domingo

LA TIERRA PURPÚREA (80) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON




XIX / CUENTOS DE LA TIERRA PURPÚREA (5)

“Después me casé, vendí mis fletes, y tomando tuito el dinero, compré dos carretas de güeyes con el propósito de ganarme la vida acarreando carga. Una carreta conduje yo y pal’otra conchavé a un muchacho al que llamaba Mula. Aunque ese no era el verdadero nombre que le habían puesto sus padrinos, así lo llamaba yo por ser tan requeteporfiao y calmoso como una mula. Su madre era una pobre viuda vecina mía, y cuando supo de las carretas, vino a mí y me dijo: “Vecino Mariano, por tu madre tomá a mi hijo y enseñale a ganarse su pan, porque es un muchacho que no le gusta hacer nada”. Ansina que tomé a Mula, pagándole a la viuda por sus servicios después de cada viaje que hacía. Cuando no encontrábamos carga, solíamos ir a las lagunas a cortar totoras, y cargando con ellas las carretas andábamos por el país y las vendíamos a los que necesitaban totoras pa techar sus ranchos. A Mula no le gustaba su trabajo. Muchas veces cuando dentrábamos hasta la cintura en el agua, pasando tuito el día cortando totoras y llevándolas al hombro en grandes ataos a la orilla de la laguna, lloraba y se quejaba amargamente de su dura suerte. A veces yo le daba una güena felpa de palos porque me fastidiaba ver a un muchacho tan delicado; entonces me echaba maldiciones y me decía que algún día se vengaría. “Cuando yo esté muerto -me decía- vendré a penar y a asustarlo a usté por tuitas las felpas que me ha dao”. Eso siempre me daba mucha risa.

“Por último, un día, mientras atravesábamos un arroyo muy hondo, crecido por la lluvia, mi pobre Mula se cayó de ande estaba sentao en la lanza, al agua, y se lo llevó la corriente ande el río estaba hondo, y ay se ahugó. Pues, siñores, como al año después, había salido yo a buscar una yunta de güeyes que se había estraviao, cuando me alcanzó la noche muy lejos de casa. Entre mí y la casa había una cuchilla que acababa en un río hondo, y tan cerca llegaba, que sólo había un angosto camino por ande pasar, no habiendo por mucha distancia otro paso. Lo que llegué al paso, me metí por el angosto camino con arbustos y árboles a cada lao; de repente, salió de entre los árboles la figura de una muchacho grande que se paró delante de mí. Estaba tuito de blanco, el poncho, el chiripá, los calzoncillos y aun las botas, y llevaba puesto un sombrero de paja aludo. Mi caballo se paró y se quedó temblando; ni yo estaba menos asustao, pues se me levantaron los pelos de la cabeza como la cerda en el lomo de un chancho; y me salió el sudor de la cara como gotas de rocío; ay se quedó parao sin moverse, con los brazos sobre el pecho, no dejándome pasar. Entonces le grité: “¡En el nombre de Dios!, ¿quién sos vos, y qué es lo que deseáis de Mariano Montes de Oca, que le atajás el paso?”. Al decir yo esto se rió, y dijo: “¿Qué ya no me conoce mi viejo patrón? Soy Mula, ¿cuántas veces no le dije que algún día volvería a pagarle por tuitas las felpas que me dio? ¡Ah, ño Mariano, ya ve usté que he cumplido mi palabra!”. Entonces empezó a reírse otra vez. “¡Maldito seas! ¡Andá que te lleve el diablo! -grité yo-. Si vos deseás mi vida, Mula, tomala y seas para siempre condenao; ¡dejame pasar y volvete a tu amo el diablo y decile de mi parte que te vigile mejor!, pues, ¿por qué ha a de llegar a mis narices el jedor del purgatorio antes de tiempo? Y aura, ánima maldita, ¿qué más tenés que decirme?”. Al pronunciar yo estas palabras, el ánima casi reventó de risa, palmoteándose las piernas y doblándose casi en dos de tanto rairse. Por último, apenas pudo hablar, dijo: “¡Basta de estas tonterías, ño Mariano! No era mi intención asustarlo tanto, y no me importa gran cosa que yo me haiga raido aura un poco de usté, pues bastantes veces me ha hecho usté llorar. Lo paré porque tenía algo importante que decirle. Vaya ande mi mamita y dígale que me ha visto y hablao; dígale que pague otra misa por el descanso de mi alma, porque después de eso saldré del purgatorio. Y si no tiene plata, préstele algunos riales pa la misa, que yo se lo pagaré, viejo, en el otro mundo”.

Al decir esto, Mula desapareció. Alcé el talero pa pegarle a mi flete, pero no hubo necesidá, pues ni un pájaro con alas podría haber volado más ligero de lo que voló él aura conmigo. No vía ningún camino delante de mí, no sabía yo pa ande íbamos. Pasamos por pajonales, matorrales, cuevas de animales salvajes, piedras, arroyos, lagunas, pantanos y campos baldíos como si tuitos los diablos de la tierra y bajo de ella estuvieran a nuestros talones; y cuando paré mi flete, jué a la puerta de mi casa. No esperé pa desensillarlo, sino cortándole la encimera con mi cuchillo, lo dejé que él mesmo se sacudiera el recao; entonces con el freno golpié a la puerta, gritándole a mi mujer que abriera. La oí buscando a tientas el pedernal. “¡Por el amor de Dios, mujer, no saqués juego!”, grité yo. “¡Santa Bárbara bendita!, ¿qué has visto alguna ánima, Mariano?”, preguntó ella, abriendo la puerta. “¡Sí!” -retruqué yo, lanzándome pa dentro y echándole el cerrojo a la puerta-, y si hubieses vos sacado juego, mujer, ya habrías sido viuda”.

“Porque pasa, siñores, que el hombre al que le ponen una luz por delante después de haber visto un ánima en pena, cai muerto ay mesmo”.
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