domingo

LOS RECOVECOS DE MANUEL MIGUEL (15) - Desbocada reinvención de la vida de Manuel Espínola Gómez.



Hugo Giovanetti Viola

Primera edición: Caracol al Galope, 1999.
Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes, 2016.


CUARTA PUERTA: EDUARDO FABINI (3)

-Qué peligro -suspiró Fabini mientras caminábamos hacia La Cruz del Sur. -Este muchacho es capaz de ponerse a corregir ahora mismo y terminar mandando el cuadro al diablo. ¿Se enteró que Circo el mediodía acaba de ganar un premio en el Salón Municipal, además de recibir el reconocimiento de la crítica?

-Sí -cabeceé, enervado por la alusión al diablo.

-Bueno, fíjese que a esa tela se la tuve que sacar de las manos y encuadrarla y presentarla al Salón por mi cuenta. Porque a Manuelito no lo conformó nunca. Y ahora ando tratando de venderle otras obras allá en Montevideo, a ver si puede hacer unos pesos. Porque acá trabaja solamente pintando carteles. Eso sí: la plata siempre va a dar a manos del padre, para parar la olla. Pero viven en una pobreza que no tiene nombre. Manolito produce poco, además. Yo lo pincho para que saque apuntes de lo que se va extinguiendo en el campo: las mangueras de piedra o los tipos característicos del pueblo. Muere todo un mundo allí. Pero en fin, los muchachos con condiciones a veces son caprichosos y no hay vuelta que darle. Ellos llevan algo que se podría llamar EL PAISAJE ESENCIAL en la sangre y esa palpitación es lo que les marca el compás del trabajo. En cambio nosotros tenemos que vivir parando la oreja continuamente para que la naturaleza nos dé el tono. Escuche, escuche a ese sabiá que hay en la jaula del vecino. Ese es un sabiá del Litoral: tienen un fraseo distinto que los de las sierras.

Ya hacía mucho calor. Media cuadra antes de llegar al almacén de José García nos cruzamos con un tambaleante muchacho pelirrojo que no me saludó.

-Oiga -insistió Fabini, torciendo la cara hacia una explosión de chicharras. -Ese es el sonido inspirador del comienzo de Campo. Todo el mundo cree que el comienzo representa el amanecer, pero el comienzo es eso: la siesta. Y el inicio de la Melga sinfónica apareció por una espantada de teros.

En la Cruz del Sur todavía estaba fresco, y nos sentamos al lado del mostrador y pedimos un jerez y una caña de La Habana. García adjuntó un plato con queso semiduro para picar,

-Salud -sonrió el maestro. -Pienso que Manuelito pintó su segundo gran cuadro y que además quedó contento de veras. No creo que lo estropee.

-¿Usted cree en el diablo, maestro?

Fabini no se inmutó, pero cerró un momento los ojos para madurar la respuesta.

-De lo que estoy seguro es de que hay alturas del alma donde eso que llaman el diablo o los lobizones de Yemanjá o las Gárgolas empelucadas ni siquiera se meten, mijo. Porque saben que no tienen lugar.

-Brindo por las alturas.

Fabini no tomaba más de una copa, y respeté la costumbre.

-Vamos a tener que apurar el paso -ordenó mientras nos incrustábamos en el sopor de la vereda. -Porque ya debe estar la comida pronta.

-¿Su mujer cocina? -me atreví a preguntar, recordando el rostro de la ventana.

-Sí. Pero ella se quedó en Montevideo, esta vez.

No pude decir nada.



Estamos en el Tasende Bar: Fabini es cincuentón y Manolo setentón. Yo ni siquiera existo del todo.

-Hágame caso, maestro. Pruebe la muzzarella al tacho -insiste Manolo, levantando el brazo hacia el mozo para que traiga otra porción. -Si uno viene al Tasende es para comer la especialidad de la casa, ¿no?

Y me da una palmadita en la cabeza. Fabini parece preocupado.

-En este momento Calcavecchia ya debe haber empezado a pasar en limpio Campo -dice. -No sé cómo caí en la imprudencia de entregar los originales antes de tener la total seguridad de que estaban bien. Lo que pasa es que me empujaron tanto que al final me hicieron perder hasta el sombrero. Y ahora estamos embromados.

Yo pido mi segundo vaso y observó el nácar compacto que cubre las ventanas. No es la luna, pienso: es el alba de París. Lo que tendría que hacer es salir a gritar por ahí que preciso un cigarrillo. Porque me siento triste de verdad.

-Gracias -le dice Manolo al mozo, y engulle un triángulo de hervor elástico casi sin masticar.

Entonces veo a la muchacha, recortada celestemente en la vereda. No le distingo muy bien las facciones, pero sé que ha venido a ofrecerme un Peter Stuyvesant. Me lo tira desde afuera y Fabini rezonga:

-Pero si yo tengo Sinniko, mijo.

Enseguida llega otra muchacha que tiene un largo pelo cobrizo y una traje de fiesta con mucho escote.

-La desnudez no es mala, maestro -dice Manolo. -Yo viví siempre en cueros y aquí me ve: con más paz de conciencia que un vagabundo.

Entonces miro a la segunda muchacha y le digo sin hablar:

-Yo vivo siempre con la misma ropa. No es que esté sucio. Nunca se lo quise explicar a nadie, pero no tengo más que esta ropa.

La segunda muchacha empieza a fosforecer y le comenta a la otra:

-Fijate vos. Quiere decir que no era por suciedad que me miraba tanto el escote.

Y entran al Tasende y se sientan a tomar cerveza.

-Me parece que llegó la Hortensia loca, maestro -murmuro. -No la quiero ver más. Dígale que se vaya.

-¿Pero dónde diablos la ve? -se alarma Fabini.

-Allá. Contra la ventana que da al Palacio Estévez. Son dos. Pero la Hortensia Loca es la que lleva el traje color almíbar.

-Yo lo que veo en aquella mesa es un jardín del cabo y un jazmín del país capaces de conquistarme más que la misma Fonte. Y recién ahora me doy cuenta que a los jazmineros habría que regarlos con espuma de cerveza.

-Todo es investigativo -sentencia Manolo. Y casi me grita: -No se cague, carajo. Y descubra lo que tiene que descubrir, a ver si la Sacratísima Humanidad no se nos termina de ir a la mierda!!!!

Prendo el cigarrillo y miro a la segunda muchacha. No tiene nada de diablo y sus pupilas de plata me perdonan y me abrigan con una densidad más carnal que estrellada. El tesoro, pienso: Todavía no terminamos de salvar el tesoro.
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