domingo

LA TIERRA PURPÚREA (83) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XIX / CUENTOS DE LA TIERRA PURPÚREA (8)

Era inútil hablar; mi irritación se transformó en una viva hilaridad, y tendiéndome en el pasto, me desternillé de la risa. Mientras más pensaba en la severa reprimenda de Lechuza, más fuerte me reía, palmoteándome las piernas y doblándome en dos, como lo había hecho el festivo visitante del purgatorio que se le había aparecido a Mariano. Mis compañeros ni siquiera sonrieron. Rivarola volvió con el balde agua y después de mirarme algún tiempo fijamente, dijo:

-Si las lágrimas, que según cuentan, siempre siguen a la risa, caen en la mesma proporción, tendremos que dormir en el suelo mojao esta noche.

Esto aumentó mi risa todavía más.

-Si tuito el país ha de ser alvertido de nuestro escondite -dijo Blas el tímido- jué trabajo perdido habernos escapado de San Pablo.

Esta amonestación la recibí con nuevas risotadas.

-Conocí a un hombre una vez -dijo Mariano- que tenía una risa muy extraordinaria; se le oiba a la legua de lo fuerte que era. Se llamaba Aniceto, pero lo llamábamos Burro. Pues, siñores, un buen día empezó a reírse como el Capitán aquí, y se cayó muerto ay mesmo. El pobre hombre tenía una uresma.

En esto yo ya no me reía sino gritaba; entonces, sintiéndome completamente rendido de cansancio miré aprensivamente a Lechuza, pues este importante miembro del cuarteto todavía no había dicho una palabra.

Con sus enormes ojos indeciblemente serios, clavados en mí, dijo sosegadamente: -Y este, amigo, ¡es el hombre que dice que es pecao robar un flete!

¡Pero ya ni gritar podía! Este rico ejemplo de la trastornada moralidad de la Banda Oriental sólo excitó en mí un débil gorgoteo, mientras me revolvía en el pasto con los costado adoloridos como si hubiera recibido una buena paliza.
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