domingo

LOS RECOVECOS DE MANUEL MIGUEL (11) - Desbocada reinvención de la vida de Manuel Espínola Gómez.



Hugo Giovanetti Viola

Primera edición: Caracol al Galope, 1999.
Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes, 2016.

TERCERA PUERTA: FLUENCIAS Y RECOCIJOS CILICIADOS, OBSCUROS PASADIZOS, TOCADOS LUCERNARIOS (2)

El General vendió el terreno en poco tiempo y compró una casa en el centro de Solís para que Manuelito pudiera ir a la escuela y estuviera más cerca de las tías paternas pero durante los últimos meses de permanencia en el rancho se dedicó a cuerpear meticulosamente la ansiedad del niño que buscaba a su madre detrás de las puertas e intentaba jugar con los pezones del padre hasta que el hombre prensaba los ojos volviéndose a enamorar del esplendor secreto de Evarista y alejaba a Manuelito con dulce sequedad y el día que se le ocurrió dibujarle perfiles con quepis y abultadas barbillas y sinuosas gargantas en papeles de estraza y hasta sobre la puerta del dormitorio para que el chiquilín se entretuviera repasándolos fue como si desflorara para siempre la piñata de un alma.


-Ya debe haber adivinado dónde estoy -se tapa la cara con la gorra El Pibe, y vuelvo a oírlo llorar. -Yo siempre me escondía aquí atrás cuando venían visitas y se tenían que pelar el anca pa encontrarme. Pero a mí lo que me jode no es que el General me sobe la badana porque nunca me tocó un pelo, ¿entendés? LO QUE NO QUIERO ES VERLO SIN BIGOTES!!!!

-Shhhh.

-ANDÁ A SABER ADÓNDE FUE A PARAR TU CARA, GENERAL!!!!

La cara del General batiendo el corazón de las yemas amembranadas y consteladas por el azúcar en aquella ceremonia casi religiosa como lo fuera antaño la partición de las sandías en la mesa familiar aderezada por Evarista y el revuelo de leche hirviente que coronaba el candial mientras el hombre viudo canturreaba Una y una y una / y una y dos son tres / contaban dos amantes / contaban al revés / contaban y contaban / y contaban veintitrés y la copla latía cremosamente en el reborde del cráneo-corazón de la memoria del niño que ya había atesorado el aura de la palabra abril indescifrablemente ligada a la brillantez tensa y plegable de la capota de un charret o la palabra febrero como la implantación de un misterioso soplo vehicular que acaso profetizara la próxima mudanza hacia el centro en la que el General dejaría atrás la desgracia en carne viva y Manuelito la celestísima aspereza de una primera infancia tan solitariamente orillera que la tarde que su madre lo llevó al poblado en pleno carnaval y le compró una paquete de serpentinas obligándolo a volver antes de que comenzara el festejo gregario el niño terminó haciendo flamear el papelerío contra los alambrados del crepúsculo y acaso comprendiendo ciegamente que la melancolía iba a ser la definitiva forma de la alegría que le destinaría el mundo.

-GARBANZO -llamó el General. -Salga tranquilo, mijo. Yo sé que usté está ahí.

Y sentimos retumbar las pisadas aplastando el pastizal y Manuelito no se saca la gorra de arriba del llanto y entonces ms decido a llevármelo a través del monte.

-Vamos a escondernos en Punta Gorda -explico. -Vamos para mi casa y allá decidimos qué hacer.

Manuelito me sigue con la gorra en la mano y el rostro rebrillando entre un sol horizontal que afila las contorsiones de los eucaliptos. El campaneo de las torcazas de Krypton empieza a diluirse. Y de golpe nos enfrentamos a un túnel con olor a pescado y no dudamos en atravesarlo en cuatro patas, aunque siento que nos metimos por un atajo equivocado.

-¿Pero vos estás loco? -sonríe tornasoladamente mi amigo, apenas emergemos en la Playa de los Ingleses. -Esto no es Punta Gorda, botija.

