domingo

LA TIERRA PURPÚREA (84) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON



XX /  UN REGALO MACABRO (1)

Acababa de romper el día, y viendo a Mariano al lado del fuego que ya había hecho para hervir el agua de su matutino cimarrón, me levanté y fui a acompañarle. No me gustaba la idea de permanecer oculto ahí entre los árboles indefinidamente como un animal acosado; además, Santa Coloma me había aconsejado que en caso de derrota me dirigiera directamente a Lomas de Rocha en la costa del sur, y esto me pareció ahora lo mejor que podía hacer. Había sido muy agradable estar tendido allí a la sombra de los árboles, y aquellos cuentos verídicos de brujas, lampalaguas y fantasmas fueron sumamente entretenidos; pero una tanda, quizás un mes entero de esa laya de vida, sería insoportable; y si no llegaba ahora a Rocha, antes de que la policía rural recibiese órdenes de prender a los revoltosos fugitivos, bien pudiera ser imposible hacerlo más tarde. Por lo tanto, resolví seguir solo mi camino, y después de tomar algunos amargos, agarré y ensillé mi caballo zaino. En realidad, no había merecido de Lechuza, la noche antes, aquella severa reprimenda referente al robo de caballos, pues había tomado el zaino con muy poco más de vacilación de la que se siente en Inglaterra “al pedir prestado” un paraguas en día de lluvia. A toda la gente, en todas partes del mundo, les llega el tiempo en que apropiarse de los bienes de sus vecinos no sólo se justifica sino se considera algo meritorio; a los israelitas en Egipto, a los ingleses estigmatizados en su propia húmeda isla, y a los orientales huyendo después de una batalla. Habiendo ya poseído al zaino más de treinta horas, aquello por sí solo constituía una prescripción, y ahora le consideraba como mío; pruebas subsiguientes de su aguante y otras buenas prendas me permiten atestiguar la verdad de un dicho oriental, de que “un flete robado siempre lo lleva bien a uno”.

Despidiéndome de mis compañeros en la derrota, cuya fértil imaginación, por cierto, no había sido menoscabada por el susto, partí a caballo precisamente cuando empezaba a aclarar. Evité religiosamente los caminos y las casas, viajando a un suave galope -unas tres leguas por hora- hasta mediodía; entonces descansé en un pequeño rancho, donde le di de comer y beber a mi caballo, y me fortifiqué con algunas tajadas de carne asada y un mate amargo. Seguí caminando hasta que oscureció; para ese tiempo ya había recorrido unas trece leguas y pico de camino, y empecé a sentirme con hambre y cansado. Había pasado por varios ranchos y estancias, pero temí pedir alojamiento en ellos, así que seguí caminando más lejos, sólo para encontrar, por remate, peor suerte. Cuando el corto crepúsculo tornábase en noche, di con una ancha carretera que supuse conduciría de la parte Este del país a Montevideo, y viendo cerca de ella un largo y bajo rancho cuya asta de bandera, plantada en el frente, indicaba un pulpería, resolví tomar algún refresco entonces, seguir adelante una media legua y pasar la noche al raso bajo las estrellas -un techo seguro, aunque algo aéreo-. Atando mi caballo al palenque, entré en el zaguán al lado extremo del rancho; el zaguán estaba separado del interior por el mostrador con una reja de hierro. Apenas entré, me arrepentí de haberme apeado en ese lugar, pues ahí, delante del mostrador, fumando y bebiendo, hallábase un grupo de hombres de mala traza. Desgraciadamente para mí, habían atado sus caballos a cierta distancia del palenque, bajo la sombra de algunos árboles, de modo que no les vi a mi llegada. Una vez entre ellos, sin embargo, no había más remedio que disimular mi inquietud, ser muy urbano, tomar mi refresco y, en seguida, marcharme lo más pronto posible. Me miraron de hito en hito, pero me devolvieron el saludo cortésmente; entonces, dirigiéndome a una esquina del mostrador que estaba desocupada, me afirmé en el codo izquierdo, pedí pan, una lata de sardinas y una botella de vino.

-Si me acompañan, señores, ahí está la mesa puesta -dije; pero, dándome las gracias, rehusaron el convite, y yo empecé a comer a solas mi pan y mis sardinas.

