluyó el disco Mate amargo de la folclorista Amalia de la Vega, una mujer de bellísima voz, cuyo canto engalanaba el pequeño parlante del combinado Philips ubicado en el living de casa. Un mediodía, disco en mano, mi vieja me reveló un dato que me sorprendió.

-Esta señora es la tía solterona de tus amigos, los de la casa grande, donde vas a jugar al fútbol.

-¿La tía Perla de Jaime y Guzmán Mateo?

-La misma. Le dirán Perla, pero es ella…

La tía Perla ocupaba un pequeño apartamento en el piso superior de la casona donde vivían los Mateo-Martínez, en Francisco Simón y Mateo Vidal. ¿Esa señora era la cantante que a mis 14 rockeros años era capaz de conmoverme? Nada delataba exteriormente en ella a la famosa artista. De pelo entrecano, alta pero algo obesa y de una timidez casi enfermiza, tenía, eso sí, un rostro que denotaba haber sido inmensamente bello en sus años juveniles. Vestía, además, con absoluta sencillez y jamás usaba maquillaje.

Una tarde de verano me encontraba sentado en el murito delantero de casa, ensayando mis primeros torpes acordes en la guitarra, cuando vi venir a Perla, como cada día, camino al almacén.

-¿Así que sos músico? -preguntó, deteniéndose y esbozando una leve sonrisa.


-No, “rasco” un poco. Usted es música -afirmé sin mirarla a los ojos.


-¿Yo? ¿Quién te dijo? -respondió en voz baja, tomada por sorpresa.


-En casa hay un disco suyo: Mate amargo. Me gusta mucho esa canción -agregué también en voz baja.


-¿Y sabés tocarla? -preguntó interesada.


-No… ni idea.

Perla tomó asiento a mi lado y miró para todos lados, comprobando la ausencia absoluta de vecinos, dado que era la hora de la siesta y el calor insoportable.

-A ver, pasame un segundo la guitarra -pidió con súbita convicción.

Colocó el acorde de mi menor en el diapasón y se lanzó a cantar Mate amargo, milonga de su autoría en música sobre un texto de Tabaré Regules. Ocurrió un milagro. Mis 14 años olvidaron el rock y el mundo entero no fue más que ese murito con esa señora gorda cantando con la voz más maravillosa que haya escuchado desde esa cercanía en esta vida.
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