domingo

LA CONVERSACIÓN CONSIGO MISMO DEL MARQUÉS CARACCIOLI (6)


EL LIBRO QUE JOSÉ GERVASIO ARTIGAS RELEÍA TODOS LOS DÍAS EN IBIRAY

por Pedro Gaudiano

6 / Artigas y su vida de oración

Muchos autores, según se ha visto, coinciden en afirmar que Artigas en el Paraguay vivió en medio de una gran austeridad. A principios de 1904 Thévenet conversó en Trinidad (antes Ibiray) con hombres viejos del lugar que habían conocido a Artigas. Años más tarde, escribía: “Encorvado, pensativo, con paso lento y fatigoso, una mañana, como casi todas, Artigas, salía de su rancho y se dirigía al famoso árbol a cuya sombra iba frecuentemente a pasar -se dice- largas horas de meditación” (41). En esas largas horas de meditación a la sombra del ibirapitá, es muy probable que el Prócer, haya buscado inspiración en La conversación consigo mismo. Seguramente se regocijaría en su interior al leer:

“Oh cuántas contradicciones hay en nuestras costumbres y en nuestra fe! Adoramos por ejemplo un Dios que se humilló hasta querer nacer en un pesebre, y vivir pobre hasta no tener alguno donde recostar la cabeza, y nosotros queremos habitar en palacios, poseer tesoros y gozar de todos los gustos” (42),

El anciano veía reflejados e interpretados en aquella obra sus largos años en soledad en Curuguaty: “Es superior sin duda alguna, la conversación con nosotros mismos, á cualquiera otra conversación, y su preeminencia determinó á tantos hombres venerables á desterrarse de la común sociedad, y á no conocer otra que la que formaban en su interior” (43).

Sin duda Artigas pensaría en la muerte, en sus disgustos y achaques, y en la caducidad de las cosas terrenas. Esos pensamientos se verían reflejados por Caraccioli:

Muchas veces reflexiono yo, (y esta reflexión es para mí mucho más agradable que todas las riquezas y los honores) que dentro de muy pocos días no quedará rastro alguno de las cosas que me atraen y enamoran acá en la tierra, y que, prontamente separado de esta vida y ya enterrado, tendré la misma suerte que los mayores monarcas y que no habrá otra diferencia de ellos á mí, cuando más y mucho, que un vano é inútil mausoleo. (…) ¡Ay de mí! ¿Qué es la vida más larga y más brillante? Acaso diez ó doce mil días, si cercenamos la infancia, el sueño y las inutilidades, y aun más, estos mismos días son continuamente atravesados por engorros, disgustos, achaques y sobresaltos” (44).

Pero la vida no acaba con la muerte, y sin duda también el Prócer tendría un íntimo deseo de unirse a Dios. “Cuanto más nos acercamos a él, tanto más deseamos íntimamente a ese Supremo Ser. (…) No hay duda, el hombre elevado a la contemplación de Dios, se hace ciudadano del cielo. (…) Por donde quiera halla rasgos del Ser Criador; le mira en la variedad de rostros” (45). “El Criador no formó los espíritus sino con el designio de conocerle y amarle, quiere que se asocien con él, que le hablen, que le pregunten, y si alguna vez no responde, es en castigo de haberse adherido demasiado a las criaturas” (46).

¡Cuántos hombres grandes hay que no tuvieron jamás otras lecciones que esa maravillosa comunicación! y con todo, no obstante su excelencia y su necesidad, la abandonamos por ir á sociedades frívolas, y alguna vez delincuentes. Parece que se nos ha impuestos la ley de no hablar de la Divinidad. No sale de nuestra boca el santo nombre de Dios, sino por sorpresa ó por interjección (!). No tenemos valor para pronunciarlo sino en los peligros. ¿Pero de cuando acá hay tanta flaqueza para invocar el Ser soberano, conversar de sus íntimas perfecciones, y contemplar las hermosuras eternas? Todo cuanto vemos, y todo lo que amamos, ¿no es obra de Dios? ¿y nosotros mismos aliento suyo, y su retrato?” (47).

Después de leer este libro, es muy probable que Artigas haya retenido lo que Caraccioli quiso trasmitir: “Nuestro intento no es otro que dar á conocer que la conversación con nosotros mismos conduce á la conversación con Dios” (48). No resulta aventurado afirmar, pues, que Artigas dialogaba o “conversaba” con Dios. Dicho en otras palabras, Artigas tenía una vida de oración, de trato personal con Dios.


Notas

(41) L. A. THÉVENET, De la estirpe artiguista…, p. 35.
(42) (L. A.) M. CARACCIOLO, La conversación…, p. 57.
(43) Ibid., pp. 14-15.
(44) Ibid., pp. 83-84.
(45) Ibid. pp. 2262-263.
(46) Ibid., p. 12.
(47) Ibid., p. 275.
(48) Ibid, pp. 270-271
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