-Ah no. Qué va a ser.

La cara del General cuando la comadre santiguadora llegó al rancho para aliviar a Manuelito con el ungüento y los masajes estomacales en forma de cruz y hubo que seguir la recomendación del doctor Delfino de llevarlo a una playa como prevención de salud y el tío Tomás les ofreció un rancho en Punta Colorada donde el niño se enamoró inmediatamente de un barco blanco que pasaba a lo lejos todas las tardes y volvía a verlo pasar en sueños y penetró por primera vez al océano guiado por Evarista que vestía un viso claro que le lamía los tobillos y de golpe el general vio salir a Manuelito llorando y después revolcarse en la arena y meterse por fin solo para que el agua lo limpiara mientras la mujer ancha y muy baja sonreía hacia los lugares erectos de su esposo.


-Esto es Punta Colorada -porfía mi amigo. -¿No ves los ranchos de mi tío Tomás, allá entre los transparentes?

-Aquellos son los ranchos de los pescadores. Te estarás confundiendo.

-Puede ser. Pero lo que te puedo asegurar es que me estoy cagando. Esperame que voy hasta las rocas.

-Esperá a llegar a casa. Queda a dos cuadras.

Pero Manuelito corre atravesando la enorme luz rosada y se esconde en la penumbra maciza del roquedal y al rato vuelve con un cangrejo muerto en cada mano.

-Lindo airecito –dice, desahogadamente. -Mis primos me judeaban poniéndome estos bichos vivos arriba de las piernas. ¿Aquí hay faro?

-Sí. Allá lejos. En Punta Carretas.

-¿No te gusta venir de noche a verlo viajar?

-¿A quién?

-Al autobús del mundo.

La cara del General guiando al niño por la orilla espumosa con Evarista y otra mujer oscuramente emperifollada conversando detrás y la llegada a un ruedo de carretas puestas de culata al centro donde se comió y se bailó hasta que comparsa ecuestre de disfrazados con máscaras de alambre fiambrera y las solapas y los bordes de los sombreros negros arcoirisados por cintas multicolores irrumpió entre la fiesta como un chorro de magma y después de sofrenar a los caballos el aquelarre agitanado siguió creciendo y de repente el chiquilín se acercó al General para decirle que acababa de ver una estrella roja cayendo sobre su madre y el hombre empalideció y le advirtió que cerrara el pico y que no quería escuchar bobadas.

-Che: vos sos medio poeta -le digo a Manuelito, al empezar a subir la ancha escalera de dos tramos que da a la rambla.

-Dejate de joder -retruca el chiquilín, deslumbrado por los autos que ya prenden las luces largas.

Y al terminar de escalar el repecho de Grito de Gloria sentimos un relincho y vemos aparecer un tordillo azulado por el último soplo del atardecer, en el baldío que hay frente al Club Marítimo.

-El General!!!! -se desorbita Manuelito. -¿Dónde queda tu casa?

-Para allá.

Y corremos casi una cuadra escapándonos del campo visual del jinete, pero no podemos evitar que el General llegue a la esquina antes que nosotros alcancemos el portón de mi casa.

Y aquella noche el General soñó que la estrella que Manuelito había visto descender sobre su madre durante el bailongo se transformaba en una lágrima con pétalos de fuego que se encrespaba sobre los párpados de Evarista condenada a una crucifixión insoportablemente temprana y cuando despertó de un salto escrutó la mansedumbre de la mujer dormida bajo el relente y pensó que la palma que chamuscaba para espantar los demonios de las tormentas no servía contra los relámpagos sudorosos del miedo y recordó la noche que batió un récord en la historia del gofo solisense yéndose al mazo con 30 porque supo calcular que el Papalote le ganaba de mano y sintió que con la vaciedad de fe había que manejarse igual y tragar ríos enteros de saliva barrosa esperando que aclarara.
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