domingo

MARÍA JOSÉ BRUÑA DESDE SALAMANCA


FERNANDO AÍNSA: CUANDO EL PASADO DUELE DEMASIADO

Fernando Aínsa, Capitulaciones del silencio y otras memorias. Zaragoza: Olifante (Papeles del Trasmoz), 2015. 87 páginas.

Afirma el filósofo Reyes Mate que la memoria, como noción teórica, es una de las categorías más inestables y resbaladizas, más frágiles de los siglos XX y XXI, a pesar de ser también una de las categorías políticas más decisivas de nuestro tiempo. Ha sido vista como menor porque es subjetiva, porque neutraliza la objetividad, porque produce sentimientos y emociones. Eso es precisamente –la emoción y la memoria poética- lo que interesa a Fernando Aínsa en su inusual libro Capitulaciones del silencio y otras memorias (2015).

Cuando el pasado, reciente o remoto, duele demasiado, no podemos mirarlo cara a cara. Es preciso dejar de pensar en él, dejar de recordarlo o escribirlo para poder vivir. Jorge Semprún hubo de esperar años para poder escribir el trauma: ante la disyuntiva escritura o vida, escogió la segunda. El tamiz del tiempo es preciso para que nuestra mirada frontal, aunque siga conmocionando, escociendo, sea curativa, terapéutica, sanadora. Por otra parte, hay una diferencia entre recordar los hechos y hacer memoria del significado. En este delicioso libro en prosa, Aínsa no sólo recuerda, sino que hace memoria del significado, “pasa dos veces por el corazón”. Y es que mirar hacia atrás puede ser no sólo curativo sino subversivo, no tiene por qué implicar menos progreso sino, al contrario, una mirada más lúcida hacia el futuro.

Sabido es que el duelo comporta silencios, vacíos, fragmentación, amnesia y textos como los de Joan Didion, Roland Barthes, David Rieff o Marcos Giralt Torrente así lo confirman. Fernando Aínsa, escritor de fecunda trayectoria, escribe, desde la distancia, un libro de duelo. ¿Cuál es la pérdida? La vida misma. Esa vida que es falta, merma, extravío pero también es ganancia, tesoro, reliquia. Capitulaciones del silencio y otras memorias recupera un pasado dormido, adormecido por la vorágine del vivir y lo hace con una exquisitez lírica y una emoción que nos sobresalta, nos envuelve desde la primera página. “Sólo recuerdo la emoción de las cosas. / Y se me olvida todo lo demás; / Muchas son las lagunas de mi memoria”, decía Antonio Machado. Este poemario no es sino un contenido florilegio de emociones perdidas.

Su autor, ensayista uruguayo que ha trabajado temas medulares como la identidad, la memoria, el espacio o el exilio en libros críticos imprescindibles como Del topos al logos. Propuestas de geopoética (2006) o Palabras nómadas. Nueva cartografía de la pertenencia (2012), escribe un libro misceláneo, híbrido, entre poesía y prosa, en el que trata de aprehender el pasado y capturar los quebrantos y delicias de la infancia, adolescencia, madurez. No podría haberlo escrito en otro momento. El tiempo tenía que transcurrir para describir con sagaz ironía los hábitos de su madre, la ausencia del padre, los objetos que configuran la memoria íntima del niño, del joven -una bufanda roja, un juego juvenil, un jersey negro, una moto-. Nada queda al azar, nada se olvida: la militancia política de izquierdas, el exilio y sus dolores, la orfandad, el amor que sólo podía intuirse duradero entonces, la muerte de una hermana, pues, como afirma Lévinas, no existimos nunca en singular. Lo “menor” se erige, de pronto, en lo troncal, lo que vertebra y conforma toda una vida. Es un libro conmovedor, salido de las tripas, visceral, pero tamizado por la experiencia, atemperado por el lenguaje –“máxima eficacia emocional con el mínimo de retórica”, afirma acertadamente su prologuista Juan Domínguez Lasierra. 

