domingo

LOS RECOVECOS DE MANUEL MIGUEL (13) - Desbocada reinvención de la vida de Manuel Espínola Gómez.



Hugo Giovanetti Viola

Primera edición: Caracol al Galope, 1999.
Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes, 2016.

CUARTA PUERTA: EDUARDO FABINI (1)

VAMOS ANDANDO en bote por el Mataojo, y manolo rema. Fabini transpira en el centro del bote, con un traje muy blanco y un sombrero de ala dura dibujándole un perfecto antifaz. Manolo usa boina.

-Qué los parió a los gringos -digo. -No llegamos más. ¿No querés que reme un rato, loco? Te vas a reventar la columna.

-Déjese se embromar -tuerce la boca el hombre alto, que esta mañana no se afeitó la maleza con resplandor de azúcar. -Dentro de un rato me tomo otra aspirina y chau.

-Cuesta -dice Fabini. -Cuesta tanto llegar a la Fonte. ¿Usted que edad tiene, mijo?

-No me acuerdo -murmuro.

-Yo ya tengo 40. Y si no llegamos pronto se me va a reventar el corazón sin haberlo hecho cantar como la tierra pide.

-FONTE A LA VISTA!!!! -grita Manolo, señalando una especie de pequeña cascada color almíbar que fluye sin moverse y paraliza el curso del arroyo.

Entre los talas y los sarandíes asoman cabezas de aborígenes, gauchos y curas que parecen lavarse los ojos con el ORO. En la orilla hay niños y mujeres desnudas, bañándose silenciosamente.

-¿Y? -pregunta Fabini. -¿Valía la pena el viaje?

-Coño -me animo a decir. -Uno siente que los que están mirando tienen su verdadero rostro a flote.

-Ah Tololo -se ríe el Peludo. -Cortó como pa diez.

-Campo -suspira Fabini. -Esto es el CAMPO, mijo. Ahora tengo que cargarlo hasta allá. Duele tanto que mortifica.

-Che, Manolo -me doy vuelta agitando un índice acusador. -Me parece que esta luz ya la pintas en los cresponarios, sinvergüenza.

-Eso lo dijo Guillermo Fernández -se defiende el hombre alto. -Yo no me bato el parche. Y además uno puede andar buscando otra cosita. Algún poema, por ejemplo.

Y alza las cejas y fabrica una trompa con bamboleante picardía.

-Bueno -ordena Fabini. -Hay que pegar la vuelta. A cuidar el tesoro, mis amigos.

Y se hunde el sombrero hasta el tronco de la oreja. Entonces Manolo se traga otra aspirina, rema para dar vuelta el bote y de golpe me observa desorbitadamente.

-NO TRAJISTE SOMBRERO, ANIMAL!!!! -me fulmina. -¿NO SABÍAS QUE EL SOLAZO NO PERDONA?

Y se cala la boina hasta la nariz y yo siento que el color del tesoro empieza a chorrearme rostro abajo, ilevantablemente.


Esta vez había abierto la puerta del cuadro y entrado en una pesadilla de la que emergí sudando hielo. Estaba acostado en una de las camas instaladas por Fabini en La patria vieja, su rancho solisense para huéspedes. Escuché pájaros y un siseo de hoz y caminé hasta una ventana que derramaba filos de luz primaveral. Viché a través de la separación de las cortinas y descubrí a Fabini parado frente a un jazminero; usaba traje negro, camisa rayada y corbata de moña. De espaldas a él -a unos dos o tres metros- un quintero harapiento segaba el pasto.


Entonces el hombre sesentón entorna unos ojos telúricamente curvados hacia abajo y recita:

-En una de esas mañanas / de esas mañanas muy blancas / que parecen tener francas / ingenuidades de hermanas / en una de esas mañanas / al pie de ese mismo pino / se dieron el primer beso / y partieron su destino / con una sola palabra.

Y se besa los dedos y roza el lomo del árbol como quien acaricia un aroma de novia.


Me vestí y salí. El maestro me escuchó y vino a darme la bienvenida con su verdadero rostro (el de las reverencias a las carnes florales) a flote. Usaba una colonia raramente viril.

-Este es Despacito -dijo, señalando al quintero.

El pequeño hombre rotoso se levantó y me dio la mano en cámara lenta, mientras murmuraba:

-Es un ho-nor.

Entonces Fabini me ofreció el brazo y caminamos hasta el jardín donde llevaba dos días posando para Manolo, bajo uno de los enormes ombúes.

-El pintor ya debe estar por llegar -informó. -Cuando se dedica no hay necesidad de ir a despertarlo. Bueno, usted tiene que desayunar.

-Yo tomo sólo mate.

El maestro me clavó una mirada de cristalización lacrimosa y advirtió:

-Mire que yo uso pava. Podremos estar en 1940 y los extraños podrán seguir inventando máquinas muy modernas para chicharrar el mundo, pero yo sigo usando la pava.

-No hay problema ninguno.

-¿No tendría la amabilidad de sentarse a esperarme allá abajo del ombú? Porque me levanté a tomar mate antes de aclarar pero después salí y fui dejando para más tarde ordenar algunas cositas que tengo por ahí.

Apenas me quedo solo -escuchando la orquestación del pajarerío y el chasquido de la hoz que se acerca desde el fondo- el sol parece tensarse como una seda sobre un par de caderas encantadas. Entonces veo a la mujer de facciones hermosas que observa el jardín apoyada sobre la ventana de la casa: una especie de almíbar moribundo le resplandece entre las arrugas, y tengo la certeza de que aquella va a ser la última vez que resueñe lo que no vivió. El sol flamea empañadamente sobre el filo de su cara de muchacha y yo me escapo a sentarme cuidándome de no cambiar un milímetro de lugar la silla vangoghiana.
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