Parecían ser personas de la vecindad, pues se trataban con mucha confianza y conversaban de asuntos amorosos. Luego, sin embargo, uno de los hombres dejó de tomar parte en la conversación, y apartándose de los demás a unos cuantos pasos, se quedó apoyado en la pared al lado del zaguán más apartado de mí. Empecé a observarle muy particularmente, porque era claro que yo le había estimulado extraordinariamente la curiosidad, y no me gustaba la manera en que me estaba mirando. Era, sin excepción, el bandido más cara de asesino que en la vida tuve la mala suerte de encontrar; ese fue el juicio que me formé antes de conocerle más de cerca. Era ancho de pecho, formidable de aspecto y de mediana estatura; las manos las mantenía ocultas debajo del poncho; llevaba puesto un chambergo, bajo cuya ancha ala apenas se le veían los ojos: Estos eran feroces, de color amarillento verdoso, y parecían chispear y apagarse por turno, y jamás, ni por un solo instante, se despegaron de los míos. Su pelo negro le caía hasta los hombros; tenía un cerdoso bigote que no ocultaba la brutalidad de su boca; no llevaba barba alguna que cubriese sus anchos carrillos de color de café. Mientras se mantuvo ahí de pie, observándome, inmóvil como una estatua de bronce, la única parte de él que se movía era su quijada. A veces se molía los dientes, y en seguida abría y cerraba los labios dos o tres veces, mientras que un viscoso espumarajo, que daba asco ver, se le acumulaba en las esquinas de la boca.

-¡Gándara, vos no estás bebiendo! -le dijo uno de los gauchos volviéndose a él. Movió lentamente la cabeza, sin responder ni quitarme la vista; entonces, el hombre que le había dirigido la palabra, sonrió y siguió conversando con los otros.

La prolongada, intensa y aterradora mirada a la que me había sometido este bruto, terminó muy súbitamente. Con la rapidez de un relámpago, sacó de su escondite, debajo del poncho, un largo y ancho facón, y brincando con la agilidad de un gato, se plantó delante de mí, la punta de su horrible cuchillo rozándome el poncho justamente sobre la boca del estómago.

-No te movás, revoltoso -dijo con voz ronca-. Si te movés el ancho de un pelo, te mato.

Los otros hombres habían dejado de hablar y miraban con cierta curiosidad, pero no ofrecieron intervenir ni dijeron nada.

Durante un momento me sentí como si me hubiese atravesado el cuerpo una corriente eléctrica, y entonces, instantáneamente, me calmé; nunca, en verdad, me he sentido más sereno y con más sangre fría que en aquel terrible momento. Es un bendito instinto de la propia conservación con el que nos ha dotado la naturaleza; lo poseen en común hombres tímidos y enclenques, y los fuertes y valientes, y tanto los salvajes animales débiles, cuando son acosados, como los sanguinarios y feroces. Es la serenidad que viene sin llamado, cuando se presenta la muerte por delante, repentina e inesperadamente; nos dice que hay una mínima probabilidad de escaparnos, que un intento prematuro, aun la más pequeña agitación, puede destruir.

-No tengo ningún deseo de moverme, amigo, pero estoy curioso de saber por qué usted me ataca.

-Porque vos sos un revoltoso. Te he visto antes; sos uno de los oficiales de Santa Coloma. Aquí has de quedarte con este facón tocándote la panza hasta que te tomen preso, o si no, en este cuchillo ay enterrado morirás.

-¡Usted se ha equivocado!

-Compañeros -dijo, dirigiéndose a los demás, pero sin quitarme por un solo instante la vista de la cara-, ¿quieren ustedes atarle los pies y las manos a este hombre, mientras yo me quedo aquí parado delante de él, pa no permitir que saque alguna arma que pueda tener ay bajo su poncho?

-Nosotros no hemos venido pa tomar presos a los forasteros -dijo uno de los hombres-. Si es un revoltoso, ese no es asunto nuestro. Tal vez te haigás equivocao, Gándara.

-¡No! ¡No! ¡No me he equivocao! -contestó-. ¡No se me ha de escapar! Lo vide en San Pablo con estos mismos ojos. ¿Cuándo jamás me han engañao? Si no quieren ayudarme, vaya uno de ustedes a la casa del alcalde pa decirle que venga en el auto mientras yo lo vigilo.

Después de una corta discusión, uno de los hombres ofreció ir a avisarle al alcalde. Cuando se hubo ido, dije:

-Mire. Amigo: ¿me permite usted continuar mi cena? Tengo mucha hambre, y sólo comenzaba a cenar cuando usted me amenazó con su facón.

-Comé si querés, pero tené las manos bien arriba pa que yo las pueda ver. Tal vez vos tengás una arma a la cintura.

-No tengo ninguna, pues soy una persona inofensiva y no necesito armas.

-La lengua jue hecha pa mentir -contestó él, con bastante razón-. Si te veo llevar las manos más abajo del mostrador, te destripo. Podremos ver entonces si digerís bien la comida o no.
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