En sus textos el silencio se rinde, claudica, capitula dando paso a la palabra, al lenguaje -aunque tenga también el sentido de ‘acto de morir’, como se explica en “Papá se topa con el muro”-. Se da paso al recuerdo del pasado y su verbalización, a lo que apuntan las dos citas iniciales de Emily Dickinson y de Miguel de Unamuno. Esto es un riesgo y la voz poética lo sabe. Da miedo mirar atrás, pero en el peligro sabemos que está el riesgo y la salvación al mismo tiempo y nos consta que una mirada poética hacia el pasado, como consigna Jacques Le Goff, puede ser más esclarecedora que una mirada histórica supuestamente más rigurosa o fidedigna. En estos poemas narrativos -o en prosa poética, no está muy claro y tampoco importa- se habla de la memoria íntima, personal, familiar, fracturadas, como en el emocionante “El jersey negro tejido por mi hermana”. Es una memoria “intrahistórica” de un objeto y su simbolismo -como lo es en el sentido del ridículo palpable en “La bufanda roja”-; de un objeto y su tacto, su afecto esencial -el fraternal- aunque se proyecte a una memoria colectiva: la del exilio, la de la guerra que lo forzó: “historia de mi hermana tejiendo, / esperando que yo cruzara aquellas navidades el Atlántico” (pág. 20). 

La autocrítica con su pasado intelectual de pose existencialista hace acto de presencia y la voz poética se da cuenta de que lo pequeño borra lo grande, de que la memoria personal engulle la colectiva: “la muerte de mi hermana borró el pasado / como si se hubiera llevado consigo la memoria” (pág. 22). En “Mamá sentada en el sofá con un vaso de whisky en la mano”, la madre rememora y teje también a su manera ese pasado deshilvanado: la infancia, el hermano republicano muerto en la guerra civil, etc…y el pasado es aquí refugio, protección del “duro presente que nos acongoja” (pág. 29). Hay también espacio para los primeros impulsos eróticos, para recordar el deseo acuciante de la pubertad en “Dora, Dorita”, donde aparece el despertar de los sentidos ante la sensorialidad de un “chorro de orina espléndido, / que imaginaba dorado” (pág. 32) o en “Nefertiti en el salón”, en el que asistimos al deslumbramiento ante la perfección de la belleza femenina. Estos dos últimos textos contienen la melancolía del resto, de “lo que queda”, pero se combinan con un original toque humorístico que hace más digerible el pasado. Hay recuerdos uruguayos de juventud, junto a los españoles de niñez y adolescencia, como en “Ver pasar autos sentados en la acera” en la Rambla de Montevideo o “Regreso a Montevideo por una noche”. En este último, una moto remonta el tiempo, descuenta años y lleva a la juventud y la amistad de entonces. El deseo de volver atrás y permanecer en el pasado se da cita también en “La casa de aquella infancia”. Hay, no sólo belleza en el pasado, también rencor, melancolía, resignación -tras la quiebra del padre en la madre, por ejemplo-. Muy especial es también la écfrasis y homenaje al amor compartido en “Santo Domingo de los Colorados” o “Papá se topa con el muro”. Esa sublimación del pasado, ese deseo de quedarse instalado, inmóvil, en la luz, en los “días azules” donde la madre es siempre joven, la hermana prematuramente muerta sonríe sin cesar y el padre regresa es un leitmotiv a lo largo del libro. 

En definitiva, esa necesidad de recordar se plasma en algunos textos con mayor aquilatamiento y búsqueda de precisión y pureza, en otros con un humor desmitificador como estrategia para mirar el desarraigo y la pérdida. Es un libro luminoso, hondo y conmovedor que cierra un círculo y abre extraordinarias vetas para el ensayista y creador uruguayo cuya versatilidad creadora sigue sorprendiendo por su capacidad para ir a la raíz de las cosas.
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